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FOTO DE LA SEMANA: “Paseo en el desierto”

La imagen fue capturada por Nicolás Pineda.

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Los meses del olvido

Zulema Trejo Contreras*

Una vez que octubre finaliza pareciera que algo se activa en nuestro cerebro para que olvidemos lo sucedido en los meses anteriores y enfoquemos toda nuestra atención en diciembre; aunque en realidad no hay ningún mecanismo extraño en nuestras cabezas, más bien se trata de que una vez pasados el día de muertos/Halloween, inician las campañas publicitarias que anuncian la llegada de las fiestas decembrinas y/o se intensifican hasta el punto de que en todas partes vemos los recordatorios de esta fecha, incluso en las redes sociales y medios de comunicación. Este bombardeo publicitario, aunado a la tradición de las fiestas de fin de año que se ha venido fortaleciendo con el paso del tiempo, se conjuntan para enfocarnos en posadas, regalos, árboles de navidad, nacimientos, intercambios de regalos, etcétera.

En ocasiones da la impresión de que los dos últimos meses del año están dedicados a olvidar ciertas cosas y rememorar otras. Los canales de televisión se concentran en transmitir películas y programas que recuerdan la navidad, y vuelven en este bimestre películas clásicas como “Mi pobre angelito”, “El regalo prometido” y múltiples versiones de la historia de Santa Claus, amén de los documentales acerca de la natividad de Jesús, la estrella de Belén, los orígenes de la navidad, por mencionar algunos temas. Este tipo de tópicos sustituyen a los que nos preocuparon a lo largo del año, como el tráfico de adopciones, un año más sin justicia para los niños que murieron en el incendio de la guardería ABC, las desapariciones-asesinatos de los normalistas de Ayotzinapan, el escándalo de la casa propiedad de la esposa del presidente, la violencia del narcotráfico.

La problemática nacional y estatal parece difuminarse al compás de villancicos y luces navideñas. Si bien las fiestas decembrinas difuminan, ocultan los problemas sociales y económicos del país, estos no desaparecen, siguen ahí y reaparecerán, o mejor dicho, volveremos a prestarles atención una vez que las luces navideñas se apaguen. La frase “la cuesta de enero”, de todos conocida, es el primer recordatorio de que la crisis económica que aqueja al país no se resolvió, así que quienes no sean precavidos al gastar en y para navidad, se encontrarán con que el nuevo año lo primero que les regalará serán deudas.

Los canales de televisión dejarán de trasmitir programación acorde a las fiestas navideñas, los noticieros volverán a prestarle mayor atención a los aspectos negativos de la vida y ello nos llevará a pensar, quizá, que Blanca Navidad y Noche de Paz sólo son villancicos que poco o nada tienen que ver con la situación que se vive a nivel mundial. Se podría decir que el impasse o compás de espera que constituyen las fiestas de fin de año es ese momento en que la sociedad, en general, intenta olvidar lo que le preocupa sumergiéndose en una vorágine de celebraciones.

Pero, ¿todos celebramos y olvidamos los problemas?, sería absurdo contestar que sí. Sin duda hay grupos de personas que no festejan las fechas decembrinas, algunos por cuestiones culturales, otros porque su realidad es tan abrumadora que no les permite escapar hacia el campo temporal del olvido decembrino. Me refiero específicamente a las personas que viven en los campos de refugiados, a los migrantes que dejan sus países en busca de mejores oportunidades de vida, a las personas que viven en las calles, a los ejércitos formales o informales que se enfrentan en diferentes partes del mundo y con ellos la población civil que es afectada por una violencia, la más de las veces, ajena a ella.

Para estos sectores de la sociedad no hay “feliz navidad y próspero año nuevo”, aunque deseen hacerlo, su situación en la vida no les permite darse el lujo de tener un bimestre de “olvido” anual. Los que tienen o tenemos acceso a esa válvula de escape que llamamos festejos decembrinos, no deberíamos aferrarnos a ella, por el contrario, deberíamos estar conscientes y reflexionar hasta qué punto somos nosotros mismos los que deseamos entrar en esa frenética ronda de celebraciones, y hasta dónde somos llevados a ella de forma más o menos inconsciente por las intensas campañas publicitarias.

*Profesora-investigadora de El Colegio de Sonora.