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Enderezar el acueducto “chueco”

Nicolás Pineda*

Felicito a Álvaro Bracamonte y demás compañeros que ayer presentaron el libro Sonora 2015: balance y perspectivas de la alternancia. Sus diferentes autores tratan de hacer una reflexión académica sobre el sexenio que acaba de terminar. Ahí contribuyo con un capítulo titulado “El acueducto chueco del gobierno de la alternancia”. El asunto sigue vigente y pendiente de resolución. Le presento aquí algunos conceptos presentados en este capítulo y una reflexión actualizada.

Lo chueco del acueducto

El acueducto que traslada agua de la presa del Novillo a Hermosillo es el principal legado de Guillermo Padrés como gobernador del estado. La decisión de construir esta obra se hizo sin una deliberación pública previa. El hecho denotaba la voluntad política de resolver los problemas, hacer cosas grandes y dejar un legado trascendente. Sin embargo, las formas y los procedimientos no fueron los más acertados y el proyecto ha tenido una vida muy accidentada. En su construcción se conjugaron la ineptitud y falta de experiencia en los asuntos públicos y, sobre todo, la gran oposición presentada por diversos grupos del valle del Yaqui. El adjetivo “chueco” que le endilgo se usa en su significado de al margen de la ley, sin permiso o a un estilo tramposo y habilidoso de operar, que no se apega a las normas.

Entre los principales aspectos chuecos están: la oscura compra de derechos de agua a Huásabas y Granados que no les quitó ni una gota de agua pero les paga millones de pesos, la extraña asignación al consorcio sonorense que no era la oferta más económica, los flagrantes desacatos a las resoluciones contrarias y los intentos fallidos por suspender la obra. A estos argumentos agrego que Hermosillo derrocha mucho agua con una red porosa, no paga la que consume, su tratamiento de aguas residuales es muy bajo y no hay programa de reúso de dichas aguas. Para rematar, los más beneficiados con esta obra son no tanto los hermosillenses en general, sino las empresas y especuladores inmobiliarios de Hermosillo y los agricultores de la Costa, es decir la élite económica de esta ciudad (Mazón, Gándara, Ciscomani, Torres, entre otros).

El acueducto puede permanecer

El principal problema sigue siendo la falta de apoyo o aceptación de la obra por parte de los agricultores y yaquis del sur del estado, así como la deficiente gestión del agua en la ciudad.

Para destrabar el embrollo, el nuevo gobierno, con un nueva correlación de fuerzas, debe de emprender una estrategia dual: Por un lado, emprender un serio y agresivo esfuerzo para mejorar la gestión del agua en Hermosillo que no use el organismo como como caja chica, disminuya las pérdidas físicas y comerciales, cobre el servicio de manera efectiva, le dé rumbo y viabilidad financiera a la paramunicipal y emprenda proyectos innovadores de reúso y cosecha de aguas. Por otro lado, se deberá de reponer la negociación con los grupos del sur del estado a fin de canalizar hacia allá beneficios efectivos de desarrollo, replantear la producción agrícola, rescatar a los yaquis y mayos de la pobreza extrema y lograr un acuerdo que beneficie a ambas partes (Valle del Yaqui y Hermosillo).

Pero tal vez lo más importante es que el acueducto no sea un “regalo” para la elite hermosillense sino que debe de pagar por él. El agua del acueducto cuesta el doble que la que se extrae en la región. Si la elite local quiere un abasto abundante y generoso que pague por él. Propongo que el sobreprecio no lo paguemos todos los hermosillenses sino que lo paguen los especuladores del suelo urbano, los desarrolladores inmobiliarios y los agricultores de la Costa. Por ahí va la salida justa a este embrollo. ¿No lo cree usted?

*Profesor-investigador de El Colegio de Sonora. nicolas.pineda.p@gmail.com. Twitter: @npinedap