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La imagen fue capturada por Zulema Trejo.

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Liderazgo de Mateo Marquín y la cultura política en el valle del Yaqui y Mayo (1842-1854)

Lucía García Rivera*

En la historiografía sonorense es común identificar la participación de líderes y cabecillas indígenas durante el conflicto Gándara-Urrea y Gándara-Pesqueira como aliados al bando gandarista al que dirigían su fidelidad en razón de simpatías y promesas. Entre 1840 y 1850, las elites contrarias a Gándara lo declaraban abiertamente como el promotor de una guerra de castas y, por lo tanto, de la devastación del estado de Sonora en esa década. A lo anterior se suma la historiografía de principios de siglo que enfatizaba la lucha constante de la familia Gándara por establecerse y perpetuarse en el poder mediante engaños y promesas a los indígenas que se unían a su bando.

Dicha versión persiste hasta la actualidad, con la salvedad de que se insiste en que la anexión de indígenas al gandarismo se realizó con el fin de preservar sus intereses de grupo y sus formas de organización provenientes de los tiempos coloniales. Frente a esto, la doctora Zulema Trejo explica cómo se dieron las alianzas horizontales entre grupos indígenas y notables y la importancia de los primeros para sostener un régimen político o la victoria de un caudillo por el poder estatal. Asimismo, la historiadora Raquel Padilla explica el carácter activo de los grupos indígenas en los que destacan ciertos líderes, como Juan Ignacio Jusacamea. Por su parte, el doctor Marcos Medina ha trabajado esta vertiente centrándose en la figura de los capitanes generales ópatas de principios del siglo XIX.

Más que resaltar o denostar al personaje de Manuel María Gándara y el papel que desempeñó o los intereses que lo movían, las versiones anteriores consideraron a los grupos indígenas como actores pasivos que se movían en razón de promesas relacionadas con el bienestar común de su etnia. En este sentido, conocer los intereses que movían a los líderes o cabecillas indígenas a través de la cultura política nos permite identificar sus sentimientos, su actitud y su valoración frente a la autoridad que los regía. El trabajo que presentaré a continuación se desprende de una investigación mayor que aborda los liderazgos indígenas, específicamente de yaquis y ópatas durante la primera mitad del siglo XIX. Este espacio lo dedicaré a Mateo Marquín, del grupo yaqui, pues considero que representa las formas de ejercer el liderazgo empleando la cultura política de la época.

Los conceptos y categorías que guían mi trabajo se refieren a la cultura política y mi análisis se basa principalmente en Lucien Pye, quien la definió como los sentimientos subjetivos, actitudes y conductas hacia la forma de ser gobernados, que caracterizan sus orientaciones políticas tanto individuales como colectivas (Pye 1968). Asimismo, Almond y Verba (1969) añaden a lo anterior las dimensiones de la cultura política como la orientación cognitiva referente a los conocimientos y creencias acerca del sistema político, de sus papeles y a quienes incumben dichos papeles en aspectos políticos y administrativos. Asimismo, la orientación afectiva que destaca los sentimientos acerca del sistema político, sus funciones personales y logros y finalmente, la orientación evaluativa, que se desprende de los juicios y opiniones sobre objetos políticos que involucran los criterios congnitivos y afectivos (Almond y Verba 1969, 179-180).

Los conceptos para definir el liderazgo los retomo de Marta Bechis y hacen referencia a la naturaleza y usos ideológicos del poder. Se centran en la persuasión como atributo otorgado de éste y el poder de la persuasión como un elemento incondicional de quien lo ejerce. En este sentido, existen dos contextos distintos del poder: como cualidad inherente al estatus o posición, o como un efecto de su comunidad, es decir, de sus seguidores. Así pues, se puede diferenciar entre el poder por la posición o el cargo como “la habilidad de canalizar la conducta de otros por la amenaza o uso de sanciones negativas” (Bechis 2008) y por autoridad, que se refiere a “canalizar la conducta de otros en ausencia de amenazas o sanciones negativas” (Bechis 2008).

Los líderes indígenas son aquellos que ejercen el poder político mediante la autoridad, que en un primer momento de su liderazgo se afianza por el cargo; sin embargo, estos poseen atributos tales como dominar la oratoria, la negociación y cualidades de mando para atraer a seguidores. En este sentido, cuando la combinación entre un liderazgo por poder y autoridad se realizan, el poder por parte de quienes la ejecutan es más duradero que cuando el liderazgo se efectúa por alguno de sus atributos. En la historiografía local los líderes han sido denominados como “jefes rebeldes” (Hernández 1996, 89) que en diversas ocasiones firmaban como capitán “general” (Ramírez 2013, 8) buscando la aceptación del cargo ante el gobierno en turno.

Por otra parte, la cultura política hace referencia al conocimiento de las actitudes, valores y sentimientos de los líderes indígenas respecto a cómo eran gobernados y cómo se ejercía el poder sobre ellos. En la documentación de la época es claro, particularmente durante el intermitente gobierno de Manuel María Gándara, que los capitanes generales yaquis y ópatas fueron un elemento fundamental para pacificar las sublevaciones indígenas a través de la negociación con las autoridades oficiales y cabecillas de levantamientos. Así, en un primer momento se conformaron como mediadores entre ambas sociedades —acción y cargos que habían ejecutado en tiempos de la monarquía española y en los que su cultura política les permitía tomar decisiones, ejecutar acciones y actuar con autonomía frente a la defensa de su grupo—. Ambas sociedades confluyen en un mismo punto: pacificar la zona del valle del yaqui evitando levantamientos y respetando los cargos y decisiones de las autoridades indígenas.

Mateo Marquín: capitán general y líder indígena de 1842 a 1854

 Mateo Marquín fue capitán general del yaqui por al menos veinte años, según su propio testimonio, conviviendo con diferentes formas de gobierno y facciones y adecuando su actividad política al apoyar a las autoridades en turno y al sistema político que ejercieran. De tal forma, centralismo, federalismo, López de Santa Anna, Bustamante y a nivel local, Manuel María Gándara, José Urrea, Francisco Ponce de León, Pedro Espejo, José de Aguilar, entre otros, eran parte de su actividad política y su anexión a quien ejercía el poder, siempre y cuando, la autoridad en turno aceptara su cargo y respetara sus acciones políticas.

No se sabe con certeza cuándo es que Marquín comienza a ejercer el cargo de capitán general. En el texto de Evelyn Hu deHart (1984) en su libro Yaqui resistance and survival. The struggle for land and autonomy 1821-1910, se entrevé que éste asciende tras el asesinato de Juan María Jusacamea a manos de un grupo de yaquis. No se sabe con certeza la forma de su elección, pero sí su enmienda principal, que se refería a realizar correrías por el valle del Yaqui y Mayo con la finalidad de informar el estado de los habitantes de la zona del río y pacificarlo si había necesidad.

Trejo y Revilla explican que en los años que aparece Marquín en la documentación como capitán general, su cargo es mencionado por las autoridades estatales tanto para alabar como para criticar sus acciones; así pues, se mantenía “al filo de la navaja” ya que fungía como héroe que pacificaba el valle y al mismo tiempo se catalogaba como cabecilla rebelde capaz de incitar una sublevación en cualquier momento (Trejo 2012, 9). Sin embargo, ¿Cuál era la naturaleza de su liderazgo y su cultura política? Para retomar dichas cuestiones, partiré de la perspectiva de poder de Weber, donde éste hace alusión a la “posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena” (Weber año, 696). En este ejercicio existe la interacción entre quien detenta el poder y quienes obedecen, que están estrechamente vinculados con sus metas grupales e invocan acciones futuras (Swartz, Turner y Tuden 1966, 109). Para resolver lo anterior, dividiré el periodo ejercido por Mateo Marquín como capitán general del río Yaqui y Mayo durante la década de 1840 y la ejercida en 1850. En esta ponencia sólo trataré el primer momento.

El antecedente de este primer momento se refiere al conflicto Gándara-Urrea, el cual se suscitó a partir de 1838, cuando Marquín ya se encontraba en el cargo de capitán general. Según las fuentes documentales que he revisado, no existía una alianza directa con Manuel María Gándara al inicio del conflicto. En las circulares dirigidas a Urrea en dicho periodo, Mateo Marquín explica las preocupaciones más elementales de la zona del yaqui  y habla sobre los cambios en el poder estatal, que eran de su conocimiento:

Primeramente menciona que las comunicaciones acerca de las sublevaciones del río eran falsas, así como las juntas clandestinas que se reportaban. Que la preocupación más elemental era la tranquilidad de su familia, del río y de “todo género humano” y por lo cual, han pedido a los cabecillas que dejen el río y se vayan a vivir a donde mejor les parezca. Asimismo, una preocupación que destaca es la falta del pago luego de que Francisco de León abandona el poder estatal, pues se deben meses atrasados a Francisco Moreno, quien estaba por abandonar la escuela del río.

Desde el retiro de Francisco P. de León no se han ajustado los meses alcanzados a Fernando Moreno que abandonara la escuela […] esto no queremos ninguno por que seria una lastima para los jóvenes por que estan adelantados v. disponga como mejor le paresca pues eso es lo que deseamos todos.[1]

Con lo anterior se pueden percibir las tres dimensiones de la cultura política establecidas por Almond y Verba (1963) que reflejan la dimensión afectiva alusiva a los sentimientos de aceptación o rechazo ante un bando político: la nulidad de las declaraciones que han realizado los cabecillas gandaristas al mentir acerca de su sublevación en los pueblos del río  explica que el único objetivo de él y su gente es la tranquilidad, siendo su preocupación más urgente la salida de Francisco Moreno y el abandono de la escuela instalada en su río. En este sentido, la dimensión cognitiva hace referencia al conocimiento y aceptación que éste tiene del poder estatal –al cual Urrea volvía ascender– y de sus intereses. La dimensión evaluativa se percibe al relacionar las dos dimensiones anteriores al dejar claro el objetivo de su carta: demandar el pago de Francisco Moreno y posicionarse por la tranquilidad de la nación.

En otra de las circulares referente a una protesta realizada por Marquín y dirigida al supremo gobierno, explica que con el “fin de salvar los pueblos de cualquier seducion”  en razón de los continuos cambios políticos a nivel nacional, los pueblos indígenas y autoridades del río realizan una protesta de tres enmiendas en donde no reconocen al gobierno de don Antonio López de Santa Anna, reconocen al presidente interino Juan José Herrera y a nivel local reconocen interinamente en el mando político al coronel José María Elías.

El grito salvador que dio en Jalisco el general D. Mariano Pareder por hir en contra de nuestros sentimientos pero ahora que emos visto el ataque que ha recibido la representación nacional, lo que nunca veremos con calma y sacrificaremos nuestros intereses en defensa de dicha representación y leyes.[2]

Lo anterior hace referencia a la dimensión cognitiva de la cultura política donde se explica el conocimiento que tienen los grupos indígenas acerca del sistema político ejercido en México, las autoridades que se eligen bajo ese sistema, así como el afecto alusivo a los sentimientos de aceptación y rechazo que genera la actividad política. En este sentido, él y los representantes de los pueblos indígenas declaran no reconocer a Antonio López de Santa Anna “sublevado contra el orden constitucional”, y sí reconocer al presidente interino José Joaquín de Herrera y a las autoridades que dicho gobierno estipule en el departamento en Sonora.

Los años que van de 1844 a 1845 se caracterizan por los cambios constantes tanto a nivel local como nacional. José Urrea denunciaba continuamente al grupo gandarista encabezado por Pedro Romo y Juan Muñoz, quienes firmaban como representantes de “los gobernadores de los ocho pueblos y oficiales”. Urrea menciona a Juan Muñoz como dependiente de las haciendas gandaristas y, por tal motivo, lo acusa de apoyar a las fuerzas del desorden y mover a los pueblos el río, que bajo el pretexto de combatir a los apaches, constantemente reúnen armas para una “nueva revolución”.[3] En las circulares que existen entre el capitán general de ópatas y pimas, Luis Tánori, el capitán general Mateo Marquín y Pedro Romo establecen estar esperando noticias del nuevo cambio de gobernador y comandante a favor de Manuel María Gándara y Teófilo Romero.

No tarda en reunir tanto por esto como por que D. Ancelmo Larrondo y otros deben de estar en el mayo con seiscientas ballonetas porque sin moverse de mi hasta que no llegue el Sor. Gobernador Comandante General unos dicen que es Sor. Manuel María Gándara y otros que el General Teófilo Romero y que con el bienen lo señores gandaras en fin ya debes saberlo pues ha llegado el extraordinario a ures nos bamos a estar en estos pueblos hasta no ver las ordenes del gobierno= no dejen de noticiarme lo que ocurra por esos mundos.[4]

¿Qué posición política mantiente Marquín ante los sucesos anteriores? Si bien como capitán general demuestra subordinación a las órdenes de quien ejerza el cargo de gobernador –en este caso el general Urrea–, también está a la expectativa de Gándara en el poder. Así pues, hay un interés especial en mantener sus relaciones con Luis Tánori y Pedro Romo, autoridades indígenas. De tal forma, en los años que van de 1845 a 1846 Marquín ejerce su poder a través de la mediación política, que involucra su intervención continua en técnicas más pragmáticas, desde el consejo amistoso hasta la presión en la formulación de términos nuevos (Swart, Turner y Tunden 1969, 122).

En este sentido, establece enlaces entre las autoridades estatales y las indígenas aconsejando a estas últimas sobre las acciones que se tomarán en el río para pacificar la zona. Entre ellas se encuentran visitar a los poblados para identificar familiares rebeldes o cabecillas, recibir a Manuel María Gándara como comandate militar del río y alertar a las autoridades indígenas de los cambios políticos a nivel nacional que posiblemente lleven seductores a a la zona.[5]

 Consideraciones finales

Del periodo de 1838 a 1867 en Sonora, que se distingue por la presencia y conflicto entre autoridades estatales y gandaristas, vinculando a estos últimos con aliados indígenas, tenemos que éstos no siempre se anexaron a un movimiento representando por Manuel María Gándara, sino que los líderes indígenas que detentaban cargos como capitanes generales, orientaron su apoyo a la persona, bando o partido que se adjudicara el poder, siempre y cuando éste reconociera su cargo y autoridad en la zona de su demarcación y aceptara las decisiones de dichas autoridades con una relativa autonomía, orientada por un objetivo común: pacificar la zona del valle del Yaqui y Mayo.

La orientación política que movió a los líderes o cabecillas tradicionalmente vinculados con los gandaristas, no siempre se dirigieron a beneficiar al común de su grupo, sino también por orientaciones individuales. Así pues, se entiende que al interior de la etnia existieran divisiones políticas que daban o no legitimidad al capitán general. En este sentido, cuando se “busca pacificar la zona” se está haciendo referencia a estos grupos rebeldes que no aceptan el cargo ejercido por el capitán general y consecuentemente el de la autoridades estatales.

En este sentido, la cultura política de líderes como Mateo Marquín veían en su cargo una forma de participación política que hacía referencia a los comportamientos de su etnia. El cargo les otorgaba voz, representación e intermediación entre las autoridades estatales y los grupos indígenas que representaban. El cargo proveniente de la era monárquica de capitán general fue un territorio común y conocido para ambas sociedades: otorgaba relativa autonomía, poder de decisión y acción y contrariaba a los grupos rebeldes que no compartían la aceptación del poder estatal establecido.

 

Archivos consultados

Archivo General del Estado de Sonora (AGES)

Archivo General de la Nación

Hemeroteca Nacional

 

Bibliografía

Almond, Gabriel y Verba Sidney. The Civic Culture, cap. 1, Princeton University Press. 1963. Pág. 171-201. Consulta en internet: http://pendientedemigracion.ucm.es/info/cpuno/asoc/profesores/lecturas/almondverba.pdf

Bechis, Martha. 2008. Los lideratos políticos en el área Arauco-pampeana en el siglo XIX: ¿autoridad o poder? En Piezas de etnohistoria del sur sudamericano. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, España. Pág. 265-296

Hernández Silva, Héctor Cuauhtémoc. 1996. Insurgencia y autonomía. Historia de los pueblos yaquis: 1821-1910, México, CIESAS/INI.

Hu-DeHart, Evelyn. 1984. Yaqui resistance and survival. The struggle for land and autonomy, 1821-1910. Madison, Wisconsin: The University of Wisconsin Press.

Medina 2011, Cargos militares indígenas en la transición del antiguo régimen al liberalismo. Revista ciencias sociales, segunda época No. 20, primavera de 2011, pp 29-48.

Trejo Contreras, Zulema. 2012. Redes, facciones y liberalismo en Sonora 1856-1870. México. COLSON/COLMICH.



[1] Ibid.

[2] AGN/México Independiente/Gobernación y relaciones exteriores/gobernación/caja 0576 (269)/exp. 6/doc. 37

[3] AGN/México Independiente/Gobernación y relaciones exteriores/gobernación/caja 0576 (269)/exp. 6/doc. 39

[4] AGN/México Independiente/Gobernación y relaciones exteriores/gobernación/caja 0576 (269)/exp.6/doc. 42

[5] F. Ejecutivo/caja 45/tomo 160/Ures, noviembre 23 de 1846.