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FOTO DE LA SEMANA: “Represo y altiplanicie de la sierra de Mazatán”

La imagen fue capturada por Francisco Piña.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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La “pelazón” un ritual de subordinación femenina

Inés Martínez de Castro*

“Mi abuelita se negó a que yo pasara por la ‘pelazón’ y me mandó con una tía al otro lado del río. Alegaba que mi caso era especial porque me llegó la menstruación hasta los 16 años,  y  pues decía que yo ya estaba vieja para eso. La verdad es que quiso evitarme ese dolor”, nos contó Bárbara cuando le preguntamos si ella había pasado por el ritual de iniciación.

Esta simpática mujer tikuna, de brillante cabello lacio y amplia sonrisa, fue nuestra guía en el serpentario de Leticia, la ciudad colombiana enclavada en la selva en las márgenes del Amazonas. Con un gran orgullo que se reflejaba en la mirada y  en el tono de su voz, agregó: “después de mucho discutir con el consejo de ancianos y de ser acusada de desobediencia, mi abuelita accedió a que se efectuara el ritual, pero con un cambio que transformó la vida de las mujeres  tikuna para siempre”.

Los Tikuna son una de los más de 50 etnias originarias que habitan las márgenes del gran río Amazonas, y en esta  región  son los más numerosos junto a los Huitota. Aunque su forma de vida en la actualidad está fuertemente influenciada por la nuestra, aún conservan muchas tradiciones y rituales heredados de tiempos remotos. Uno de estos rituales es el de la “pelazón”, que deben cumplir las mujeres al presentarse su primera menstruación. En ese momento, se aísla a la adolescente en una choza apartada de la comunidad y se le somete a una dieta especial. A lo largo de un año sólo tiene contacto con una mujer de su linaje, que puede ser su abuela, su madre o alguna pariente quien la cuidará e instruirá sobre las obligaciones que deberá cumplir como mujer adulta. Se le enseña a cocinar, los deberes del hogar y del cuidado de la familia, además le trasmiten saberes ancestrales como el poder curativo y alimenticio de las plantas de la selva.

También le enseñan las tradiciones, cantos, danzas y leyendas de su pueblo, pero sobre todo las formas de comportamiento que se esperan de ella, en primer lugar, el respeto y la obediencia que le debe a quien será su marido y al resto de los hombres de su comunidad.

Al acercarse el fin del periodo de aislamiento, se prepara una gran fiesta con comida, danzas, cantos y representaciones. Se viste a la muchacha con un faldellín confeccionado con corteza de árbol, también lleva penacho, pectoral y capa de plumas multicolores, se le adorna el rostro, piernas y brazos con dibujos simbólicos y con plumones  de polluelos. Antes de salir de su confinamiento, se le da a beber una sustancia que la mantendrá un poco adormecida. De ahí es conducida por su familia y amigos hasta la Maloca, que es el recinto sagrado para efectuar rituales y reuniones, donde bailan, cantan y beben.

Después llegan los monos, hombres disfrazados como primates con máscaras y grandes falos, que realizan graciosas representaciones de provocación sexual que representa el inicio de una nueva etapa en la vida de la adolescente. A ellos se les premia con los trozos de carne asada más suculentos.

Para el momento cumbre del ritual se coloca a la adolescente al centro de la Maloca sostenida por sus familiares, se le despoja del penacho, y mientras suenan  tambores y   sonajas los integrantes masculinos de la comunidad le arrancan mechones de pelo hasta dejarla casi pelona. Todo su cuerpo se cubre con la sangre que mana de las heridas mientras los participantes llegan al éxtasis. El ritual no termina allí sino que después la joven es conducida en andas hasta la ribera del río y arrojada a las aguas en señal de purificación. Aunque después la rescatan de la corriente y sus heridas son tratadas con hierbas medicinales, algunas de de estas jóvenes no sobreviven a las infecciones o sufren secuelas de por vida.

La interpretación de los antropólogos es que el ritual de la ‘pelazón’ representa la muerte de la infancia y un nuevo nacimiento a la vida adulta, pero también deja como marca indeleble y dolorosa la consigna de que los hombres son los que tienen el poder sobre ella y debe obedecerlos.

Bárbara terminó su relato: “en mi pelazón no me arrancaron el pelo, me lo cortaron con un cuchillo y esto fue porque mi abuelita se puso fuerte y luchó contra todos”, y agregó que desde entonces, por lo menos en su comunidad, aunque el ritual se repite, se corta el pelo con tijeras o cuchillo o se hace solo la representación de que se le arranca, además, en ese momento central ahora también  participan las mujeres. Todo esto ha hecho que la fiesta sea más alegre sin gritos ni llantos.

Me pregunto si con estos cambios en verdad se ha transformado el sentido de reafirmación de la sumisión de las mujeres al poder masculino.

Aunque este ritual pareciera muy lejano y salvaje, si analizamos algunos de nuestros rituales contemporáneos, principalmente los relacionados con el matrimonio, encontraremos algunos vestigios de estos antiguos rituales que confirman aún el lugar subordinado que se espera que las mujeres sigamos  ocupando en relación con los hombres, como el ritual de la entrega de la novia por un hombre, el padre, a otro hombre, el novio, como si fuera el traspaso de una propiedad.

* Escritora, promotora cultural.