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FOTO DE LA SEMANA: “Posando al Sol”

La imagen fue capturada por Antonio Quiñonez.

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Empapados

Nicolás Pineda*

En México, somos más papistas que el Papa. La semana pasada demostró, una vez más, el gran poder de convocatoria que tiene el Papa en México. Aprovecho esta coyuntura para llamar la atención sobre la gran similitud que tiene el sistema político mexicano, prohijado por el PRI en el siglo XX, con la estructura política de la Iglesia católica y las implicaciones que esto tiene para nuestra deficiente democracia.

Papismo y presidencialismo

Hay un gran paralelismo entre la personalización del poder dentro de la Iglesia y la personalización del poder dentro del sistema político mexicano priista del siglo XX, cuya restauración, al menos parcial, está en proceso con el presidente Peña Nieto. En ambos sistemas, el poder real se deposita en una persona con pocos contrapesos reales. En la Iglesia se llegó incluso a declarar la infalibilidad del Papa, cosa que fue criticada al menos por el teólogo católico Hans Küng como un exceso innecesario y contrario a la colegialidad de la iglesia heredera de los apóstoles. En México, los militantes del PRI profesan el dogma de la infalibilidad del presidente y jamás aceptan que éste pueda equivocarse, aunque luego cambien de opinión con un nuevo presidente.

En la Iglesia católica, la designación de obispos y funcionarios eclesiásticos es facultad exclusiva del Papa. De hecho, a él se atribuye la designación de todos los obispos. Para ello, solo hace las consultas y averiguaciones necesarias, pero sin obligación de realizar ningún proceso democrático. En el sistema mexicano priista, el presidente es quien designa de manera omnímoda no solo a su gabinete sino también a todos los gobernadores. Esta facultad se ha ido desfigurando después de que el presidente Salinas reconoció el triunfo de Ernesto Ruffo en Baja California en 1989, pero Peña Nieto y el actual dirigente del PRI están trabajando arduamente para restablecerla ya sea volviendo al carro completo o bien por medio de alianzas y amarres con los partidos de oposición, de modo que sea el presidente, y no los ciudadanos, quien efectivamente designe a los gobernadores del país.

Otro paralelismo es el clericalismo de la Iglesia, según el cual los sacerdotes y religiosos tienen un estatus especial y un tratamiento particular, y los privilegios y la impunidad de que goza la clase política en México, que los hace una especie de casta sagrada con fuero, a quienes se les perdonan todos los pecados o delitos.

Iglesia y democracia en México

Para que la Iglesia católica contribuya a la democratización de la cultura política mexicana se requiere mucho más que homilías y recriminaciones. Hace falta, en la práctica concreta, una estructura menos clerical y más apoyada en los seglares. Las parroquias siguen siendo pequeños cacicazgos o enclaves autoritarios donde el cura párroco en turno tiene la última palabra.

Para democratizarlas, tendrían que contar con consejos parroquiales dirigidos por seglares que decidan los asuntos internos y donde el sacerdote sería una especie de empleado. En esta nueva organización la mujer tendría mucha más participación que la que tienen actualmente y la participación de los miembros de la parroquia sería más activa. Sé que en algunas diócesis y parroquias se han hecho cambios y avances hacia un nuevo papel de los seglares, sin embargo, la tradición autoritaria es todavía muy fuerte. Los cambios tendrían que venir desde más arriba para que se institucionalicen. Tal vez el papa Francisco pueda impulsar este cambio en beneficio de México.

*Profesor-investigador en El Colegio de Sonora. nicolas.pineda.p@gmail.com. Twitter: @npinedap