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FOTO DE LA SEMANA: “Las calles de Pachuca”

La imagen fue capturada por Janeth Schwarzbeck.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Arte corporal

Zulema Trejo Contreras.*

En la actualidad se vive un auge en cierto modo asombroso para los que pertenecemos a otras generaciones con respecto al arte corporal, mejor conocido como tatuajes por la mayoría de las personas.

El arte corporal no es nuevo, se ha practicado a lo largo de la historia por los más diversos grupos sociales. Quizá los casos más conocidos por la mayoría de nosotros son los tatuajes de diferentes pueblos originarios como algunas tribus africanas, asiáticas y latinoamericanas contemporáneas.

En términos históricos, diversos grupos sociales utilizaron los tatuajes para marcar una diferencia de estatus, por ejemplo para distinguir a los guerreros del común de los hombres de una tribu o para marcar a los que pertenecían al grupo social superior de una determinada sociedad.

Los tatuajes también han servido en siglos pasados para marcar a los esclavos, a los criminales, a los integrantes de una determinada secta o grupo secreto. Lo que deseo señalar con todo lo anterior es que el tatuaje es una práctica social que tiene raíces muy profundas en el devenir histórico y en que en cada época ha jugado diversos papeles.

En mi opinión lo que distingue el tatuaje de épocas pasadas con el actual es la función que desempeña; sin duda sigue habiendo tatuajes que sirven para identificar a quienes los portan con su pertenencia a algún grupo, pero existe, y esto es básicamente a lo que me refiero, un grupo considerable de personas que se tatúan porque consideran que hacerlo es dibujar, pintar sobre su cuerpo como si se hiciera sobre un lienzo y con la misma motivación que se hace una pintura, para expresar un sentir o por convertirse a sí mismo en lienzo de lo bello.

Sin embargo, el boom del tatuaje saca a relucir un conflicto generacional, porque varias generaciones, como la mía, fuimos formadas/os en la idea de que las personas tatuadas eran gente a las que se debía temer, es decir que, de facto, se les otorgaba un estatus negativo por la única razón de que en su cuerpo había un tatuaje. Ciertamente es difícil cambiar la estructura del pensamiento que viene desde generaciones atrás y que se arraiga fuertemente en estereotipos históricos, de ahí que constantemente veamos personas tatuadas que se quejan de discriminación, y no hay duda de que si los rechazan o les prohíben algo por el simple hecho de estar tatuados, se les estará haciendo blanco de discriminación.

Otra cuestión es si las personas que optan por hacerse un tatuaje están conscientes de los riesgos que esto implica, no sólo en términos de  la imposibilidad de donar sangre o de exponerse al contagio de diversas enfermedades por el uso de instrumentos contaminados –riesgo cada vez menor–, sino también en cuanto a que se enfrentarán a una sociedad que en buena parte conserva los prejuicios de generaciones que crecieron con el estereotipo del tatuado agresivo, peligroso, criminal. Las estructuras mentales no cambian de un año para otro, ni siquiera de una década a otra pero, sin duda, tarde o temprano el arte corporal se sacudirá todos los prejuicios que ha tenido o tenga en contra.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.