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La invención de las historias

Zulema Trejo Contreras*

Un trabajo de historia generalmente se asocia con un texto aburrido en el que predominará una cronología de hechos y nombres que, se piensa en muchas ocasiones, fueron escritos para ser memorizados por aquellos a quienes van destinados esos trabajos. Esta percepción negativa de los trabajos históricos debe mucho a los propios historiadores, ya que nos hemos encerrado tanto en nuestro ámbito que nos dedicamos a escribir para nosotros mismos; la narrativa en nuestros trabajos es en ocasiones tan “técnica”, por decirlo de alguna forma, que nadie, salvo otros historiadores, entiende o encuentra interesante lo que escribimos. Esto mismo es la causa por la cual los libros y revistas de historia publicadas por las instituciones de nivel superior tienen poca difusión. Al público no le interesa leer un trabajo que no entiende, que no le dice nada y del cual a veces se pregunta si realmente es un trabajo de historia.

Este vacío que en el área de divulgación dejamos los que nos dedicamos a la historia propició que se le diera entrada a trabajos con tema histórico que no son, propiamente dicho, trabajos de investigación histórica; de esta forma, nos encontramos con una cantidad de publicaciones cada vez mayor, que en ocasiones se anuncian como investigación periodística del pasado, historia novelada o novela histórica. Como en cualquier otro ámbito de las letras, hay novelas históricas excepcionales como Noticias del Imperio de Fernando Pasos, El Seductor de la Patria de Enrique Serna, la trilogía de Jean Plaidy acerca de la reina Victoria de Inglaterra (Los jóvenes años de una reina, El marido de la reina y La viuda de Windsor), la trilogía de Alejandro Magno escrita por Mary Renaul (Fuego en el paraíso, El muchacho persa y Juegos funerarios).

Así como existen novelas históricas muy bien documentadas, hay otras que dejan bastante que desear como la serie Las princesas de Austria, que narra la vida de las hermanas e hijas del emperador Carlos V de Alemania. La autora de estas novelas opta por darle la voz a las protagonistas que son quienes van narrando su vida, un recurso literario destinado a atrapar al lector. Lo desafortunado en este caso es no sólo la imprecisión histórica cubierta bajo el manto de la ficción, sino también el descuido de la edición: página tras página se ven errores ortográficos, de redacción, de “dedo” como llamamos coloquialmente a la omisión de letras, cambios de una letra por otra, o letras de más.

En mi opinión, el problema que veo con este auge de las novelas históricas es que cada vez se va cuidando menos la calidad de las mismas, no sólo en cuanto a la precisión de los datos históricos utilizados, sino también en cuanto a la presentación del texto. La calidad en uno y otro ámbito se sustituye con portadas llamativas y precios relativamente bajos en un contexto donde comprar un buen libro es, cada vez más, prohibitivo dado sus precios. El hecho de que este tipo de literatura resulte rentable quiere decir que hay un público interesado en la historia, y eso es muy bueno, lo negativo es que el relato histórico que llega a ese público carece de la calidad que debería tener y entonces hay personas que creen a pie juntillas que el emperador Maximiliano escapó de Querétaro y vivió trabajando como sirviente en Centro América hasta fines del siglo XIX.

Las series de televisión también contribuyen a la desinformación histórica del público al mezclar en sus producciones personajes y hechos de diferentes épocas, tal es el caso de las series El águila roja y Reing, esta última estira, casi hasta romperla, la licencia que otorga el estatus de ficción histórica, pues incluso el vestuario tiene poco o nada que ver con la época en que se desarrolla la historia.

Los historiadores estamos descuidando el espacio de la divulgación, ámbito desde el cual podemos llegar a un público más amplio, meta a la cual siempre aspiramos aunque esa aspiración pocas veces se concrete en esfuerzos serios por alcanzarla.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.