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La imagen fue capturada por José Mercado.

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Nosotras no inventamos la guerra

Inés Martínez de Castro.*

“Cuando me daba cuenta que los días pasaban y no sabía nada de mi mamá, sentía que el pecho se me hundía y casi no podía respirar, el hilo de aire que entraba por la nariz  era un filo helado, me hacía daño, rasgaba, dolía, trataba de no llorar; de no pensar y quedaba con el cuerpo como apaleado por el esfuerzo. Por las noches, acurrucada con otros niños, soñaba que sus brazos calientitos me apretaban, sentía su olor, oía su voz como susurro repitiendo en mi oído ‘todo va a salir bien, hija, todo va a salir bien’. Pero nada estaba bien, teníamos hambre, muchos niños morían o estaban enfermos, deliraban, lloraban durante horas y yo no quería oírlos más”.

“Muchas noches, venían los soldados borrachos y se llevaban a niñas mayores, algunas nunca volvían, otras regresaban golpeadas, sangrando, medio desnudas, con la ropa hecha pedazos. Cuando los veía llegar, deseaba gritarle a mi mamá que los echara, aunque no pudiera oírme; pero era mejor callar, pasar inadvertida. En esos momentos hubiera querido ser invisible. Cuando llegamos, yo tenía 13 años, siempre fui muy flaquita, y en el campo me había convertido en un esqueleto con la piel untada, estaba espantosa, creo que eso me protegió o no sé que”.

Recuerdo el brillo de las lágrimas en los ojos azules de Wirbe cuando nos relataba sus experiencias en un campo de concentración, durante la Segunda Guerra Mundial. Impactada, no podía apartar la vista de su antebrazo tatuado con un número verdoso, que descansaba no sin tensión sobre la mesa. Estuvimos hasta bien entrada la noche escuchándola, también nos contó cómo, al finalizar la guerra, muchas jovencitas se prostituían con los soldados norteamericanos por una barra de chocolate o un poco de margarina.

Así como Wirbe, hay millones de seres humanos que han sufrido y sufren, en este momento, los horrores de la guerra ─hambre, desarraigo, cárcel, enfermedad, mutilaciones, muerte─, pero existen otras, como sus compañeras de barraca, que han padecido una pesadilla más, producto de su condición de mujer, y es la violación por civiles o soldados, generalmente de la contraparte enemiga, aunque no necesariamente.

En abril de 2015, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, emitió un informe sobre hechos de violencia sexual durante 2014 relacionados con conflictos bélicos en diferentes  países,  como Afganistán, la República Centroafricana, Colombia, la República Democrática del Congo, Irak, Libia, Mali, Birmania, Nigeria, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen. El documento confirma que la violencia sexual es utilizada como una estrategia de guerra, y en ocasiones de ideología y actuación cuando se trata de organizaciones extremistas como Boko Haram y Estado Islámico (conocido también como ISIS) y recomienda dar  prioridad a  su atención.

Human Rights Watch ha documentado evidencias de que en Nigeria, Boko Haram secuestró y violó sexualmente a mujeres y jóvenes, y cuando escaparon, el gobierno nigeriano brindó medidas inadecuadas de protección y asistencia. En el Kurdistán iraquí, esta misma organización entrevistó a mujeres y jóvenes que habían escapado tras su secuestro por ISIS, y narraron cómo fueron víctimas de violencia sexual de manera sistemática.

Aunque la indignación no debe relacionarse con la distancia histórica o geográfica de los hechos reprobables, podríamos preguntarnos ¿y por qué deberíamos preocuparnos de que hayan violado o violen mujeres durante la guerra en otros países? La cuestión es que ni esos hechos ni la guerra misma son tan lejanos.  La llamada “Guerra contra el narcotráfico” sigue operando como una verdadera guerra en México, aunque sea negada por las autoridades y sigue dejando víctimas de violencia sexual.

El informe de Armistía Internacional Sobrevivir a la muerte. Tortura de mujeres por policías y fuerzas armadas en México, presentado el pasado 28 de junio, consigna que las entrevistadas, 100 mujeres recluidas en prisiones federales, sufrieron tortura u otros malos tratos durante su arresto e interrogatorio, a manos de policías municipales, estatales o federales o miembros del ejército y la marina. De ellas, 72 habían sido víctimas de abusos sexuales durante su arresto o en las horas posteriores, y 33 habían sido violadas.

A pesar de las denuncias   interpuestas, las autoridades no han investigado los hechos. El Ejército respondió por escrito a Amnistía Internacional que ni un solo soldado había sido suspendido del servicio por violación o abuso sexual entre 2010 y 2015, y la Marina dijo que sólo cuatro marinos habían sido suspendidos en el mismo periodo.

Estamos de acuerdo en que la guerra envilece a los seres humanos, pero no es posible hacernos sordos y mudos ante las vilezas. La violación sexual está considerada, junto a otras formas de violencia sexual, como un crimen de guerra y ha sido consignada en el Estatuto de Roma (Artículo 8, parte 2 xxii) y así debería ser castigada.

Porque además, la guerra, esta terrible lucha por el poder que ha azotado a la humanidad desde el inicio de los tiempos, no ha sido inventada ni desatada por las mujeres.

*Editora, escritora, promotora cultural.