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FOTO DE LA SEMANA: “La Alhambra, Granada”

La imagen fue capturada por Zulema Trejo.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Dócil y culpable

Zulema Trejo Contreras*

La época de oro del cine mexicano suele ubicarse entre las décadas de 1940 y 1950, aunque hay algunos estudiosos que sitúan sus inicios a finales de la década de 1930 con la exhibición de la película “Allá en el rancho grande” protagonizada por Tito Guizar, ya que con ese filme se dio inició al género de comedia ranchera que tuvo un alto nivel de difusión y éxito durante aquellos años. Este género alcanzó su punto culminante con las películas protagonizadas por Jorge Negrete y Pedro Infante. Filme emblemático de ambos actores es “Dos tipos de cuidado” protagonizado por ambos.

Aunado a la comedia ranchera se encuentran los dramas urbanos o campiranos y las comedias. Sin duda los lectores recordarán las películas protagonizadas por Tin Tan, Cantinflas, Fernando Soler, Sara García, Andrés Soler, Dolores del Río, María Felix, Elsa Aguirre, Katy Jurado, Marga López, por mencionar algunos de los muchos actores y actrices que alcanzaron la fama en aquellas dos décadas doradas de la filmografía mexicana. Mientras las comedias rancheras y los dramas campiranos tenían como escenario haciendas y pueblos idílicos en su concepción, salvo por las malas acciones de algunos de sus habitantes, los dramas urbanos tienen por escenario siempre la ciudad de México, e invariablemente inician con panorámicas del centro de la ciudad mientras la voz de un narrador en off pone en contexto la historia que está por iniciarse.

Los personajes que se interpretaban en esta época tienen características generales que los identificaban siempre, independientemente de la historia que protagonizaban. Inclusive había actores que invariablemente interpretaban el mismo tipo de personaje sin importar si actuaban en un drama o una comedia, si protagonizaban una historia romántica o una película de misterio. Un estereotipo de estos personajes era el de las mujeres, encasilladas en una dualidad que convertía a las protagonistas en víctimas o victimarias; sin embargo, víctima o victimaria el personaje era siempre dócil y culpable. Las malas de la película sufrían tanto como las buenas, las primeras a manos de un hombre que las manipulaba o las deshonró en el pasado sin dejarles otra alternativa que convertirse, a su vez, en victimarias que recurren al chantaje, el asesinato y la manipulación para salirse con la suya.

Las mujeres buenas de las películas se encuentran en el otro extremo: su bondad, su abnegación, llega a extremos que ahora pueden parecernos ridículos, pues invariablemente aceptan con resignación su destino, ya sea que éste se manifieste en la forma de un marido infiel, un galán seductor que las lleva al camino de la perdición, unos hijos que la manipulan y/o la maltratan, un padre o hermano dictatorial. Estas mujeres no protestan, lloran en silencio sus penas. No abandonan sus enormes y elegantes mansiones o sus decrépitos cuartos de vecindad, a menos que sean sacadas a la fuerza. Sobre todo, estas mujeres invariablemente comprenden y perdonan a todos los que las hicieron sufrir, ya sea en sus lechos de muerte, en sus casas donde quedan solas y abandonadas, o felices con su “rebaño” (hijos y esposos) que ha vuelto al buen camino.

La imagen de la mujer que se difundió a través de las películas y la música durante la época de oro del cine era de sumisión, dócil, con una fortaleza que, paradójicamente, incrementaba su debilidad. No tenía fuerza para enfrentarse a sus circunstancias adversas, pero sí la tenía para soportarlas con calma y resignación. Aun las antagonistas malvadas eran débiles, sucumbían ante la adversidad, se rendían a ella y utilizaban su fortaleza para una venganza que siempre les dejaba mal sabor de boca en el mejor de los casos, o remordimientos insoportables en el peor.

¿Cuánto tiempo nos ha costado a las mujeres desprendernos de esa imagen que durante al menos veinte años se repetía incesantemente en cine y radio?, mucho, nos ha costado más décadas de las que llevó implantarla, tanto así que seguimos luchando por derechos tan elementales como el de vivir una vida libre de violencia, ya sea física o simbólica.

*Profesora-investigadora de El Colegio de Sonora.