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La imagen fue capturada por Lilián Salado Rodríguez.

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¿Los desastres no son naturales? A propósito del clima

Eduardo Calvario Parra*

Existe la idea preconcebida de que los desastres que tienen su origen en un evento natural, por ejemplo una tormenta (tropical o invernal), un sismo, un ciclón, un deslave u otros, son efectivamente naturales. Esto no es del todo cierto. Científicos/as del grupo intergubernamental para el cambio climático de Naciones Unidas sostienen, en sus informes recientes, que se intensificarán los desastres naturales como sequías, lluvias torrenciales, tormentas, olas de calor. Lo que hay que resaltar, estimados/as, es que los llamados desastres “naturales” tienen un componente social que muy a menudo por ignorancia se omite, soslaya o simplemente se invisibiliza. El fenómeno del cambio climático a escala planetaria, según los/as expertos/as, tiene bastante que ver con los efectos de la acción del ser humano.

Algunos eventos hidrometeorológicos más recurrentes en Sonora son las olas gélidas y de calor, las sequías y las lluvias torrenciales, las cuales pueden considerarse como desastres “naturales” si y solo si la magnitud de los efectos que provocan rebasa los umbrales señalados por la autoridad. Las condiciones de vulnerabilidad social en la que se encuentra la población afectada muy a menudo hacen que se exacerben, se multipliquen, los efectos.

De tal suerte que los desastres naturales no son del todo naturales, es decir, la gravedad de los efectos aumenta tanto por la intervención humana —por ejemplo sobre el cambio climático—, como por las condiciones de pobreza, marginación y exclusión social que vive un sector importante de la población. Intervienen factores naturales sin duda, pero el elemento antropogénico a menudo se soslaya o se invisibiliza.

Las lluvias atípicas registradas en este verano de 2015 provocaron inundaciones en varias zonas de la ciudad de Hermosillo y en áreas rurales como la Victoria, Tazajal y Poblado Miguel Alemán. En el mes de julio pasado el nivel de precipitación pluvial en el estado alcanzó los 133 mililitros. Respecto a las altas temperaturas (quizás para nosotros/as en Sonora no sean de alarma pues históricamente hemos convivido con este tipo de clima), un aumento mínimo en la  provocaría mayores estragos directos principalmente en la salud como las deshidrataciones, los golpes de calor e insolaciones, entre otras.

Al escribir esta colaboración el termómetro marca, para distintos puntos geográficos del estado de Sonora, bajas temperaturas con especial impacto en el norte. Incluso, hay alerta por parte de autoridades de protección civil, y varios albergues se han puesto a disposición de la población en situación de calle. En estos días, finales de 2015 y principios de 2016, los saldos por las bajas temperaturas están ubicadas en pérdidas económicas en las zonas agrícolas principalmente por las heladas que afectaron los cultivos. También, la Secretaría de Salud del Estado de Sonora reportaba, al 30 de diciembre del año pasado, dos muertes por hipotermia y 32 intoxicados  por monóxido de carbono y gas butano.

Tanto las autoridades gubernamentales como la población en general consideran los desastres de origen natural como efectos de la indomable fuerza de la naturaleza, imposible de modificar. Las autoridades locales de gobierno tienen que tener en su agenda pública planes de prevención y modificación no solo de los asentamientos mal ubicados, sino también de estrategias que mitiguen y atiendan los daños en términos de la vulnerabilidad social y ver el problema no solo como efectos de fuerzas incontrolables.

Las olas gélidas y de calor y las lluvias extraordinarias que registró nuestro estado, especialmente en las ciudades de Nogales y Hermosillo, nos deben de poner en alerta amarilla para redoblar esfuerzos en los planes de prevención ante los desastres naturales. La población en situación de calle, los trabajadores/as que laboran en la intemperie (por ende expuestos al calor y/o frío extremos), así como los habitantes de las periferias urbanas, llámese invasiones, requieren especial atención; también los adultos mayores, personas con alguna capacidad diferente, mujeres embarazadas y menores de edad, grupos indígenas, etcétera. Es necesaria la atención a estos sectores de la población,  no solo en términos de asistencia humanitaria sino con programas estratégicamente preventivos que interactúen con otros, encaminados a disminuir su condición de vulnerabilidad.

Hasta ahora las intervenciones gubernamentales y de la sociedad civil han sido de carácter asistencialista. Dichas intervenciones se han centrado en regalar cobijas, colchonetas, víveres, etcétera. La academia debe llamar la atención sobre la urgencia de articular acciones que no solo sean asistencialistas. Se deben revisar, y si es necesario reformular, los planes de protección civil, los programas preventivos respecto a los eventos hidrometeorológicos, y asumir plenamente el componente social para que el desenlace se considere desastre. Reconocer e identificar la complejidad del problema es parte de su solución.

*Profesor-investigador en El Colegio de Sonora.