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    Violencia interétnica en la frontera norte novohispana y mexicana. Siglo XVII-XIX. Editorial: El Colegio de Sonora, El Colegio de Michoacán, A.C. UABC

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La violencia endémica en la frontera norte: una perspectiva histórica

Dora Elvia Enríquez Licón

 

El Colegio de Sonora ha publicado recientemente, en coedición con El Colegio de Michoacán, la Universidad Autónoma de Baja California y The University of North Carolina at Chapel Hill, la obra Violencia interétnica en la frontera norte novohispana y mexicana. Siglos XVII-XIX, coordinado por los investigadores José Marcos Medina Bustos y Esther Padilla Calderón del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera. El libro aborda el sempiterno y complejo tema de la violencia, enfocando con particular atención aquella que exhibe conflictos entre los diversos grupos étnicos en el vasto escenario de la frontera norte (novohispana y mexicana) entre los siglos XVII y XIX.

Los nueve capítulos que integran el libro son aportaciones de prestigiados académicos de distintas instituciones y cubren los variados territorios del extenso septentrión, aunque predominan los referidos al actual Sonora (cinco de nueve), mostrando también preferencia por el siglo XIX, pues cinco trabajos se refieren a esta centuria, tres al XVIII y uno al XVII. En conjunto, los artículos permiten advertir las cadencias históricas en el modelamiento de la frontera norte por lo que toca a las distintas temporalidades en que se organizó el espacio colonial –posteriormente republicano–, las estrategias colonizadoras y las respuestas indígenas, develando el complejo proceso de interacción entre grupos sociales confrontados, las  dinámicas poblacionales y gran movilidad geográfica de los pobladores, así como las redes político-militares y económicas conformadas en el amplio escenario fronterizo.

Tres artículos muestran las diferentes experiencias en torno a la organización colonial del espacio por parte de la corona española, hasta llegar a configurar un “espacio fragmentado” en el norte y conformar “fronteras funcionales”, según la apreciación de Bernardo García Martínez.[1] En el artículo “El poder y el comercio cautivo en las fronteras de Nuevo México” Cynthia Radding nos ubica en la mitad del siglo XVII en la provincia de Salinas, reino de Nuevo México; analiza las formas de ejercicio político en dicho territorio y el complicado “engranaje” entre las pautas productivas y de intercambio de las sociedades indígenas, obligadas a participar en una economía mercantilista que demandó a los indios, entre otras cosas, transportar los productos (por ellos producidos y tributados) a los centros de consumo en Sonora y Nueva Vizcaya, como quedó consignado en el juicio de residencia desarrollado contra el gobernador y capitán general Bernardo López de Mendizábal en 1661.

Tales agravios –acumulados desde el inicio de la colonización a fines del XVI, reforzada con el establecimiento de pueblos de misión a partir de 1614– ayudan a comprender la magnitud que alcanzó la rebelión de indios pueblo en 1680, la amplitud de sus ondas perturbadoras entre los indígenas de la región noroeste y el temor alimentado en colonizadores civiles y militares (españoles o mestizos) de la todavía incierta frontera septentrional.

Los artículos de Jesús Hernández Jaimes “La paz imposible. Resistencia y sumisión de los apaches del noreste novohispano (1749-1793)” y Mario Alberto Magaña Mancillas “Asesinato de un dominico en el área central de las Californias a inicios del siglo XIX: ¿violencia interétnica o sociedad violenta?” muestran distintas facetas de la implantación del dominio colonial en los márgenes norteños de la Nueva España. El primero analiza la segunda mitad del siglo XVIII y la confrontación de los colonos de las provincias de Coahuila, Nuevo León y Nuevo Santander con apaches orientales de Texas, ante quienes desplegaron distintas estrategias: reducirlos en misiones, firmar tratados de paz, ejecutar acciones militares y negociaciones comerciales.

Al llegar a su fin una “quebradiza paz” hacia 1765, la provincia de Coahuila se transformó en “zona de guerra entre colonos contra apaches, colonos contra comanches y apaches contra comanches”. Los colonos firmaron un tratado pacificador con comanches en 1778 y convinieron una paz forzada con algunas bandas apaches en 1792, atenuando el conflicto gracias a la diplomacia de paz, pero también a una exitosa reorganización militar, pues las milicias de Nuevo Santander resultaron efectivas en la defensa de su provincia y Texas, situación que no se presentaría en el noroeste novohispano.

El artículo de Magaña Mancillas, por su parte, tomando como punto de partida el asesinato del fraile dominico en 1803 por un reducido grupo de indígenas, analiza el ambiente social prevaleciente en el pueblo de misión y el presidio de San Diego (el área central de las Californias); expone las vicisitudes de la colonización en esta zona y encuentra “una interacción sociocultural intensa y dinámica” entre indios, misioneros, soldados misionales,  mayordomos y sirvientes, modelando una sociedad con frecuentes episodios de violencia. De acuerdo con Magaña “las circunstancias de la colonización de las Californias, tal vez desde los tiempos jesuitas, había establecido una forma o método de trabajo de evangelización-colonización que ya para 1804 podía ser clasificado de ‘cruel y tirano’, pero su naturalización permeaba a toda la sociedad misional de las Californias”.

Si bien los artículos que integran el libro Violencia interétnica… abordan temas recurrentemente tratados por la historiografía, también ofrecen miradas desde ángulos distintos y con mayor profundidad, buscando precisamente adentrarse en la complejidad y gran dinamismo de las sociedades fronterizas. Radding, en el trabajo ya citado, busca las voces de los indígenas que expresan sus planteamientos y propuestas de negociación ante las nuevas condiciones coloniales. Un punto de partida similar es el de Magaña Mancillas, quien invita a dejar de ver a los misioneros como “figuras todopoderosas” para lograr una subordinación total de indígenas y soldados; propone, en cambio, una “historia multidimensional” de las misiones que permita visualizar la complejidad de la vida cotidiana y los distintos actores sociales que en ella intervienen, frecuentemente sin la vigilancia de los misioneros.

Sin duda los más notables protagonistas del libro Violencia interétnica… son los apaches. Dos de los cuatro artículos que se ocupan de ellos se contextualizan en la etapa más dinámica de las reformas borbónicas, como el ya mencionado texto de Hernández Jaimes y “La política de paz con los apaches. El caso de Joseph Reyes Pozo” presentado por María del Valle Borrero Silva y Amparo A. Reyes Gutiérrez que expone, a través del análisis de la culturalmente inadaptada figura de Joseph Reyes Pozo, la fragilidad del acuerdo de paz logrado con chiricahuas asentados en las cercanías del presidio de Bacoachi hacia 1786. Pozo, apache capturado y criado por ópatas, fue convertido en soldado presidial en Bavispe y Bacoachi, de donde desertó un par de veces incorporándose con los apaches de paz; si bien fue enjuiciado, no se le castigó de acuerdo a los delitos cometidos debido al temor de que los apaches se levantaran.

Borrero y Reyes hacen una sugerencia importante: dado el carácter prolongado del conflicto de sonorenses y apaches, es conveniente manejar periodizaciones que posibiliten la identificación de “cambios en los actores sociales implicados, en la intensidad de la violencia, en el armamento utilizado, en las políticas de Estado y en los objetivos de las incursiones apaches.”

Por su parte, el artículo de Chantal Cramaussel “La violencia en el estado de Chihuahua a mediados del siglo XIX. Apaches y comanches” enfoca la violencia ocasionada por las guerras contra los nómadas y pone atención en diversas variables: estrategias de pacificación, crisis demográficas debido a epidemias y la importancia de toma de cautivos indios. Afirma que el periodo más violento de la guerra contra apaches inició en 1835 debido a la suspensión en la entrega de raciones a los asentados en paz, pero también como resultado de la presión ejercida por los comanches, que hicieron del Bolsón de Mapimí su zona de refugio desde donde incursionaban al sur de Chihuahua y norte de Durango “empujados hacia el sur por los colonos de Estados Unidos”.

El panorama que descubre Cramaussel es desolador: haciendas despobladas ante su  incapacidad de defensa, pues las milicias se organizaron con gran dificultad debido a la resistencia de los patrones para entregar armas a sus sirvientes; pueblos y villas no pertrechados; incremento en el abigeato y asalto a carros de comerciantes por los apaches. No obstante, a diferencia de Sonora, la economía y el tráfico comercial no se paralizaron totalmente y el descenso demográfico no fue tan impactante, aunque sí fue relevante la toma de cautivos para paliar el descenso de mano de obra debido a epidemias. La guerra contra los nómadas concluyó cuando los chihuahuenses se armaron.

Dentro del mismo tema tenemos el artículo “Casos de despueble de asentamientos atribuidos a apaches en Sonora, 1852-1883. Un acercamiento a los efectos de las incursiones apaches en la población de vecinos” de Ignacio Almada Bay, Juan Carlos Lorta Sainz, David Contreras Tánori y Amparo A. Reyes Gutiérrez, trabajo con objetivos amplios y diversos aunque el principal es examinar “la magnitud y naturaleza del despueble como respuesta a las incursiones apaches” en un escenario sonorense de profunda pérdida demográfica, pues entre 1851 y 1870 la población decreció en más del 10 por ciento.

Los chiricahuas, organizados en bandas pequeñas, emprendían frecuentes incursiones en busca de recursos (ganado caballar y vacuno, mujeres y niños); las respuestas de autoridades y vecinos oscilaron entre la guerra abierta y la paz concertada, el intercambio de cautivos, el pago de rescates y disputas por el botín; fueron años en que “se vivía simultáneamente en paz y guerra…”. Los efectos de las incursiones apaches perpetrados entre 1852 y 1883 fueron diversos y de profundo alcance: despoblamiento (parcial o total) de numerosos asentamientos, decrecimiento en la economía, disgregación de las comunidades, control territorial por parte de los apaches para establecer sus rancherías temporales e incrementar el radio para sus depredaciones.

El despoblamiento de comunidades tuvo un “efecto dominó” sobre otros sitios; eran muy pocos los vecinos capaces de enfrentar a los chiricahuas y resistir sus ataques, así que un factor importante para el despueble era la “débil estructura demográfica” de los poblados. En tales condiciones “la violencia generada por las incursiones apaches desarticulaba a las familias, haciendo que el abastecimiento de recursos mermara o fuera interrumpido, por lo que los supervivientes abandonaban de manera forzada los asentamientos.”

En otro escenario de violencia interétnica, José Marcos Medina analiza en su artículo “Cambio político y las rebeliones de indígenas ópatas y yaquis (1819-1827)” la relación entre rebeliones indígenas y el fin del pacto colonial en que se fundamentó la paz con pimas, ópatas, yaquis, mayos y fuerteños, indios de misión que disfrutaban de amplios niveles de autonomía. En un escenario republicano y liberal se desataron numerosas rebeliones a causa del impacto de las políticas del Estado nacional pero también, y ante todo, por nuevas exigencias hacia los indios, como una mayor demanda de servicio militar y  disputas por el cargo de capitán general.

En este contexto los indígenas adoptaron el discurso político de la modernidad y las nuevas prácticas asociadas, como la participación en elecciones y pronunciamientos, exponiendo por esta última vía su propia concepción del tipo de sociedad al que aspiraban, como fue el caso de los ópatas; reclamaron asimismo respeto a sus prácticas autonómicas (sobre todo en el nombramiento de sus capitanes generales), particularmente en el caso de los yaquis. Así, de acuerdo con Medina, “la violencia inusitada de estos conflictos interétnicos nació a partir de la aparición de una política vertical de imposición del poder del Estado nacional…”

Cierra el libro Violencia interétnica… el artículo de Esther Padilla Calderón y Amparo A. Reyes Gutiérrez “El valle de los yaquis y la colonización ‘oficial’ en un contexto de guerra, 1880-1900”, que permite ubicar en un solo plano dos ciclos de eventos usualmente estudiados por separado: la campaña militar porfirista y la implementación de la política colonizadora. El trabajo muestra con claridad cómo –a partir de 1883– el gobierno federal, con todo el apoyo de las autoridades locales, fortalece su presencia militar en el valle del Yaqui y obliga la diáspora de los indígenas quienes al abandonar sus pueblos, los dejaban aparentemente disponibles para dar cabida al deslinde, fraccionamiento y reparto de tierras en propiedad privada, alentando el asentamiento de no indígenas.

Entre 1887 (año del asesinato de Cajeme) y 1902 (cuando se magnifica la deportación yaqui) transcurren los años en que el conflicto muestra el mayor encono al incrementarse por un lado el poderío militar del gobierno federal en su campaña contra los yaquis, y por otro la resistencia indígena. Tenemos así que para 1888 se había ejecutado el trazo y fraccionamiento de los pueblos del río; para 1892 se entregaron títulos de concesión; en 1899 ocurre un nuevo y masivo levantamiento yaqui encabezado por Tetabiate; hacia 1906 (fecha de constitución de la Richardson) era visible el éxito de la campaña colonizadora porfirista, a través de la cual se “favoreció la apropiación ampliada de tierras del valle, el asentamiento de nuevos colonos en antiguas localidades indígenas y la permanencia de quienes tiempo atrás se habían asentado…”

Llama la atención que al hablar de violencia, la mayoría de los autores del libro que se comenta destacan que quienes la ejercen con mayor virulencia son los indígenas; incluso el trabajo “Violencia interétnica vista a través de derroteros y diarios de exploraciones en la provincia de Sonora, siglo XVIII”, de Esperanza Donjuan Espinoza, resalta únicamente los hechos violentos de los indígenas. Al respecto, considero que es importante –en ejercicios de larga duración– discernir los “ritmos” de la violencia y los contenidos de ésta no únicamente en las acciones indígenas, sino advertir las compulsiones en los proyectos “civilizatorios” en la colonia y en los desplegados por el Estado nacional en la etapa republicana.

Concuerdo con los coordinadores del libro cuando señalan la pertinencia de comprender “los efectos de la violencia en la sociedad, sus causas y posibles alternativas de resolución social” en el pasado y en la actualidad. Sin embargo, aunque el concepto de violencia predominantemente manejado en el libro tiene connotaciones de larga duración, es fundamental distinguir los rasgos que adquiere en cada etapa histórica, pues diferentes son las sociedades y sus instituciones, como distinto es el escenario territorial y las territorialidades en que tienen lugar las acciones violentas.

Concluyo mis comentarios felicitando a José Marcos Medina y a Esther Padilla Calderón por la publicación de Violencia interétnica en la frontera norte novohispana y mexicana. Siglos XVII-XIX, así como a cada uno de los autores y autoras por sus excelentes contribuciones que, sin duda, amplían nuestro conocimiento sobre el devenir de las sociedades norteñas, fronterizas, además de estimular la reflexión sobre los aspectos violentos, agresivos, en las relaciones sociales, tan vívidos en el tiempo actual, motivo suficiente para invitar a la lectura de esta obra.



[1] “El espacio del (des)encuentro” en Manuel Ceballos Ramírez (coord.) Encuentro en la frontera. Mexicanos y norteamericanos en un espacio común. México. El Colegio de México. Colegio de la Frontera Norte. Univ. Autónoma de Tamaulipas. 2001.