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La imagen fue capturada por Inés Martínez de Castro.

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Laura Shelton en la presentación de “Los efectos de liberalismo en México, siglo XIX”

Laura Shelton*

Este libro es un excelente ejemplo de un rico intercambio entre historiadores de distintas regiones de  México que provienen de las periferias, como Sonora, Oaxaca y Yucatán y de estados más centrales, como el Estado de México, Veracruz y Michoacán. El libro se articula en tres temas principales: 1) El liberalismo y lo agrario; 2) El liberalismo y el gobierno de los pueblos indígenas, y 3) Liberalismo, sociedad y economia.  Cabe señalar que incluir las discusiones importantes sobre la variedad de experiencias del liberalismo en un solo volumen sería prácticamente imposible para los historiadores mexicanos sin el internet y las comunicaciones de hoy en día. El aislamiento regional fue tema central de la historiografía mexicana del siglo XIX, así como para el gremio  de historiadores durante gran parte del siglo XX. Afortunadamente, eso ya no es el caso.

Los efectos de liberalismo en México, siglo XIX es una maravillosa colección de ensayos que nos ayuda a apreciar la importancia de las localidades, en parte porque estos estudios hacen un maravilloso uso de fuentes locales. En segundo lugar, este volumen revela las grandes diferencias entre las ideas de liberalismo y la forma en cómo éstas se llevaron a la práctica. En tercer lugar, reúne la diversidad de experiencias sobre cómo la gente enfrentó problemas en varios estados  y cómo, con experiencia y dedicación, los superó.  Finalmente, el texto demuestra la disolución de las viejas categorías, por ejemplo, entre la economía del antiguo régimen y las economías liberales del siglo XIX, y entre el gobierno colonial y la era republicana.

Uno de los mayores temas que surgen de este trabajo es la importancia de la localidad, cómo los actores definen el liberalismo y cómo lo experimentan. Por ejemplo, en su  trabajo acerca de Veracruz a principios del siglo XIX, Michael Ducey nos ofrece una interesante definición de liberalismo: No fue “un movimiento partidario, sino un conjunto de ideas políticas acerca de cómo debe funcionar el Estado y el papel del individuo constituido como “ciudadano” en el nuevo orden politico.” (p. 233)

Para Ducey es imposible entender el impacto del liberalismo en México  si no se atiende su significado en el nivel de los pueblos y los ayuntamientos que los gobernaban. En el caso de Veracruz, Ducey utiliza la metáfora del “sincretismo político”.  Señala que “en el proceso de modernización, los pueblos cambiaron el significado de lo moderno” (p. 234) Ducey demuestra que había muchos problemas prácticos de implementación de las reformas liberales en el plano local en Veracruz, y que “las tradiciones locales del gobierno siguieron teniendo coherencia a pesar de ver que sus bases constitucionales y jurídicas desaparecían” (p. 235). Para Ducey, “el dilema al que se enfrentaban los liberales del siglo XIX era que aun cuando estaban comprometidos a la destrucción de las identidades corporativas, las tradiciones administrativas necesarias para hacer funcionar los gobiernos locales estaban todavía enraizadas en las instituciones corporativas heredades de la Colonia” (p. 235).

Por el contrario, y más cerca de la capital del país, en el Estado de México, Ramona Falcón considera que las reformas liberales tuvieron un mayor impacto en las comunidades locales gracias a los políticos de las jefeturas. Para Falcón, las jefeturas políticas, las cuales tuvieron una duración de más de un siglo, fueron clave y, “en  principio, su diseño ayudó un concretar la propiedad privada” (p. 140).  Al mismo tiempo, Falcón reconoce el poder de los actores colectivos en la utilización de estos mismos mecanismos de gobierno para negociar, litigar, protestar, y proteger sus bienes raíces.

Si en los pueblos de Veracruz son impugnadas las medidas liberales, Juan Manuel Romero Gil considera que, en El caso de Sonora,  el liberalismo económico reinó entre 1830 y 1870.  Romero Gil considera que los notables liberales en el estado tuvieron una profunda influencia en el desarrollo económico regional , ya que promovieron la libertad de comercio, la privatización de la propiedad communal y eclesiásticica, la libre exploración de metales y la apertura a la inversión extranjera, entre otras medidas.

En conjunto, estos textos sugieren que había una gran diferencia entre las ideas liberales  y la aplicación de las mismas. Considero que esta es una de las principales contribuciones de este libro, como se ejemplifica en el texto de José Marcos Medina Bustos. Medina, al igual que  la mayoría de los otros autores de este excelente volumen, se interesa en la teoría y la realidad de la gestión pública, en este caso, entre el gobierno indígena de los pueblos de Sonora entre 1814 y 1868. Él argumenta que las leyes y la aparato institucional creado en Sonora durante la primera mitad del siglo XIX no se produjo en el vacío, sino que más bien, se desarrolló como resultado de problemas muy específicos que las comunidades locales consideraban necesarios para resolver. También identifica las distintas realidades que las comunidades indígenas enfrentaron en Sonora, como los últimos legados del sistema misional y los conflictos con los grupos indígenas nómadas, como los apaches. Medina rastrea cómo las reglas para la creación de los ayuntamientos en la Constitución del Estado de Occidente de 1825 dejaron a muchas comunidades indígenas fuera del poder debido a que éstas eran más pequeñas y estaban poco alfabetizados. En concreto, las constituciones estatales de Sonora trataron de eliminar los cabildos indígenas de antiguo régimen. El autor también identifica una notable variación entre las comunidades indígenas, en términos de gobernanza local, por ejemplo: mientras que los pueblos en el río Sonora tuvieron menos atención debido a las cantidades relativamente grandes de españoles y mestizos, las comunidades yaquis siguieron manteniendo el control político, al menos por un tiempo. Este patrón de autonomía para los yaquis y por otro lado un gobierno limitado para los pimas altos persistió en la Constitución del de 1831.

En conjunto, estos ensayos revelan cómo las comunidades de varios estados crearon, vivieron y entendían el liberalismo. En su estudio de las jurisdicciones de la provincial de Michoacán en las comunidades de Zinapécuaro y de Tlazazalca entre 1786 y 1823, Juan Carlos Cortés Máximo explora la evolución demográfica y económica de cada comunidad a finales del siglo XVIII. El autor examina el impacto de las guerras entre los insurgentes y realistas, así como el impacto de la creación de los ayuntamientos constitucionales en ambas subdelegaciones. En estas comunidades, Cortés se encuentra con una negociación de tierra entre las comunidades indígenas y españolas que se inscribe en el viejo y nuevo orden, que permitió por un lado a los pueblos indígenas la autonomía política, experimentada en forma del cabildo en la  republica, y para los españoles, mestizos y mulatos, el ayuntamiento gaditano. Es Decir, durante la primera república, el gobierno local era ecléctico y flexible.

Desde el punto de vista historiográfico, la obra de Cortés y de la mayoría de quienes participan en este volumen revela una disolución de las viejas categorías del liberalismo, entendido como  dicotomías entre el antiguo régimen y las economías liberales del siglo XIX, o entre el gobierno colonial y el republicano. Por ejemplo, en su estudio de la desamortización de la segunda mitad del siglo XIX en los valles centrales de Oaxaca, Antonio Escobar Ohmstede nos ofrece una reflexión sutil sobre la historiografía del liberalismo en Oaxaca, a partir de los trabajos de estudiosos como Ronald Waterbury y William Taylor y “los mitos fundadores”, que tendían a crear dicotomías entre las figuras de una iglesia “antiliberal” y la comunidad indígena versus hacendado “liberal.” Gracias a un enfoque que matiza y hace una correcta crítica de fuentes que se encuentran en los archivos locales, Escobar demuestra que las viejas dicotomías no funcionan. En cambio, nos encontramos, a la Iglesia profundamente involucrada en la agricultura comercial y a “caciques liberales” que alquilaban propiedades de cofradías con la lógica de un buen capitalista, a pesar de que reconocían “El derecho de uso pero no de propiedad.” (p. 97)

El trabajo de Gustavo Lorenzana Durán sobre el reparto de tierras y medidas de fundos legales en los pueblos mayos entre 1824 y 1863 identifica medidas liberales en la época colonial bajo el reinado de Carlos III. Para Lorenzana, las ideas del estadista neoclásico español Melchor Gaspar de Jovellanos y su defensa de una legislación que fomenta la agricultura como el uso más eficiente y culturalmente elevado de la tierra, fueron importantes para asentar las ideas liberales en la era borbónica.  El autor pone de relieve las implicaciones ambientales del liberalismo en términos de uso de la tierra..

Si Lorenzana encuentra las raíces del liberalismo en la epoca colonial, el estudio de Inés Ortiz Yam, por otro lado, se circunscribe a Yucatán entre 1824 y 1868. Ella identifica características del antiguo régimen bien entrado el siglo xix. Ortiz nos muestra que las instituciones del antiguo régimen sobrevivieron a las reformas liberales a pesar de que las autoridades tradicionales y los viejos sistemas políticos fueron eclipsados por los ayuntamientos constitucionales. En la práctica, la incapacidad de los españoles y mestizos para mantener un gobierno económico en Yucatán proporcionó un espacio para que la gobernanza indígena persisitiera hasta 1868.

En la historiografía del liberalismo tenemos muchas obras valiosas que se han centrado en los aspectos de la economía, de la politica y del gobierno.  En este volumen, los textos de Zulema Trejo Contreras y Érika Pani nos animan a considerar el liberalismo desde nuevas perspectivas historiográficas y metodológicas. El objetivo de Trejo es entender la influencia del liberalismo entre las etnias mayo, yaqui y ópata en el estado de Sonora,  pero también quiere “saber de qué forma respondieron los grupos indígenas a este impacto y cómo esta reacción, a su vez, influyó en sus interrelaciones con la sociedad mestiza” (p. 272). Para explorar este tema, Trejo centra su estudio en el “las fronteras simbólicas” entre los indígenas y los mestizos como un aspecto del imaginario-social de liberalismo, así como la idea de la representación.  En los casos de los ópatas, mayos y yaquis en Sonora durante el siglo xix, su representación de los mestizos ante sí mismos era un manera de preservar —o perder— su estatus como indígenas.

El trabajo de Érika Pani se centra en un aspecto muy poco trabajado acerca del impacto del liberalismo: el de la naturalización, y cómo los extranjeros que vivían en la nueva nación mexicana se integraron en la comunidad nacional como ciudadanos. Pani analiza las leyes y la práctica de la naturalización en México e identifica que en la primera mitad del siglo xix México proporcionó un proceso abierto y liberal a los extranjeros para que se convirtieran en ciudadanos, pero cuando la nueva nación enfrentó una serie de invasiones extranjeras y vivió los trastornos de la época de la Reforma, la naturalización se hizo más cerrada.

Por último, Pani plantea una cuestión central del libro, una con implicaciones teóricas y metodológicas: “¿Sirve de algo la historia del liberalismo?”  Para Pani, los historiadores “tienen que estar conscientes de que el ‘pensamiento político’ nunca es independente y autocontenido, sino producto de la complicada interacción entre realidades percibidas, exigencias políticas y entusiasmos, temores, prejuicios y lealtades. Su historia no puede, por lo tanto, ser la del desarrollo de un ‘-ismo’ coherente, sino una crónica de discusiones, controversias y luchas por el poder” (p. 299). En consideración de sus sugerencias, Pani debe estar contenta con lo que ella y sus colegas han logrado con este libro.

*Profesora-investigadora del Franklin and Marshall College.