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La imagen fue capturada por Tadeo Vázquez.

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Ver llover…

Esther Padilla Calderón.*

Casi siempre implica un placer especial “ver llover”, más aún en tierras como éstas en las que con frecuencia la lluvia se echa de menos. Pero claro, vivimos en una zona desértica y no es parte de su condición climática el agua abundante. Tal vez por esto al llegar la temporada de lluvias, las primeras constituyen un verdadero deleite y no deja de ser atractivo observar cuántos niños y jóvenes salen de sus casas para mojarse, correr y jugar al ritmo del agua que cae. Los grandes cerros, esos que rodean nuestra ciudad y que desde el mes de abril parecen arder en la mitad del día, se olvidan de estar secos y reverdecen alegrando el paisaje. A veces pienso en el desierto como un gran ente silencioso y paciente, que cuando es compensado por la lluvia o por el rocío matutino, bulle de vida.

Parece difícil de creer, pero aún en estas circunstancias, quiero decir, en circunstancias de poder disfrutar de la lluvia, no faltan los que encuentran un motivo de queja: “ya verás cómo mañana amanece bochornoso”. Sí, el agua empieza a evaporarse al compás de la temperatura que se va elevando y la sensación térmica rebasa a la temperatura real por el exceso de humedad, pero ¿por qué no basta recordar que es así gracias a la lluvia? Entonces el bochorno podría dejar de incomodar. No debemos olvidar que el agua dulce está desigualmente distribuida en el planeta y la que corresponde a las zonas áridas debiera ser estimada en todo su valor. Queremos tener agua suficiente para cubrir nuestras necesidades pero no queremos que llueva, no queremos el calor bochornoso, no queremos los charcos ni el lodo.

He conversado con indigentes, y no obstante los inconvenientes que la lluvia representa para ellos, porque sus escasas pertenencias se humedecen, esperan la lluvia y la agradecen. Algunos dicen que la aprovechan para limpiarse, para limpiar sus ropas, para beber. Otro sector marginal, que padece los efectos de las lluvias, son los grupos asentados en las áreas urbanas denominadas irregulares, cuyas moradas están hechas con materiales vulnerables al agua. Es una desgracia la inequidad. Mientras algunos podemos disfrutar la lluvia —si queremos—, otros padecen sus efectos sin querer, aunque la disfrutan. El estado de inequidad, de desigualdad, es una construcción social, y señalarlo se ha convertido casi en un “lugar común”, pero ¿cómo puede revertirse?

En lugar de disminuir, la desigualdad va en aumento: cada día vemos más indigentes en las calles, más niños y jóvenes intentando ganarse unas monedas al limpiar los vidrios de los carros, más hombres que se autoemplean al vender diversos objetos, más familias tratando de hacer una vida en condiciones de alta marginación. Si recurrimos al conocimiento sobre el pasado, podemos ver cómo a través del abuso o la violencia, algunos hombres y grupos de hombres se fueron apropiando de lo que en origen era para todos. Al paso del tiempo se constituyó el capitalismo, un sistema económico que para reproducirse necesita permanentemente expropiar de sus condiciones de vida a muchos seres humanos, y es lo que continuamente ocurre. Es esto lo que debiera detenerse.

No deja de alarmar el modo brutal en que las transnacionales explotan los minerales de los países pobres y destruyen en cuestión de meses montañas que habían estado ahí durante miles de años, al tiempo que contaminan el agua de los ríos y los acuíferos. Al contaminarla, expropian o despojan de una parte sustantiva de sus condiciones de vida a cientos o miles de personas y otros seres vivos. Mientras tanto, las empresas continúan su acumulación de capital bajo el manto protector de los gobiernos, extrayendo no sólo minerales en grandes cantidades sino también grandes volúmenes de agua. Se ve lejano el día en el que todos los seres humanos podamos disfrutar —porque así lo decidamos— el olor de la tierra mojada y las ráfagas de viento fresco que la lluvia nos obsequia, aunque podríamos empezar por valorar realmente el agua que compensa a estas tierras áridas.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.