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La imagen fue capturada por Tadeo Vázquez.

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En vísperas del retorno de las ideas

Emanuel Meraz*

Groucho Marx definió la política como “el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Muchos reímos con su ingenio, pero también olvidamos que su disección de la praxis política se apoya en la idea de que ésta es precedida por una visión de las cosas presentes, una evaluación de los medios disponibles y la presencia implícita de un proyecto de sociedad. Seguro, todo puede salir mal, pero la búsqueda y la contingencia siempre han estado en el centro del quehacer político, en la manera en que un grupo de gentes se organiza para lidiar unos con otros, o con otros, y para dejar en claro cómo y para qué es que permanecen unidos.

El pasado martes se celebró el caucus de New Hampshire, segunda estación del largo proceso presidencial de Estados Unidos. Los resultados destacan el avasallador triunfo de dos aspirantes ajenos al establishment político norteamericano, al menos en este nivel: Donald Trump entre los republicanos y Bernie Sanders entre los demócratas. Mucho se ha comentado desde semanas previas –meses, en el caso de Trump–, sobre lo que significaría una candidatura de alguno de estos dos individuos, pero es ahora cuando se empieza a cuestionar qué es lo que proponen, más allá de los rugidos electoreros –menos usuales en Sanders– y los discursos que, en mucho, constituyen cualquier campaña.

Los análisis tienden a ser similares. Ambos candidatos son perfilados como extremos opuestos del espectro político estadounidense, aunque no por ello dejan de ser hermanados por su ataque a las convenciones políticas establecidas y a las ficciones que las administraciones previas han alimentado con su gestión; por su populismo, pues. Los dos señalan, generalizando, que debe replantearse qué constituye Estados Unidos y, aunque difieren en el diagnóstico y en los medios, buscan hacerse del apoyo de los sectores poblacionales más amplios: aquellos con menor ingreso.

La pregunta es: ¿ningún otro aspirante dice algo parecido? La respuesta es: sí, pero no lo hacen con el pathos, el feeling, de estos dos. El resto de los principales aspirantes ataca estas cuestiones como insiders, políticos que entienden o pretenden conocer la gestión de gobierno y los compromisos requeridos para mantener la compleja maquinaria administrativa andando, conscientes de que es mejor ser un buen administrador con ocasionales visos de reformador –por aquello de su legado– que arriesgar la continuidad de su partido o la-estabilidad-en-el-largo-plazo. Es claro que esa noción no convence a quienes votaron por Trump y Sanders, y es probable que tampoco lo haga con el resto de los electores.

No podemos, sin embargo, culpar a los otros aspirantes. Desde hace un par de décadas se ha consolidado un modelo de política que enfatiza las cualidades administrativas del Estado. Hoy no se promueve una visión como bandera de campaña, mucho menos un ísmo, se vende, con sus variaciones de tono, una buena gestión, transparencia, rendición de cuentas: prácticas. No hay nada malo en eso, pero seamos sinceros: las prácticas no hacen un proyecto de sociedad, las ideas sí. Los conceptos que se promueven tienen su origen en las ciencias administrativas, y si bien deben ser un recurso sustantivo para el funcionamiento de una administración, no se desvanece el hecho de que hacerlas la base de la acción de gobierno ha coadyuvado también a que los niveles de desequilibrio y desigualdad social y económica se hayan acrecentado como lo han hecho.

A mi parecer, la renuncia a la llamada política de altos vuelos, que traza rutas para la transformación de la realidad social, ha sido en gran parte la razón de los crecientes niveles de desencanto hacia la política y del fracaso generalizado de los gobiernos en la búsqueda de atacar la desigualdad acumulada. Esto no hace que Trump o Sanders estén en lo correcto –sobre todo el primero–, pero sí favorece una mayor resonancia para sus planteamientos, para un retorno de las ideas en la política, uno que –esperemos– redescubra para bien la capacidad creadora de la acción colectiva.

Groucho Marx puede hacernos reír, pero debemos conservar la suficiente dosis de humor para intentar hacer de nuestra sociedad algo distinto y mejor, incluso a expensas de ser el chiste de alguien más.

*Asistente de la Coordinación de Posgrado de El Colegio de Sonora. Contacto: emanuelmeraz@gmail.com / @emanuelmerazy