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Mario Alberto Magaña Mancillas sobre “Los efectos del liberalismo en México: siglo XIX”

VI Coloquio de Estudios Históricos de Región y Frontera

El orden social y político en los territorios de frontera hispanoamericanos. Siglos XVI-XX

Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera de El Colegio de Sonora.

Hermosillo, Sonora, 21, 22 y 23 de octubre de 2015.

Los efectos del liberalismo en México: siglo XIX. Antonio Escobar Ohmstede, José Marcos Medina Bustos y Zulema Trejo Contreras, compiladores. Hermosillo y Ciudad de México, El Colegio de Sonora / centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2015, 356 páginas.

 

Mario Alberto Magaña Mancillas

Universidad Autónoma de Baja California

Instituto de Investigaciones Culturales-Museo

 

 

 

Las obras que proceden de reuniones de trabajo muestran muchas de las preocupaciones sobre la temática convocante. El libro Los efectos del liberalismo en México: siglo xix, compilado por Antonio Escobar Ohmstede, José Marcos Medina Bustos y Zulema Trejo Contreras, no es la excepción. Pero iniciemos por el principio: la citada obra colectiva está integrada por diez textos dispuestos en tres secciones. La primera, “El liberalismo y lo agrario”, se integra por los ensayos de Gustavo Lorenzana Durán, “Reparto de tierras y medidas de fundos legales: demandas de los pueblos mayos, 1824-1863”; de Antonio Escobar Ohmstede, “Lo agrario en Oaxaca a la luz de la desamortización de la segunda mitad del siglo XIX. Un acercamiento desde los valles centrales”, y de Romana Falcón, “Itinerarios de la negociación. Jefes políticos y campesinos comuneros ante las políticas agrarias liberales”.

La segunda parte “El Liberalismo y el gobierno de los pueblos indígenas” con las aportaciones de Juan Carlos Cortés Máximo, “Conflictividad, guerra y liberalismo gaditano en Nueva España. Los pueblos indios en la provincia de Michoacán, 1786-1823”; de José Marcos Medina Bustos, “Gobierno indígena y liberalismo en Sonora: del enfrentamiento a la negociación (1814-1850)”; de Inés Ortiz Yam, “Exacción y vigilancia. Las repúblicas indígenas del régimen liberal: Yucatán, 1824-1868”; de Michael T. Ducey, “El reto del orden liberal. Ciudadanos indígenas y prácticas políticas en el México independiente: la política cotidiana en el Cantón de Misantla, Veracruz”, y de Zulema Trejo Contreras, “La representación en el imaginario indígena”. En cuanto a la tercera sección “Liberalismo, sociedad y economía”, la integran dos textos, uno de Érika Pani, “¿Sirve de algo la historia del liberalismo? “Raza” y ciudadanía en el México decimonónico”, y otro de Juan Manuel Romero Gil, “Sonora: autonomía regional y liberalismo económico, 1830-1870”.

Ahora bien, aunque mi lectura de la obra fue de principio a fin, es decir de la pagina 9 a la 359, debo señalar que mi comprensión de la obra fue pasando de una forma, con la Introducción y la primera sección temática, a otra hacia el final de los textos, por ello decidí iniciar con los dos últimos textos. En estos, tanto Pani como Romero Gil, proponen formas diferenciadas de acercamiento al estudio del pensamiento liberal mexicano decimonónico, sobre todo cuando Pani señala que “el liberalismo, por estar en todo y en todos, no explica ya la dinámica de la confrontación política”, o que “el liberalismo simplifica y aplana las complejidades de la historia hasta convertirla en mito” (p. 295). Así que la autora estudia el posible efecto de las políticas liberales mexicanas a través del estudio de las disposiciones para obtener la ciudadanía, por parte de extranjeros, ya que como todos los estudios lo señalan, uno de los pilares del “pensamiento liberal” es el proyecto o aspiración de construcción de ciudadanías. Su ensayo muestra que hubo consistencia en cuanto a la implementación de las construcciones de nuevos ciudadanos a pesar de las circunstancias, los casos diversos y el vaivén político, concluyendo que “El liberalismo, entonces, más que un conjunto de principios por consolidar en procesos encadenados e inequívocos, representa un repertorio de visiones, un arsenal retórico al que recurrieron los políticos a lo largo del siglo xix. [Y] Como tal vale la pena estudiarlo” (p. 310).

En el caso de Romero Gil, este autor postula un acercamiento desde el estudio de las regiones bajo una hipótesis muy sugerente: “las regiones fueron entidades que gozaron de autonomía en el periodo comprendido entre 1850 y 1880, debido a la débil condición de la forma estatal dominante” (p. 320) A lo que añadiría que para la región del noroeste novohispano sería desde 1821, o tal vez desde 1808 para el caso de la Baja California, y que es un tema por explorar, pero ya enunciado por María Eugenia Altable para Baja California Sur. Regresando a Romero Gil, apunta en este sentido que “el binomio autonomía regional-liberalismo nos ofrece un horizonte de explicación respecto al conjunto de acciones que impulsaron las elites para alcanzar sus objetivos económicos” (p. 321). Es decir, más que estudiar al liberalismo como una ola avasalladora que todo lo ahoga, y los que manotean lo hacen por pertenecer al “régimen antiguo”, es comprender la implementación de las políticas liberales mexicanas, según la época o momento histórico especifico, de acuerdo a los contextos regionales, y a lo mejor, como lo sugiere este autor, deberíamos estudiar los “programas liberales autóctonos” (p. 349), o las versiones regionales de las implementaciones de las políticas liberales, y no querer “ver” el liberalismo como fenómeno homogéneo y nacional.

Así, regreso a mi primera impresión de la lectura lineal de Los efectos del liberalismo en México: siglo xix, que fue de perfecta concordancia con el magnífico resumen presentado en la Introducción, subtitulada “¿Para qué dialogar sobre el liberalismo?”. Donde fui coincidiendo con lo postulado por los autores, así mismo compiladores de la obra, desde expresiones como “El liberalismo fue una doctrina comprometida con diversos valores: la ‘autonomía’ individual, la dignidad de la persona, la libertad y la igualdad” (p. 12), o que “dada la heterogeneidad étnica, cultural y social, los hombres públicos del siglo xix no pretendían construir, en un primer momento, un Estado-nación con criterios étnicos o culturales, sino una “nación de ciudadanos” […]” (p. 15). Y donde uno de los aspectos centrales es entonces el reparto de tierras entre los ciudadanos mexicanos. A esto se dedican a estudiar de manera brillante los textos de la primera sección, aunque también en la segunda. Pero entonces, un fantasma empezó a recorrer mi lectura del libro y sus capítulos: ¿ fue el liberalismo la única doctrina político-económica en el siglo xix?, ¿no hubo propuestas alternativas de construcción del estado-nación o de la nación?

No quiero que se entienda que las aportaciones no son relevantes para el estudio del liberalismo decimonónico o de la historia nacional, ambas mexicanas, en el siglo xix, sino más bien, me empezó a preocupar que la visión sobre este periodo y sus doctrinas fuera un consenso historiográfico tan profundamente asumido que ya no nos cuestionamos puntos nodales. Por ejemplo, Falcón apunta hacia que “La historia a ras de piso ofrece un escenario de infinitas variedades”, en lo que estoy de acuerdo y me parece sugerente, pero en la misma página “este tipo de arreglos cabían cómodamente dentro de una cultura jurídica de antiguo orden, acostumbrada a las particularidades, y en cambio difícilmente entraban en el molde de la cultura jurídica moderna con que los gobernantes buscaban ir logrando cierta uniformidad de estructuras sociales en todo el país” (p. 120, cursivas añadidas)

¿Sólo el liberalismo es moderno?, ¿no son acaso las diferentes disposiciones gubernamentales que por conceso hemos denominado “reformas borbónicas”, aspiraciones de modernidad?, ¿y las tendencias a la individualización de los súbditos en la segunda mitad del siglo xviii?, o ¿qué con las disposiciones de libre comercio de fines del siglo xviii?, las cuales algunos autores las consideran disposiciones que reconocían que las circunstancias internacionales en el océano Pacifico habían cambiado radicalmente y ya no eran asuntos de señoríos o de derechos monárquicos, sino de empresas y nacientes grupos empresariales. Tal vez, este fantasma me sigue por tener ambos pies en el estudio del siglo xviii y que solo me asomo al xix, pero creo válidas estas observaciones, la obra las provoca en cada uno de sus capítulos.

Siguiendo esta líneas, estas llamadas de atención sobre que los pueblos indígenas se resistían a la modernización, especialmente con la perdida de las tierras comunitarias o sus estructuras de gobierno, ¿no serán síntomas de un fenómeno más complejo, como el hecho de que las identidades sociales, sean individuales o colectivas, se conforman en un territorio identitario o en una región sociocultural, como Gilberto Giménez lo postula en su teoría de las identidades sociales?, si es así, entonces era una cuestión se sobrevivencia sociocultural e identitaria frente a un proyecto político de implementación de un liberalismo económico. En estos casos, las argumentaciones doctrinarias de políticas económicas tienen poco impacto. En este sentido, llama mucho la atención lo expuesto por Ortiz Yam, en su capítulo, respecto a la reinstalación no completa de las repúblicas de indios en Yucatán de 1824 a 1868, o los llamados de los políticos sonorenses a revitalizar los presidios o a reactivar el sistema misional, referidos por parte de Romero Gil. ¿Retrocesos, acciones pragmáticas o hemos centrado lo moderno en el liberalismo?

Los efectos del liberalismo en México: siglo XIX, compilado por Antonio Escobar Ohmstede, José Marcos Medina Bustos y Zulema Trejo Contreras es una obra sugerente como pieza integrada y, a su vez, cada uno de los colaboradores provoca a los lectores, y qué mejor objetivo de un libro colectivo que sea motivador para la reflexión, estímulo para explorar algunos temas, regiones y perspectivas, pero además permitir y propiciar el diálogo y la construcción de conocimiento histórico desde una perspectiva crítica, que pueda provocar nuevas investigaciones e intercambios. Las participaciones de cada autor ameritarían mayores comentarios puntuales, pero sirva esta exploración muy personal como una invitación a la lectura de este libro.