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FOTO DE LA SEMANA: “Lago titicaca”

La imagen fue capturada por Cindy Martínez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Cruzar huyendo ¿para salvarse?

Inés Martínez de Castro*

La noticias de los medios nos llenan de imágenes que nos estremecen y quedan impresas en la retina: miles de personas intentando cruzar la frontera con niños pequeños en brazos, jóvenes, hombres y mujeres, desesperados huyendo de la guerra, del terrorismo; miles de personas hacinadas en barcazas cruzando los mares huyendo del hambre, flotando en las aguas, cientos de niños que cruzan el desierto bajo el intenso sol rumbo a otro país huyendo del abandono. El lugar puede ser cualquiera: Medio Oriente, el Mediterráneo, el desierto de Sonora, África, Corea, el Caribe, la selva de Chiapas. Nos preguntamos ¿para salvarse? Y del otro lado, allá ¿no encontrarán, hambre, violencia, guerra, marginación?

Durante un viaje reciente a Michoacán, el joven chofer del taxi cuando se enteró que éramos de Sonora, nos relató su aventura, en este caso afortunada, de cruzar como indocumentado el desierto de Altar para trabajar como empleado de la construcción en el estado de Delaware, situado en la costa noreste de Estados Unidos.

Julián, como muchos otros, llegó al aeropuerto de Hermosillo. De ahí viajó a Altar y, tras un intento fallido de cruzar la línea, fue trasladado con otros compañeros hasta un punto desconocido del desierto, donde volvió a traspasar la frontera hacia Estados Unidos.

Nos contó que caminaron más de ocho horas durante la noche hacia un rancho; durante el trayecto veían a lo lejos una torre, y el pollero les decía: “Allí nomás es”, pero los kilómetros se multiplicaban y por más que caminaban no alcanzaban el lugar. En la travesía, además de soportar un intenso frío, tuvieron que esquivar el peligro de la migra: se escondían bajo los matorrales para evitar las potentes luces lanzadas desde los helicópteros.

Y se repetían unos a otros el pacto que habían sellado: “Si uno se queda, nos quedamos todos, no lo vamos a deja solo”.
—Algunas personas mayores después de horas de caminar ya no podían seguir y nos turnábamos para ayudarlas, casi las cargamos —nos dijo.

Del rancho los trasladaron a las afueras de Phoenix, donde descansaron unos días y se prepararon para continuar el viaje. De allí salieron 22 personas en una camioneta, que fueron dejando en Mineápolis, Chicago, Detroit y otras ciudades en un largo recorrido, hasta que Julián llegó a su destino, donde lo esperaba una hermana, también indocumentada, quien trabaja desde hace dos años en aquel país. Él estuvo un año trabajando en la construcción de carreteras.

—A mí sí me gustaría volver al otro lado. El trabajo es fácil, casi todo lo hacen las máquinas y pues, se gana más. Con el dinero que gané construí una casita —nos platicó Julián. — Pero si me voy otra vez, me llevo a mi esposa y a mi niño. Eso de estar lejos de ellos, pues, no es onda.

Le preguntamos si no le daba miedo el desierto, los peligros del cruce, y nos contestó que no, “no pasa nada, y pues de algo nos tenemos que morir”.

Esta historia se multiplica por miles, por millones de personas que en este preciso momento intentan cruzar alguna frontera para salvar su vida o en busca de mejores oportunidades de trabajo y de vida, oportunidades que, desgraciadamente, no les ofrece su país. Algunos, como Julián, corren con suerte, pero muchos otros mueren en el intento: el mar, los muros, los soldados, la bestia, la policía, el desierto, la migra, el hambre, los polleros, la sed, cobran su cuota de vidas.