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Reseña de “Travesías azarosas…” por Alejandro Valenzuela

Travesías Azarosas. Relato demográfico del siglo XX sonorense  (2015) Lucía Castro Luque. El Colegio de Sonora

Alejandro Valenzuela*

  1. 1.      Para empezar

 

Nunca en mi vida había leído un libro académico que fuera tan ameno. Incluso, llegué a pensar que academia y amenidad eran categorías como el agua y el aceite. Lucía Castro había escrito cosas muy entretenidas, pero no eran propiamente académicas, como aquella vez que aseguró que el periódico es mejor que la televisión porque la tele no se podía llevar al baño y, mucho menos, matar una mosca con ella.

Este libro pudo haber llevado un título desprovisto de imaginación como “El poblamiento de Sonora en el siglo XX: resultados y perspectivas”. Sin embargo, se llama “Travesías azarosas” dejando entre las letras la insinuación de una cierta epopeya de aquellos que poblaron una región geográficamente inhóspita. En el subtítulo, sin embargo, perdió la oportunidad de llamarle “el relajo” demográfico del siglo XX sonorense y terminó llamándolo “relato”, con mucho tino, se debe decir, porque es de cabo a rabo un relato, a pesar de los abundantes números.

Aunque la temática me es profesionalmente ajena, conozco la gestación de este libro como uno conoce a ciertos niños desde su gestación, lo cual hace que uno les tome cariño aunque no participe en su crianza y mucho menos en su confección (me refiero al libro, no al niño).

  1. 2.      El contenido

El primer capítulo, que es teórico y metodológico, se conforma por una revisión minuciosa de la literatura sobre la transición demográfica y establece las líneas metodológicas de la investigación. Me cautivó esa imagen tan plástica que dice que la transición demográfica (TD) es el paso de unas tasas altas de mortalidad y fertilidad a unas bajas. En este mismo capítulo sobrepone ingeniosamente a la transición demográfica y a la transición epidemiológica (TE) el fenómeno de la migración, sobre todo la interna, que se observa como un trasiego de personas de un punto a otro del estado siguiendo la ruta del progreso.

Como soy economista, me gusta esta tesis economicista y coincido con Joaquín Arango (citado en la p. 92) en eso de que “la distribución espacial de una población tiende a adaptarse grosso modo a la distribución geográfica de las oportunidades económicas”, y creo tener la prueba contundente de eso: si uno pudiera elegir dónde nacer (al margen de las oportunidades) no creo que hubiera una sola persona en este mundo que eligiera nacer en los desolados pueblos del valle del Yaqui y Mayo, como Vícam, mi pueblo, lugar de calores arrasadores y terregales eternos que si acaso no es el lugar más feo del mundo es nomás porque la providencia, en su infinita gracia,  puso a Pótam allí a un lado.

El segundo capítulo arranca desmenuzando las razones por las que el poblamiento de Sonora se concentró en las zonas mineras del estado y cómo la gente bajó de la sierra para poblar esa llanura inmensa que vendría a ser, con los años y mucha inversión pública y privada, el valle del Yaqui-Mayo.

El tercer capítulo describe con precisión esa especie de urbanización de lo rural o ruralización de lo urbano, dando la imagen de una sociedad poblada por vaqueros urbanos o, como dice uno de sus subtítulos: “una urbanización con olor a campo” que evitó el surgimiento en Sonora de una macrourbe. Lucía le ve a ese diseño poblacional una ventaja: que “la educación y la salud caminaron más ágilmente por los caminos vecinales”.

En el cuarto capítulo nos receta una discusión muy entretenida sobre la transición epidemiológica que eliminó las muertes causadas por enfermedades de pobres e hizo que todos solidariamente compartiéramos las enfermedades de los ricos (la consigna quizá sea: si no puedes vivir como los ricos, por lo menos muérete como ellos).

En el quinto capítulo nos explica por qué la fecundidad no bajó como se esperaba que bajara de acuerdo a la teoría. Por un tiempo eso no fue un problema porque la política era de poblamiento. Pero cuando los políticos descubrieron que la sobrepoblación conculcaría los sueños de grandeza traídos por el llamado milagro mexicano, empezó una campaña para incrustar en la mente de los mexicanos la idea de que la familia pequeña vive mejor. Esa política fue nacional, aunque a mí en lo personal me sigue pareciendo que tenemos un estado demasiado grande para los poquitos sonorenses que somos.

El último capítulo es una especie de resumen sobre los efectos de la TD, el envejecimiento de la población y los cambios en la pirámide demográfica.

  1. 3.      Las críticas

Hablaré en este punto de las cosas que no me gustaron del libro, que son realmente pocas e intrascendentes:

Encuentro algunos problemas de semántica, pero no me detendré en eso porque en general está bastante bien escrito. En cambio me iré directamente a una cosa que me llamó la atención: esa concesión a lo que ahora se cree políticamente correcto y que consiste en decir “los hombres y las mujeres”, “las niñas y los niños” y que hacen pensar a uno que en la siguiente página nos saldrá con “los chiquillos y las chiquillas” de claros ecos foxianos.

En el capítulo V crea una categoría de mujeres pioneras, nacidas después de 1941, que fueron las impulsoras del cambio reproductivo, proceso en el cual, según el relato de la Lucía, los hombres aparecen en segundo plano, medio borrosos. Léase la siguiente serie de frases:

P. 239. “Estas mujeres (las pioneras) que decidieron casarse hasta pasados los veinte años de edad y vivían en un área metropolitana; que terminaron sus estudios de primaria  y su marido era un profesionista”.

P. 242. Para la limitación de los nacimientos “Era cuestión de esperar a que las mujeres pioneras extendieran su influencia.”

P. 243. “La mujeres avanzan hacia la idea de controlar su natalidad”.

P. 247. “Ningún otro factor socioeconómico tiene una correlación negativa con la fecundidad tan alta como la que presenta el nivel de escolaridad… (y) la correlación es mayor en el caso de las mujeres”.

P. 248. La sonorense es “una sociedad que se retrasó en dar entrada a sus niñas al sistema educativo, fue una sociedad que no consiguió ofrecer mayores oportunidades a sus mujeres, una sociedad que no estaba lista para aceptar que ellas se sumaran y participaran en ámbitos más competitivos, como lo es el mercado de trabajo… el modelo económico inhibió la migración masiva de la mujer sonorense desde el hogar hacia los puestos productivos de trabajo.”

En estas frases hay claroscuros. Hay algunas que son absolutamente ciertas, como la que establece la correlación negativa entre escolaridad y fecundidad, o como la última, sobre la incapacidad de la sociedad sonorense de incorporar a sus mujeres al ámbito laboral. Aquí, sin embargo, se debió introducir un matiz: la correlación entre empoderamiento y edad. Es un hecho (por lo menos así fue en mi casa) que a mayor edad de la pareja, la mujer toma cada vez más las riendas del hogar, el mando. Desde luego que eso no está en el libro porque no tiene nada que ver con la fecundidad porque para cuando eso sucede ya no se pueden tener más hijos, pero es un indicador (muy cualitativo) de cómo la edad cambia, si no los roles, sí la influencia.

Otras de esas frases son cuestionables. Por ejemplo, no solamente las mujeres avanzan hacia el control de la natalidad. Se me antoja pensar que los hombres, por mandilones que sean, alguna opinión deben tener sobre el número de hijos.

La otra, aquella que trata de las pioneras casadas con profesionistas, uno puede alzar una ceja y pensar que esas pioneras con sus estudios de primaria concluida muy bien pudieron estar influenciadas por ese hombre con estudios universitarios que quizá no quería tener muchos hijos.

  1. 4.      Los recuerdos del porvenir

Llamé a este apartado “los recuerdos del porvenir” no para piratearme el título periodístico de Alex Covarrubias, sino porque quiero referirme al recuerdo de hechos del pasado que determinaron la población que ahora somos. A cualquier sonorense cuyos antepasados hubieran nacido aquí, como es mi caso, le habría llamado la atención el capítulo II porque es inevitable que lo remita a uno a recuerdos personales, es decir, a las historias contadas por los antepasados ya muertos.

Hay que recordar que este estado ya estaba poblado antes de que llegaran los españoles (y otros extranjeros). En ese contexto, Ignacio Zúñiga (Rápida ojeada al estado de Sonora. 1835), se pregunta si los indios no podrían ser convertidos en población útil, dadas las dificultades de traer gente a un lugar tan despoblado como este. Más adelante, Lucía registra que la introducción del ferrocarril juega un papel crucial en ese poblamiento. Esas dos referencias, a los indios y al ferrocarril, me remiten a mi historia familiar, como seguramente remiten a las historias de muchos otros. Mi familia, por ambos lados, se apropió a sangre y fuego de Bácum con el convencimiento de que si era de los indios yaquis, entonces no era de nadie. Los yaquis, que lucharon por siglos por la defensa de su territorio, realizaban incursiones en los pueblos expropiados y en una de tantas refriegas mataron a mi abuelo y se robaron a mi abuela que iba embarazada de quien sería mi padre. El parto tuvo lugar en la sierra del Bacatete en la Navidad de 1917 y mi padre creció allá hasta que llegó la paz y pudo regresar a Bácum.

Esa gente que se apropió de Bácum (quizá no la misma, pero en esencia los mismos) aprovechó la construcción del ferrocarril para adentrase en lo que después serían las comunidades yaquis. Una empresa americana hizo el tendido de las vías en 1905 y, para protegerse de los indios alzados, cada diez kilómetros puso una estación a la que bautizaba según la circunstancia geográfica o por los favores recibidos. Por ejemplo, a una la llamó Estación General Lorenzo Torrez, pero la gente, con ese ánimo malsano que tiene de desgraciar los nombres que quieren ser de alcurnia, le quitó lo de General y lo de Torrez y la transformó en Estación Lencho. Otro ejemplo es mi pueblo, que se llama Vícam Switch para distinguirlo de Vícam Pueblo, utilizando la palabra en inglés que denota los cambios de vía.

Otro flashazo que remite a la vida particular es esa frase de la página 90 donde dice que “la lucha revolucionaria (esa a la que Lucía llama con irreverencia la reyerta) se hizo sentir por estas tierras: “aquí también se aportaron muertos, de aquí también se marchó la gente”. Cada quien tendrá su historia, pero Belén Corella, la abuela de mi esposa, Rubí Landeros, presente aquí en la sala (mi esposa, no la abuela) siendo una niña dejó Sinoquipe (un pueblo del río Sonora) en compañía de sus hermanos para ir en busca de su padre, que se lo había llevado la revolución como a tantos otros.

  1. 5.      Ecos de otras lecturas

Un libro fecundo, creo yo, es aquel que te remite a otras fuentes, a otras lecturas, aunque no estén citadas, y Travesías Azarosas es uno de ellos.

a)      La TD bajó de la sierra

El capítulo sobre la evolución de la población me recordó La sierra y el viento, de Gerardo Cornejo. La insinuación es tan poderosa que la misma Lucía hace páginas adelante una mención de esta obra fundamental de la literatura e imprescindible como telón de fondo de la demografía y la migración sonorense.

Las referencias al valle del Yaqui remiten al libro Por el milagro de aferrarse en el que el Mayo Murrieta narra la historia del Valle del Yaqui en la voz del pueblo que se vino a trabajar la tierra… Algunas páginas de ese libro, lo vi con mis propios ojos, fueron escritas junto a una balacera con muertos y heridos a la que Mayo no le prestó la más mínima atención porque él solo oía los teclazos de la Remington en que escribía.

b)     Ecos ibargüengoitianos

En un cuento, el personaje de Ibargüengoitia está en la sala de una casa viendo las fotografías colgadas en la pared y se dice a sí mismo que no sabe qué le sorprende más, que los retratados estén tan feos o que estando tan feos todavía tengan ánimos de retratarse. Ese es humor ácido, y algo de ese tipo de humor (que no es tan evidente) tiene el libro de Lucía. Rescata una crítica de Frenk (p. 49) al eurocentrismo de la TTD que dice que la TE puede resumirse en lo siguiente: que es más civilizado morir de infarto que de diarrea.

c)      Ecos garcíamarquezianos

Uno de sus subtítulos (P. 303) se llama “Cien años de transición” que muy bien puede ser también la crónica de una transición demográfica anunciada.

d)     Nos han dado la tierra

En una clara línea rulfiana, la Lucía describe la imagen de unos sierreños bajando hacia el valle en busca de tierras y convirtiéndose sin querer en los protagonistas de la expansión poblacional. (p. 303). La imagen recuerda al valle del Yaqui en los tiempos de su fundación y yo lo veo reflejado en el cuento de Juan Rulfo. Dice: “Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga”.

e)      Elemental, mi querido Watson

En un giro de novela policiaca, la Lucía dice que al final del siglo XX hubo un freno a la esperanza de vida y que las pistas llevan a una sospechosa: la crisis económica (p. 305).

f)       La poesía del silencio

En uno de sus poemas, Octavio Paz dice: “desembocamos al silencio en donde los silencios enmudecen”. La Lucía dice (p. 283): el lento crecimiento en el número de niños en la sierra fue “El inicio del silencio para Batuc, San Pedro, Suaqui, Suaqui Grande, Tepupa, La Colorada, Mazatán, Ónavas y San Javier. Un silencio que a paso lerdo atravesó el corredor de los ríos, subió por la sierra, configurando a lo largo de ella un panorama de soledad y vejez” (p. 283).

g)      A pesar de la enorme distancia

Héctor Aguilar Camín cita una entrada del Diario de Federico Gamboa donde dice que Sonora es el estado más alejado de México y que para convencerse no hay sino registrar la historia nacional, toda ella escrita con sangre y lágrimas, y no se encontrará en ésta ni un solo hecho que revele la menor solidaridad de los sonorenses con los muchos dolores y las escasas alegrías de los mexicanos.

Héctor Aguilar Camín complementa la visión de Gamboa y dice que la participación de Sonora en la Revolución Mexicana equivale al triunfo de una invasión. Dice, además, que practicamos cosas extrañas a la nación mexicana como los hábitos laicos, el pragmatismo feroz, la ausencia de compromisos y legados y la violenta supervivencia de la sociedad sonorense. En fin, frente al México viejo, nosotros somos los bárbaros.

Si a un gringo le ponen enfrente a un sonorense promedio, el mencionado yanqui no creerá que sea americano, ruso o chino; sin pensarlo dirá que ese sonorense es mexicano. La idea, entonces de que somos diferentes es falta. Lo que sí es diferente es la creación de esta sociedad, construida sobre un territorio agreste e inhóspito donde nuestros antepasados tuvieron que empeñar esfuerzos enormes para poblarlo. Es por eso que en el libro de la Lucía, uno puede entender la actitud mamona que los sonorenses tenemos hacia el resto de los mexicanos.