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La imagen fue capturada por Jesús Morales.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Robo y recuperación de vehículo

José Manuel Moreno.*

Recientemente me robaron mi automóvil, a dos cuadras de donde trabajo, en el centro de la ciudad. El problema no solo era que me quedaría a pie, sino que además tenía varios trámites engorrosos por delante. Mi reacción fue dar aviso a las autoridades, marqué a la línea de emergencias y me indicaron que fuera a presentar una denuncia al Ministerio Público. Además tuve que acudir a hacer el reporte ante las siguientes corporaciones: Policía Estatal Investigadora, Policía Municipal, Policía Federal y Ministerio Público. La Agencia del Ministerio Público estaba cerrada durante la tarde, y supuestamente abriría a las 6 PM; sin embargo, tuve que esperar varias horas para poder presentar la denuncia. Cabe señalar que aunque es nula la confianza que tengo en las autoridades policiacas, el motivo por el que presenté mi denuncia no fue porque creyera que fueran a recuperar mi carro, sino que lo hice para evitar conflictos legales en caso de que mi vehículo fuera utilizado en la comisión de un delito.

Durante mis múltiples visitas a la Agencia del Ministerio Público platiqué con otras víctimas de robo de vehículo, y las historias que contaban eran similares a la mía, aunque éstas no tenían un final feliz. Un señor me contó que encontró su carro, pero que al localizarlo ya estaba desmantelado. Lo alarmante en su caso es que hubo testigos que le indicaron que su vehículo había sido abandonado en la vía pública por los ladrones y posteriormente desmantelado por elementos de la policía municipal, quienes al encontrarlo optaron por no dar aviso. Otro caso similar fue sobre un vehículo robado que al encontrarse fue llevado al corralón donde lo desmantelaron mientras se realizaban los tardados trámites para sacarlo de ahí. Historias así hay muchas, y son ratificadas por la mala atención de parte de los empleados del Ministerio Público, quienes, por cierto, no expiden ningún tipo de acuse de recibo a quienes presentan denuncias.

Posteriormente, decidí publicar sobre el robo de mi vehículo en una red social de internet (Facebook). Puse una foto vieja y una descripción del auto, con la matrícula y con mi número telefónico. También pedí de favor a mis amistades en esa red que compartieran la publicación. Es realmente increíble la fuerza que tienen las redes sociales, yo tenía menos de 220 contactos y la imagen de mi carro se compartió más de 350 veces. Al tercer día, durante la tarde recibí una llamada de un desconocido, quien me dio la ubicación de mi vehículo y quien me dijo que llevaba tres días abandonado ahí. Inmediatamente acudí al lugar en compañía de un amigo mío, y después de revisarlo me percaté de que lo único que le faltaba era la batería.

Tomando en cuenta las historias de terror que había escuchado anteriormente, decidí no involucrar demasiado a la policía. Inmediatamente tomé posesión de mi automóvil y lo conduje a mi casa. Me tomó casi una semana y varias visitas a las distintas corporaciones policiacas para quitar los reportes. Por alguna razón, en el Ministerio Público no le daban prioridad a esto. Incluso cuando retiré la denuncia tampoco me expidieron comprobante, por lo que no podía tener plena certeza de que no sería molestado por las autoridades al circular en mi vehículo.

Cuando uno se encuentra en estas situaciones es inevitable sentirse desamparado y vulnerable. Este tipo de incidentes tienden a hacer que se pierda la fe en las instituciones de seguridad pública y de procuración de justicia. Sin embargo, la participación de la gente que me apoyó compartiendo la nota en las redes sociales, y en especial la persona que de manera desinteresada me indicó la ubicación de mi vehículo, no sólo hicieron posible que recuperara mi automóvil, sino que también me permitieron recuperar la confianza en la humanidad. Finalmente, considero que aunque el mal gobierno, la corrupción y la debilidad institucional son una epidemia crónica en nuestra sociedad, la solución y el contrapeso está en los valores de la gente, valores que se manifiestan en empatía y en solidaridad. A eso le debemos apostar.

*Asistente de investigación del Centro de Estudios Históricos de Región y Frontera en El Colegio de Sonora.