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La imagen fue capturada por Jesús Morales.

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La reina de los carnavales de Guaymas y Mazatlán, modelo para las mujeres

Silvestre Hernández.*

Se dice que la Iglesia católica fue el primer recinto en hospedar abrumadoramente a la mujer. Es probable, pero lo fue en competencia con la fiesta de carnaval. Sobre todo si pensamos que al menos desde finales del siglo XIX, la festividad carnavalista elevó a la mujer al máximo trono, con deliberado protagonismo sobre el rey. En cambio en la iglesia oficial o popular mantuvo una presencia marginal o subalterna. Recordemos que al perfilarse una batalla por la hegemonía cultural a partir del porfiriato, la situación abonó a favor del carnaval. Éste se volvió la gran pasarela por donde se deslizaron las mujeres, sostenidas por el grupo sociocultural más fuerte del momento.

La elección de la reina es la actividad más importante en los carnavales de Guaymas y Mazatlán. Su protagonismo radica en que a través de su competencia electoral se logra reunir la mayor cantidad de dinero para financiar la fiesta. En ambos puertos funcionaron los clubes para organizar las colectas monetarias. A su vez, la lucha por el reinado carnavalesco también servía para “dirimir posiciones políticas, incluso internas entre un mismo sector de la población élite”.

Asimismo, su máxima atracción está en que con la figura y belleza femenina se intenta dominar e imponer un modelo de mujer. En Guaymas y Mazatlán se trata a la mujer como objeto y adorno, pero también con fuerza y deseo de vasallaje por parte del hombre. Esto último se muestra más en Mazatlán que en Guaymas. En el puerto sonorense la presencia del rey juega un papel interesante, en el sentido  de que cuenta como pareja real.

Las características antes mencionadas (importancia de la reina y asistencia masiva de la sociedad) se concretaron año tras año de esa década en ambos puertos del Pacífico.

En el puerto sonorense, la presencia del rey juega un destacado como pareja real como decíamos anteriormente a diferencia con el puerto sinaloense donde la reina es capaz de presentarse sola. Por eso se ha dicho que la reina, sobre todo después de 1929, año en que desaparece el rey, “no es una representación ridiculizada”, sino una realidad posible. Por último, a diferencia de Mazatlán donde parece haber más apertura a los estratos medios (en 1929 el Comité abrió su afiliación al público), en Guaymas hay una prolongación de las antiguas familias en las féminas agraciadas con el cetro.

La revolución mexicana terminó con el poder del rey y, en su lugar, encumbró a la reina. No obstante, en la década de 1920, mantendrá su poder al lado del rey, su consorte vencido. Así, en el lapso de 1920 a 1930, en los dos puertos, el andamiaje de la fiesta se consolidará en tiempo y forma. Dentro de la estructura canónica del Comité de Carnaval, la nueva situación de la mujer resumida en la reina destacará como una extensión más del poder hegemónico del grupo social privilegiado. Circunstancia que se refrenda por igual en ambos puertos, con la diferencia que en el mazatleco se abrirá más rápido a otros segmentos sociales. Con esto último, la reina incrementará su importancia más allá de los primeros círculos que la auspician.

El presente artículo es parte de un tema más amplio que actualmente  investigo: un estudio comparativo de los carnavales de Guaymas y Mazatlán. El proyecto está patrocinado por CONACyT. El método que aplico es el análisis comparativo, y la explicación está basada en Bajtín, quien entendía la fiesta carnavalera como una manifestación política y social de la vida de los pueblos.

*Doctor por El Colegio de Sonora.