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FOTO DE LA SEMANA: “París”

La imagen fue capturada por Liliana Iveth Salado Rodríguez.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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El acuerdo comercial transpacífico

Álvaro Bracamonte Sierra*

Hace unas cuantas semanas nos enteramos de que se había firmado el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) entre México y varios países de Asia y América, entre ellos Japón, Estados Unidos y Chile. El tratado abarca el 40 por ciento del comercio mundial y se le considera una especie de barrera de contención a la expansión comercial china. El problema para todas las naciones involucradas es que, salvo los negociadores directos, nadie conoce el contenido del TPP. Ante el desconocimiento de los temas negociados valen entonces algunas precisiones formuladas por Joseph Stiglitz en su libro de reciente publicación: “La gran Brecha. Qué hacer con las sociedades desiguales”.

Señala el Nobel de Economía que tomando en cuenta las desigualdades que prevalecen en la economía mundial acentuadas con los múltiples acuerdos de libre comercio firmados a escala subregional, el TPP debe asegurar cierta simetría: si Estados Unidos exige a Japón eliminar subvenciones a la producción de arroz, Norteamérica no sólo debería también eliminar las subvenciones a la producción de ese grano (que en EEUU es de poca importancia) sino también las de otros productos agrícolas.

Dados los antecedentes en la materia, me temo que esto no se registró debido a las resistencias que antes ha mostrado Estados Unidos. Recordemos que la Ronda de Doha quedó sepultada por el empecinamiento norteamericano en cuanto a los apoyos agrícolas que el gobierno otorga a unos cuantos multimillonarios productores agropecuarios. Stiglitz plantea el tema de la soberanía nacional en los siguientes términos: “Ningún acuerdo comercial debería de anteponer los intereses comerciales a los intereses nacionales generales, y menos cuando están en juego cuestiones no relacionadas con el comercio, como la regulación financiera y la propiedad industrial”.

El acuerdo comercial de Estados Unidos con Chile, por ejemplo, impide que este último país utilice controles de capitales, a pesar de que el Fondo Monetario Internacional reconoce en la actualidad que dicha política económica es un instrumento importante para la estabilidad macroeconómica. Pese a que el TPP se ve como la respuesta estadounidense a la amenaza comercial china, lo cierto es que el Acuerdo Transpacífico puede autoneutralizarse si no se tiene en cuenta la participación del gigante asiático. Stiglitz lo señala de la siguiente manera: “Asia ha establecido una cadena de suministros eficiente, por la que los bienes fluyen fácilmente de un país a otro en el proceso de producción de los productos acabados”.

Todo ello puede interrumpirse si China no es invitada a formar parte de ese gran acuerdo comercial. Stiglitz concluye con una advertencia que suena ominosa y catastrofista: “Si los negociadores creasen un auténtico régimen de libre comercio que antepusiese el interés público a todo lo demás, y en el que el punto de vista de los ciudadanos de a pie tuviera al menos tanto peso como el de los grupos de presión de las grandes empresas, puede que me sintiera optimista pensando que lo que iba a salir de ahí (se refiere a las negociaciones del TPP): fortalecería la economía y alimentaría el bienestar social. La realidad, sin embargo, es que tenemos un régimen comercial controlado que antepone los intereses privados al interés público”.

CAMBIO DE HORARIO

Ayer la mayor parte del país cambió de horario. Sólo Sonora, que no lo hace desde hace varios años, y Quintana Roo, a partir de este año, mantendrán la misma hora pues es fijada con el horario correspondiente a la zona norteamericana. De acuerdo con las autoridades el ahorro conseguido asciende a 1.5 miles de millones de pesos; al margen de la numeralia, lo cierto es que la diferencia de horarios tiene ventajas y desventajas. Por ejemplo, quien viaja a la Ciudad de México desde Hermosillo resentirá el cambio y se obliga a aclimatarse rápidamente. Dos horas pegan fuerte por la mañana: despertar es una tortura, pero más es el desayuno forzado que se cumple sin mucho entusiasmo. En cambio, regresar del altiplano casi a la misma hora que saliste, resulta provechoso y hasta cierto punto maravilloso.

*Doctor en Economía. Profesor-Investigador de El Colegio de Sonora