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FOTO DE LA SEMANA: “Templo Bahá’i”

La imagen fue capturada por Ramiro Antonio López.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Muertos lejanos y muertos cercanos

Inés Martínez de Castro N.*

La plaza bullía de actividad. Los vendedores ambulantes ofrecían a voz en cuello sus productos: elotes y castañas asadas, helados y nieves de una infinita variedad de sabores, deliciosas quesadillas envueltas en una especie de tortillas de harina, muy similares a las sonorenses, que cocinaban en comales improvisados; rojas rebanadas de sandía brillando bajo los últimos rayos del sol entre grandes trozos de hielo, mientras los conejos adivinadores salían de sus jaulas para predecir la fortuna de los paseantes escrita en coloridos papeles de china.

Los perros callejeros, con un arete identificador en la oreja, se mezclaban con las personas o esperaban pacientes por si alguien accionaba las máquinas que a cambio de una botella de plástico vacía les obsequiaría una porción de croquetas y agua fresca. Jóvenes con letreros en sus camisetas que decían “¿Puedo ayudarte?” ofrecían apoyo a los visitantes.

La tarde avanzaba y los camiones con peregrinos y turistas habían cesado de llegar, las familias, instaladas en los prados o mesas, charlaban animadas; disponían los alimentos y bebidas sobre manteles multicolores y esperaban. Algunos se refrescaban la cara y las manos con agua.

De pronto, desde lo alto de los minaretes se escucha la voz del muecín llamando a la oración. El canto mueve hasta las entrañas, congela el tiempo, y de pronto miles de voces se unen al fervoroso rezo. Finalizado el ritual, con la vibración de las plegarias aún en el aire, vuelve la algarabía. Niños, adultos, mujeres, todos, incluyendo a los vendedores, beben agua antes de probar los alimentos. Había finalizado el ayuno de ese día de Ramadán en la plaza Taxim, corazón religioso y político de la ciudad de Estambul. Entre risas y comentarios, los comensales comparten ensaladas de tomate y pepino, queso de cabra, aceitunas, pan pita, guisos de carne y verduras, fruta, yogurt, nueces y otros frutos secos, agua y refrescos embotellados.

Cae la noche, las cúpulas y minaretes de las dos mezquitas que flanquean la plaza, la antigua Santa Sofía y la hermosa Mezquita Azul, se recortan luminosos sobre un cielo oscurecido que anuncia tormenta. Poco a poco, los grupos de personas se retiran y la plaza va quedando en silencio, sólo los perros husmean en busca de los restos del festín. Y en el corazón, la paz que sigue a la conmoción provocada por ese concierto de voces de alabanza.

Me parecía increíble que el día anterior ese mismo lugar hubiera sido testigo de una manifestación que, según las imágenes transmitidas esa noche en los noticiaros televisivos, fue sofocada por la policía con gases lacrimógenos y toletes y terminó con un alto saldo de heridos y detenidos. Al retirarme de la plaza, alcancé a escuchar cómo subía el tono de los reclamos y consignas en los altavoces y encontré a algunos manifestantes corriendo por las calles aledañas, bajo la intensa lluvia.

Y es que Turquía, por su historia y su posición geográfica estratégica, ha registrado un clima de inestabilidad política, disturbios y atentados violentos, debido a conflictos internos y con sus vecinos. Los más recientes: un frustrado golpe militar el pasado 15 de julio realizado por algunas facciones de las Fuerzas Armadas cuyo fin era derrocar el gobierno del presidente Recep Tayyip Erdoğan, un islamista liberal. El resultado fueron 265 fallecidos, más de 1440 heridos y la declaratoria de estado de emergencia entre otras consecuencias. Días antes, el 28 de junio, un ataque suicida de ISIS dejó un saldo de 45 muertos y 239 heridos en el aeropuerto de Estambul, a pesar de que sus medidas de seguridad son de las más altas en una terminal aérea, ya que para llegar a las salas de abordar se deben pasar cuatro puntos de revisión, el primero de ellos instalado en la puerta de acceso al edificio.

Los números no pueden ser más escalofriantes: al menos 431 atentados se cometieron en Turquía en el último año y medio. Es el peor registro desde 1992, cuando 1233 personas fallecieron en un total de 514 actos violentos, según datos del Global Terrorism Database. El último ataque terrorista dejó un total de 205 muertos este año, diez veces más que los registrados hasta julio de 2015, sin contar los del levantamiento militar. De estos atentados, ISIS ha reivindicado tres de cada diez el pasado año, otros tantos se atribuyen al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK).

Aunque el origen y las circunstancias de la violencia en México son completamente distintas, las consecuencias también son terribles. Recientemente, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) dio a conocer que durante 2015 contabilizó 20525 homicidios. Por su parte, Armistía Internacional reporta que en 2015 el informe gubernamental arrojó que el paradero de 27638  personas era desconocido, aunque no especificó cuántas de ellas habían sido sometidas a desaparición forzada con implicación del Estado y por otros agentes no estatales, se afirma que ambas seguían siendo prácticas generalizadas (https://www.amnesty.org/es/countries/americas/mexico/report-mexico/).

Pero la vida cotidiana continúa en Turquía, los fieles oran cinco veces al día, el bullicio permanece en plazas y mercados, los niños juegan en las calles, los perros callejeros hurgan en la basura, hasta que la situación se los permita, hasta que sus muertos, que a nosotros nos parecerán lejanos, se lo permitan, igual que en muchas ciudades y pueblos de México, la vida cotidiana seguirá hasta que nuestros muertos cercanos lo permitan.

*Editora, escritora, promotora cultural.