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El cambio en la violencia criminal: el caso de Guaymas, Sonora. (Segunda parte)

 

Antonio de Jesús Barragán Bórquez*

Ejemplo de los procesos de degradación y normalización de la violencia es lo ocurrido en el vecino municipio de Cajeme, cuando hace no más de seis años las cabezas, torsos, piernas, brazos y manos de personas mutiladas comenzaron a aparecer día tras día en la entidad. Todo inició en la mal afamada y estigmatizada colonia La Libertad de Ciudad Obregón, Sonora, allí se fracturó y se amplificó la violencia de las ejecuciones, y los ajustes de cuentas fueron llevados a un nivel de barbarie nunca antes visto. Se puede decir que en ese momento el paradigma de la violencia criminal ejercida públicamente por parte de las organizaciones criminales se rompió en el Estado de Sonora. Desde entonces nada sería igual. Se volvió factor común para los habitantes de esa comunidad el convivir con esa cruenta realidad.

Como dato extra, Cajeme y Guaymas se encuentran dentro de la lista de las 50 localidades con más de cien mil habitantes que cuentan con la mayor tasa de homicidios según una lista publicada el 29 de septiembre por Animal Político. Cajeme ocupa el puesto número 29 con 31.10 homicidios por cada 100,000 habitantes, mientras que Guaymas la posición 40 con 23. 41 homicidios. Cabe resaltar que ambas localidades son las únicas del Estado de Sonora que aparecen en dicha lista.

En ese contexto, es necesario señalar que durante la administración municipal anterior (2012-2015) en el puerto hubo 15 personas ejecutadas y en lo que va del gobierno actual (2015-2018), el número llega a 34. Cabe resaltar que en ambas administraciones han existido graves vacíos en los liderazgos de la Dirección de Seguridad Pública Municipal, uno de los principales organismos de brindar seguridad a los habitantes de dicho municipio.

Por otra parte desde hace algunos años el municipio enclavado en el Valle del Yaqui se ha caracterizado por sus altos índices de violencia. Y ante la impotencia de los ciudadanos y habitantes la adaptación se convirtió en deber ser y hacer como única alternativa para sobrellevar esas nuevas expresiones de violencia. “La verdad nos acostumbramos a tanto desmadre, descuartizados, cabezas que aparecían adentro de hieleras […] aquí, quien no es mafioso, es rata, aquí, a cada dos cuadras hay un tiradero” me comentaba uno de los residentes de la colonia La Libertad de Ciudad Obregón con los que he tenido la oportunidad de conversar.

Otro más me decía: “ahorita está más calmado, todo este año ha estado calmadón porque ya se acabaron a todos los de aquí, a todos los mataron, ahora otras colonias están peor”.

Para la lógica del dinamismo de la violencia criminal organizada en México lo nuevo siempre llega con fecha de caducidad a corto plazo. El asombro se pierde cuando la naturaleza de las características de los acontecimientos que rompen con el pasado se superan a sí mismas. Para entender esos cambios es necesario realizar rigurosos análisis de los factores y variables que pueden incidir en esas nuevas formas que reproducen las organizaciones al llevar a cabo sus crímenes y los cuales pueden ser de diversa índole (sociales, económicos, políticos, culturales, etc). Sin embargo un primer paso es el reconocer que los cambios se están presentando para repensar las consecuencias que eso puede tener a nivel social.

Sobre ello, la investigadora Rossana Reguillo, experta en temas de violencia y juventud, haciendo una analogía al narcotráfico entendiéndolo como una maquina puesta en marcha nos dice que “la narco-máquina ratifica su poder paralelo a través del aumento de la violencia expresiva en detrimento de la violencia utilitaria. Ahora se trata de violencias que parecen no perseguir un fin instrumental, sino constituirse como un lenguaje que busca afirmar, dominar, exhibir los símbolos de su poder total”. La narco-máquina de la que nos habla Reguillo extiende su influencia a amplios niveles de la vida social.

Ejemplo de lo anterior podemos observar cómo en el lenguaje empleado de forma cotidiana se va incrustando como balas la jerga criminal. Se habla de levantados, encobijados, entambados, descuartizados, narco-mensajes, -mantas, -fosas, el cuerno, los encapuchados, los malandros, etc. todo ello a partir de la praxis delictiva. Su uso se hace común cuando se vuelven comunes las significaciones que encierran y conforme se presentan y reproducen como parte de la realidad que nos toca vivir.

Lo realmente preocupante de la situación se localiza en descubrir las consecuencias que acarrea todo lo anteriormente descrito (a nivel económico, social, cultural y político), la capacidad institucional, a decir del sociólogo alemán Max Weber, para utilizar el monopolio de la fuerza legítima para reprimir conductas ilícitas, y también agregaría, la capacidad institucional para prevenirlas, así como en la actitud que como sociedad adoptemos para afrontar nuestra realidad, por cruel y compleja que sea esta.

*Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora.