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FOTO DE LA SEMANA: “Encandilada”

La imagen fue capturada por Jesús Morales.

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Presentación de Ángel extraviado. Obra de Gerardo Cornejo Murrieta

 

Ignacio Mondaca Romero*

 

 

Ángel extraviado, obra póstuma de Gerardo Cornejo Murrieta, es una novela que expresa diversas motivaciones del autor y, por tanto, multiplica sus significados y lecturas. Expresaré aquí algunos comentarios personales sobre el desarrollo y trascendencia de este texto, pero antes me referiré a la discusión que suele aflorar acerca de la vigencia o caducidad de la novela como género entre algunos círculos de novelistas y estudiosos del tema.

Estaremos de acuerdo con Milán Kundera cuando afirma que “la novela ha descubierto por sus propios medios, por su propia lógica, los diferentes aspectos de la existencia”. Esto es, lo enumera: la aventura, la vida secreta de los sentimientos, el arraigo del hombre con la Historia, la incógnita de lo cotidiano, la irracionalidad del ser humano, y la cultura, que delinea los rasgos de identidad del individuo en una sociedad determinada.

Aunque podamos rastrear su génesis en momentos anteriores, el apogeo de la novela se consolida en la Edad Moderna junto con el ascenso de la ciencia, las máquinas y el pensamiento racional. A través de su estructura y de su trama, brinda un conocimiento del hombre y su entorno, y este conocimiento, paradójicamente, encerrado en la armadura de la ficción, aproxima al lector a un principio de verdad. Lo hace a través de una forma distinta de conocimiento, apartada de ese otro abordaje que brindan las estadísticas, el testimonio y los hechos comprobables. ¿Qué extraña verdad se esconde en la novela El proceso, de Franz Kafka, donde el acusado, el Sr. K, es el ser más ajeno y desinformado de la naturaleza de las acusaciones? Ficción pura que aún hoy día sacude el asombro de los lectores con sus paradojas.

En palabras de Gerardo Cornejo: la novela “tiene toda la mala intención de presentar una realidad y de hacer una advertencia”.

No se trata desde luego de ceñir un carácter panfletario a la novela, o convertirla en “instrumento de denuncia”. La advertencia a que se refiere Gerardo tiene que ver con la agudeza del novelista para explorar e invadir la condición humana y exponerla al lector de una manera artística.

El pensador británico Federico Engels, cercano colega de Carlos Marx, dice refiriéndose a la novela de Balzac: (de ella) “he aprendido más, incluso en lo que concierne a los detalles económicos (por ejemplo, la redistribución de la propiedad real y personal tras la revolución), que en todos los libros de los historiadores, economistas, estadísticos profesionales de la época, todos juntos”.

 

Ángel extraviado es una novela de viaje ̶ persecusión en la que sus protagonistas perviven, uno detrás del otro, en el idílico entorno de la naturaleza. Van los personajes, por separado, en busca de una identidad que de diversas maneras les ha sido arrebatada.

Podemos hablar también de que se trata de una novela regionalista que guarda como telón de fondo la nostalgia por el universo de la etnia rarámuri chihuahuense enclavada en la Sierra Madre Occidental; evocaciones de la generosa naturaleza que Gerardo captura con vena poética en Balada de Cuatro Rumbos. Y he aquí el gran conflicto: este mundo “natural”, de leyes, creencias y costumbres propias poco a poco se ve ensombrecido y transformado con la llegada de los colonizadores europeos y su cultura de depredación.

Minería y aserraderos parecen consignar las nuevas actividades que amenazan a los gigantes verdes, las coníferas que simbolizan el Edén perdido y al mismo tiempo omnipresente. Aquellos colosos que se mantuvieron de pie por siglos son ahora derribados sin la menor consideración. La caída del símbolo parece arrastrar también a los dioses ancestrales.

 

Avelino towí, Avelino niño, Avelino ave, Avelino ojos de venado ha tenido la mala fortuna de nacer sietemesino y enclenque, casi contrahecho y “prieto” como la etnia a la que pertenece y de la que reniega Petronila Kolachi, su madre. El padre, Malaquías Malahierba, es un mestizo chabochi, holgazán y tomador que no duda en herir a su familia y, desde luego, de manera sañuda lastimar al crío Avelino Avechuco, pájaro desplumado.

Ronasio Ronáturi Maestro, de estirpe rarámuri, pero de “ramazón mestiza” es la voz que utilizará el autor de la novela para llevarnos por los senderos de la trama, por los bosques de altos pinos del relato. Ronasio ha nacido talentoso y encuentra, en el mundo ficcional que nos ha puesto sobre la mesa Gerardo Cornejo, los medios para abrirse camino en las lodosas parcelas del sistema educativo hasta lograr el título de profesor; pronto será también funcionario educativo en la región.

Como buen samaritano, Ronasio se convertirá en el ángel de la guarda de su ahijado, el towí Avelino quien, luego de una infancia de rechazo de sus familiares y de padecer el bullying de sus condiscípulos, a los catorce años ha de encontrar el camino de su redención en las figuras bíblicas de los ángeles que repasa con obsesión en los libros de la parroquia. Y habla en serio. Por eso se ha fugado del pueblo y ahora hurga en las cumbres y las hondonadas desde donde podrá lograr la ansiada transfiguración personal.

Ronasio Maestro sabe que habla en serio y no duda en solicitar licencia laboral para dedicarse a seguirlo y evitar que cometa “una locura”, como lo confiesa al principio del relato.

De pueblo en pueblo, de montaña en montaña, de cumbre en cumbre, Ronasio Maestro ha de seguir la huella del adolescente y será el pretexto ideal para trabar relación con los moradores de los pueblos siempre matizados de mentideros y tesgüinadas. Ahí, en el contacto directo con las comunidades rarámuis, el autor nos mostrará el carácter, la lengua y los avatares de un pueblo rarámuri expuesto al peso de la Historia, atado ahora a la llamada “rueda del progreso” que termina por allanar la vida pacífica, los valores y el místico contacto con la naturaleza de la etnia.

Aparecerán los rastros callados de la cultura paquimé, de docenas de siglos de antigüedad, como un eco que permanece entre “los de pies ligeros”, o “los de pies alados”, pies que vuelan.

En este contexto, el autor no deja de lado en su narración que una de las tuercas de esta rueda es el narcotráfico que, como la plaga de los árboles, va internándose paulatinamente entre los bosconales y sus moradores.

Por otra parte, la novela de Gerardo Cornejo es también una preocupación por la manera en que la cultura de las etnias de México se ha ido diluyendo con la cultura europea al grado de verse amenazada con la extinción. En este sentido, es también, indudablemente, la defensa de una batalla que pareciera perdida: la de la supervivencia de una lengua, la rarámuri que, dotada de mitos y las leyendas, parece parte del equipaje de los dioses que se marchan.

El manejo magistral que hace el autor del habla campesina, del humor de los pueblos de la sierra, de su forma autóctona de masticar el español y mezclarlo con “la voz y los decires de los antepasados” es una de las principales fortalezas de la obra. Estos guiños lingüísticos, el uso de formas sintácticas contrahechas y palabras compuestas llenas de ingenio las habíamos intuido ya en La sierra y el viento, Juan Justino Judicial y Pastor de fieras. A través del habla popular, Gerardo se toma la molestia de proponernos que las palabras pueden significar mucho más de lo que establece el diccionario de la Academia.

Por ello no es ocioso pensar en la ventaja que supone leer esta novela póstuma a la luz de la producción más amplia del autor. Tal vez esto abone un crédito a quienes afirman que la obra de un novelista es en realidad una sola novela con varios apartados.

 

De vuelta al tema de la lengua autóctona, Gerardo Cornejo va

introduciendo de forma intermitente el vocabulario vital de los rarámuris.

     Onorúame-Iyerúami, nombre que caracteriza a la deidad superior. Dios.

     Chabochi, mestizo, europeo, extranjero, blanco. Araña venenosa. Ésta última acepción hace recordar el término wasi chu que acuñaron los pueblos originarios de Norteamérica para designar a los colonizadores europeos y que significa, no casualmente, serpiente venenosa. El término también se utiliza para referirse despectivamente a los indios ladinos, es decir, a los que, como la madre de Avelino, sueñan con mimetizarse en la cultura occidental.

     Bakochi, el de ojos encendidos y pelo azabache.

     Chaboare, barba

     Riosi Kuira Bá, Dios te cuide

     Simirá, pasa

     Asagá, siéntate

Kuira Ganiri ba, Hola, muy contento.

 

Y así sucesivamente, Gerardo Cornejo se propone dejarnos en claro que Ángel extraviado es muchas cosas. Seguramente aquellas cosas que el investigador no alcanza a desprender de los estudios sociológicos o antropológicos. Aquellos gestos y rasgos de la condición humana que sólo la maestría del novelista puede exponer a cabalidad, con la firme convicción de que la ficción obedece a un pacto secreto con la verdad.

 

*Escritor mexicano, autor un gran número de artículos, ensayos, crítica literaria y algunos libros.