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Precariedad en la vida de las adultas mayores

Gabriela Grijalva Monteverde*
Mercedes Zúñiga Elizalde**

INTRODUCCIÓN

Como problema social, el envejecimiento contiene múltiples dimensiones que exigen ser analizadas y demandan solución, de ahí que no sólo haya que verlo en términos de los costos económicos que implica, principalmente en cuanto al sector salud y pensiones, sino también, y de manera fundamental, en cuanto a las percepciones que se tienen sobre la vejez y las formas concretas como se viven y se resuelven en la práctica las condiciones que impone el envejecimiento de las personas en los distintos sectores de población.

Esta perspectiva resulta importante, pues la sociedad actual tiene una visión negativa de la población adulta mayor que propicia situaciones discriminatorias y excluyentes, donde el maltrato no está ausente. La concepción sobre las personas mayores como sujetos de derecho suele estar alejada de la realidad, puesto que se concibe a la vejez como una edad de dependencia, entendiéndola como algo negativo y decadente.

En efecto, una sociedad que enaltece la juventud y la belleza física, en la que la edad es central para el acceso a determinados espacios y posiciones, que valora y recompensa a quienes se insertan en la vorágine tecnológica, tiende a excluir a las personas ancianas y a incluir preferentemente a las jóvenes.

Esta situación resulta particularmente crítica para las mujeres, en quienes recae la responsabilidad social del cuidado de las nuevas generaciones, los enfermos, los discapacitados y los mayores, por lo que enfrentan a lo largo de la vida una serie de desventajas para constituirse y ser concebidas como seres independientes y autónomos.

En este trabajo presentamos un extracto, de resultados en referencia particular a las percepciones sobre la vejez, del informe de un proyecto de investigación realizado en El Colegio de Sonora, en el que se realizaron 112 entrevistas a personas de 60 años y más (62 mujeres y 50 hombres) de 29 municipios sonorenses, tanto rurales como urbanos.

1. LAS PERCEPCIONES SOBRE LA VEJEZ

La literatura sobre el fenómeno del envejecimiento poblacional destaca las percepciones negativas que la sociedad moderna tiene sobre las personas adultas mayores al colocarlas como una carga muy alta, económica y emocional, para la familia, la sociedad y el Estado. La vejez se asocia al deterioro y a la ruina; por lo tanto, se considera que las personas que llegan a esta etapa van a concebirse como seres acabados y desvalorizados. Sin embargo, no todas las personas mayores de 60 años viven el proceso de envejecimiento de la misma manera, dado que la edad cronológica tiene significados diversos para cada individuo, de tal manera que la vejez se va a vivir de forma distinta dependiendo de cómo la conciba cada quien, más allá de las limitaciones que el paso de los años vaya dejando en las personas.

En el medio rural, las mujeres llegan a la edad adulta mayor luego de haber desarrollado durante muchos años, en no pocos casos desde la infancia, una actividad física muy pesada. El trabajo en el campo es duro, no sólo para quienes lo realizan fuera de la casa, sino también para quienes lo llevan a cabo al interior de ella. Por ello, las mujeres entrevistadas en los municipios rurales consideran que cuando se arriba a los 60 años ya se traen encima una serie de dolencias o enfermedades.

Un sector importante de las personas entrevistadas piensa que las mujeres envejecen físicamente más rápido por los embarazos, la crianza de muchos hijos y el trabajo doméstico. Para las entrevistadas, las responsabilidades domésticas y familiares que la sociedad les adjudica a las mujeres de manera casi exclusiva, les crea múltiples problemáticas y aflicciones de índole emocional: angustia y sufrimiento por enfermedades y conflictos con los hijos y otros familiares cercanos. En esta perspectiva interviene también lo que las entrevistadas definen como “la vida que les da el marido”. La violencia doméstica aparece no sólo como generador de sufrimiento para las mujeres, sino también como una condición que facilita o acelera su envejecimiento.

La pobreza en las condiciones de vida se revela de manera clara como un factor central de mayor desgaste físico, pues las personas tienen que invertir más trabajo para poder obtener sus satisfactores básicos. En términos generales, de las entrevistas se desprende que el trabajo físico es un ingrediente que favorece el envejecimiento de las mujeres, sobre todo el que realizan en la casa, pues, a diferencia de los hombres, que llegan a la casa a descansar, las entrevistadas aseguran que nunca descansan. Estos constituyen, ante los ojos de un buen número de personas entrevistadas, los aspectos principales que hacen que las mujeres “se acaben más pronto”.

Así las cosas, las mujeres aparecen como las que envejecen físicamente más rápido, y aun en la vejez sus vidas no cambian, pues siguen trabajando en la casa. Son el soporte, se afirma, de la salud del esposo, de tal manera que, como lo dice otra entrevistada, con el paso de los años la esposa se convierte en “amiga y de amiga en enfermera en la vida (…) del esposo”. En el medio rural es muy fuerte la concepción de que a los hombres hay que “lidiarlos”, esto es, darles todas las atenciones y proporcionarles todos los servicios domésticos; en ese sentido, se considera que la vida de un hombre que se queda solo en la edad adulta mayor “es muy triste”, pues “no cabe en ningún lado”, a diferencia de las mujeres, que pueden estar solas pero “donde quiera se acomiden, donde quiera trabajan”.

Las personas entrevistadas del medio urbano comparten algunas percepciones de las del medio rural, aunque con más frecuencia se suele considerar que no hay diferencias entre hombres y mujeres. Para algunas mujeres entrevistadas son los partos y el trato que les dé el marido, así como las preocupaciones generadas por los hijos, las causas más fuertes de que ellas envejezcan más rápido que los hombres. Se considera que los hombres, en su condición de padres, no asumen, a diferencia de las mujeres en su condición de madres, la misma responsabilidad para con los hijos, de tal forma que se considera que ellas son las que viven más los problemas de los hijos.

Las diferencias en cuanto a la ubicación del umbral de envejecimiento se ven más claramente si consideramos los intervalos de edad, aunque en términos generales la gran mayoría de las personas entrevistadas identifica el ser viejo o vieja cuando se rebasan los 80 años.

Las mujeres de 60 a 69 años miden su situación de juventud o vejez en poder o no realizar las actividades domésticas. En general las entrevistadas de esta edad siguen sintiéndose fuertes para llevar a cabo los quehaceres de la casa y no manifiestan tener grandes problemas de salud. Algunas muestran cierto decaimiento y lamentan no poder darles más atenciones a sus hijos o esposo. La vejez la relacionan con la capacidad o no de seguir prestando servicios a los otros, cuando el ser para los otros se ve limitado por algún padecimiento físico.

Las mujeres de 70 a 79 años sí declararon experimentar cansancio físico y cierto deterioro de su salud. Expresiones como las siguientes, nos dan una idea clara de esa aflicción en varias de las entrevistadas:

“Atrasada, la enfermedad, el diabetes, ahora tengo que cuidarme”
“Más cansada, ahora sí me siento cansada”
“Me siento muy lenta, no puedo hacer las cosas como antes”
“Ya empecé a flaquear”
“Antes no tenía achaques”

Las enfermedades en las mujeres parecen limitar su socialización, asisten a menos eventos sociales o familiares, aunque no es un factor decisivo para dejar de realizar algún tipo de actividad.

Resulta difícil situar el umbral de vejez en un solo factor, incluso cuando en términos de edad aparece más claramente después de los 80 años. Indudablemente los problemas de salud limitan la vida activa de las personas, y el dejar de trabajar hace que algunas personas pierdan uno de los referentes de identificación y pertenencia social más importante; sin embargo, algunas enfermedades se sobrellevan sin dejar de realizar alguna actividad, remunerada o no, no sólo porque se requiere que las realicen por necesidad, sino también porque es una manera de hacer frente al paso de los años.

Como construcción subjetiva, la sensación de vejez no llega sólo porque se tienen determinados años o por las enfermedades o el decaimiento físico. Es el entorno, familiar y social el que parece empujar a las personas a percibirse como viejas; es entonces cuando el decaimiento de las fuerzas físicas se asemeja a decrepitud y la disminución de las capacidades para proveer cuidados y/o recursos económicos convierte a las personas en sujetos improductivos, sin valor social.

2. ¿CÓMO VIVEN LAS MUJERES LA VEJEZ?

Ni las mujeres mayores de 80 años se sienten totalmente dependientes, a menos que padezcan alguna enfermedad incapacitante. Tienen, salvo excepciones, cierta independencia de movimiento y toma de decisiones. Cuando requieren el acompañamiento, son sus hijas, preferentemente, las que responden al llamado. La dependencia, si pudiese llamarse así, se da particularmente en el caso de trasladarse a lugares más alejados donde requieren moverse en un vehículo, como ir a otra ciudad.

La autonomía de las mujeres mayores de 80 años para valerse por sí mismas es mucho más clara que la de sus congéneres del sexo masculino. Los problemas derivados de su edad o provocados por alguna enfermedad sólo parecen limitar la realización de algunas tareas, pero no las exime de otras. A diferencia de los hombres, que pasan del trabajo remunerado al ocio con más facilidad, sólo muy pocas de las mujeres entrevistadas aseguran no realizar tareas que impliquen trabajo físico, como se ejemplifica en los siguientes testimonios:

“Hasta ahorita puedo, aunque sea con mi bordón”
“Yo sola he podido ir”
“Sola me baño, lavo mi ropa”
“No puedo hacer tortillas y, pues, sí lavo y barro, no muy bien”
“Ahora no puedo hacer nada más de mi puro negocio: alzar allá dentro, lavar los trastes, barrer y trapear y limpiar aquí, pero ya no puedo mucho por que se me vencen los brazos, se me caen para abajo”
“Yo soy la responsable de todo, de los servicios, de comida y todo”
“Pues ahí, a como voy pudiendo, no puedo andar mucho”

Colocar a las adultas mayores como sujetos dependientes es más un estereotipo que una realidad. Las mujeres entrevistadas en Sonora, particularmente en el medio rural, siguen desempeñando un papel activo, al menos para sobrellevar su propia sobrevivencia.

*Profesora-investigadora de El Colegio de Sonora.

**Profesora-investigadora de El Colegio de Sonora.