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FOTO DE LA SEMANA: “Dualidad”

La imagen fue capturada por Jesús Morales.

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Reseña del Tomo V del libro La historia temática de Sinaloa

Silvestre Uresti.*

 El libro Vida social y vida cotidiana, tomo V está integrado por doce ensayos que a su vez están clasificados por secciones cuyos nombres intentan precisar los asuntos y perspectivas analíticas que tratan. El primer texto es la introducción, la cual está firmada por Patricia Molinar Palma y Mayra LizzethVidales Quintero, coordinadoras del tomo. En esta, ambas autoras aclaran el oriente teórico y crítico en que se apoyan. Su definición de vida cotidiana, nos dicen, se compone de lo privado y lo público “de las personas que conforman una sociedad determinada”.Explican cómo la interacción entre lo material y lo simbólico las vuelve condicionantes.

En el primer apartado: “Modernidad y familia” se incluyen dos textos. El primero, de Carlos Calderón:“Rasgos de la modernidad en Sinaloa” y el segundo,de Patricia Molinar: “La familia sinaloense: una mirada a su cotidianidad.” El escrito de Calderón parece una extensión de la introducción en el sentido en que se explican conceptos que sirven de base a la sociedad y vida sinaloenses. Calderón arguye que la cultura se define hoy en día por la economía y por su política liberal; en la modernidad los modos de consumir moldean los sentidos de la vida cotidiana.

Molinar, por su parte, diserta sobre los tipos de familia que imperan en la actualidad y destaca la libertad que han conquistado las mujeres: ahora ellasdeciden sobre su cuerpo, su tiempo libre y laboral. La autora subraya bien que lo que falta es que ese derecho y espacio propios cuenten con recursos y con el reconocimiento de quienes poseen las fuentes de trabajo y el poder para aplicar las leyes, pues persistenel bajo salario para las mujeres trabajadoras y los famosos techos de cristal en los ascensos laborales.

El tercer apartado se titula “Festividades y esparcimiento.” El primer ensayo (de tres) tiene por nombre “Los festivales populares en Mazatlán decimonónico” y está a cargo de Helena Simonett, autora de “En Sinaloa nací, Historia de la música de banda”. Su ensayo es uno de los mejores textos quecontiene el tomo. Su punto de vista, encuadrado en la nueva historia cultural, distingue entre élite y pueblo. Sus apoyos teórico-metodológicos provienen de la antropología cultural –Redfield, Burke, Monsiváis–, de quienes retoma las nociones de cultura popular, de la gran tradición y la tradición pequeña. Otra de susatractivas aportaciones radica en las fuentes consultadas (Lummis, Wise, Wheat, Flippin, Riensch, Widenmann y Hauff) y en las provechosas lecturas de documentos hechos por viajeros y extranjeros de visita o residentes en el puerto mazatleco, en Culiacán o en otros pueblos colindantes.

El segundo texto de esta sección es de Moisés Medina Armenta: “Diversiones, juegos y espectáculos en Sinaloa durante el porfiriato y la Revolución”, donde el autor confirma lo expresado en el último párrafo deSimonett en cuanto a que la tambora adquiere reconocimiento en el carnaval como fiesta pública por excelencia. Medina señala que en la lucha por distinguirse del montón, el grupito más pudiente de Mazatlán o Culiacán hizo de todo, pero “a pesar de la pertinaz refinación de la élite, en las fiestas privadas y en las del pueblo se acostumbraba escuchar la música de la tambora y el acordeón, y a veces llegaban a convivir en los mismos espacios” (p. 64).

El último artículo de este apartado es de Mayra LizzethVidales Quintero: “El carnaval de Mazatlán: tradición, fiesta e identidad.” Coincidimos con su texto en cuanto que considera al carnaval como uno de los primeros medios de comunicación entre los varios segmentos sociales del siglo XIX y del XX. El carnaval puso en circulación a la sociedad porfiriana y revolucionaria y,de acuerdo con Vidales, aparece como novedad la incursión de las mujeres, cuya participación más notable ocurrió en 1900, cuando se nombró reina del carnaval a Winnie Farmer. Desde ese año, la mujer como reina de la fiesta fue adquiriendo interés social y personal. Su éxito como representante única del carnaval fue en 1929, y a partir de entonces figura ella sola en el reinado. La presencia del varón como pareja real queda abolida.

El siguiente apartado, el más extenso, se titula “Religiosidad, censura y filantropía” y contiene cuatro documentos. El primero es de José Enrique Vega Ayala: “La religiosidad en Mazatlán.” El supuesto que mueve su investigación es que en Sinaloa hubo, desde la Colonia, “un catolicismo endeble en este territorio”,pensamiento que podría ampliarse también a Sonora. El autor puntualiza que en la región sur de Sinaloa hubo “una apatía hacia las prácticas religiosas presentes, sobre todo en la principal comunidad, el puerto de Mazatlán” (p. 112). Los pardos decidieron vigilar el puerto mazatleco en 1792, pero fue hasta 1842 cuando se erigió el primer templo llamado San José.

El segundo texto de esta sección es de Marcela Camarena Rodríguez: “Decencia, saber y buenas maneras. Hombres y mujeres en Sinaloa, siglos XIX y XX.” La autora hace un recorrido crítico de la trayectoria social de hombres y mujeres desde la Colonia hasta el siglo XX. Las conclusiones no parecen muy alentadoras por el poco avance logrado, sobre todo por el lado de las mujeres. La sucesión en el poder público de nuevos grupos (independencia, liberales y conservadores, porfiriato, Revolución mexicana, partidos políticos), lejos de transformarse de un período a otro, presentan una continuidad al conservar su riqueza e influencia.

Otro ensayo que integra esta sección es el de Liliana Plascencia: “Culiacán en los años sesenta: jóvenes, censura y moralidad”. El texto va de lo más antiguo hasta la actualidad sinaloense, y su tópico analítico es desde la mirada de las nuevas generaciones. Este ensayo aborda la represión contra los jóvenes en 1968 como un evento anunciado desde varios frentes, situación que adquirió una virulencia especial desde los primeros años de la década de lossesenta.

El último texto de esta sección es “De la filantropía a la asistencia reglamentada” de Gilberto López Alanísquien abarca el tema desde múltiples perspectivas.

La última sección: “Comunicación y nuevos mitos”contiene un texto de Nery Córdova: “El mito del narco desde la iconografía y la cultura” y otro de Luis Martín Padilla Ordoñez: “Consumo y tráfico de drogas en Sinaloa: una visión de la prensa de mediados del siglo XX.” Es innegable que desde la segunda mitad del siglo XX la imagen del sinaloense como alguien que sededica al narcotráfico se fue sedimentando. Desde que en los años de 1925 y 1931 se reglamentó el uso de drogas como actividad ilícita, el gobierno se mostró ambivalente. Y más cuando en la Segunda Guerra mundial apareció Estados Unidos de Norteamérica en el trasiego de la droga mexicana. Según informes y rumores no oficiales, Estados Unidos solicitó a México la exportación de heroína para sus vanguardias militares. De esta forma el comercio y consumo de marihuana, opio y sus derivados se incrementó porque tanto las autoridades como los demás funcionarios de gobierno estaban involucrados.

Por último, hacemos una atenta invitación a leer el tomo V completo, y en general la colección completa, para profundizar y ampliar el diálogo en torno a la sociedad sinaloense y mexicana de ayer y hoy.

REFERENCIAS

Maciel Sánchez, C. y M. Aguilar Alvarado(Coordinadores generales). 2015. Historia temática de Sinaloa. México: Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto Sinaloense de Cultura.

Molinar Palma, P. y M . L.Vidales Quintero(Coordinadores del tomo). 2015. Tomo V. Vida social y vida cotidiana. En Maciel Sánchez, C. y Aguilar Alvarado, M. (Coordinadores generales). Historia temática de Sinaloa. México: Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto Sinaloense de Cultura. Pp. 253.

* Egresado del programa de doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de Sonora. correo electrónico: silvestreuresti@hotmail.com