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La niñez y la adolescencia también cuentan

 

 

Mariana Becerra Sánchez.*

 

“Los niños también cuentan” es una frase que escuchamos a menudo en discursos institucionales locales, nacionales e internacionales. A pesar de parecer una frase bastante coherente y que incluso se da por hecho, debemos cuestionarnos ¿Por qué reiterar algo que suena tan evidente? ¿Será que realmente la infancia cuenta en México?

En el país, según cifras del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 2014 se registraron 40 millones de niñas y niños que vivían en pobreza, 4.7 millones en pobreza extrema y, además, 6.1 millones de niños entre 3 y 17 años que no asisten a la escuela. En Sonora, 1.8 por ciento y 4.7 por ciento de la población infantil no asiste a la primaria y secundaria respectivamente, y la cifra aumenta a 22.4 por ciento de adolescentes que no asisten al nivel medio superior. La entidad también se enfrenta a que 5.1 por ciento de la población de 0 a 4 años tiene algún grado de desnutrición crónica. Estas cifras nos demuestran que una parte importante de la población infantil se enfrenta a numerosas problemáticas, a lo que hay que sumarle las distintas violencias de las cuales son víctimas.

Para decir que niños y adolescentes de ambos sexos cuentan, debemos restituirles y garantizarles todos estos derechos, bajo el enfoque de la niñez como sujeto de derechos y no como objeto y, en este sentido, también debemos asegurar que estamos respetando el interés superior de la niñez.

Es cierto que se han dado importantes avances a partir de la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), donde se puntualiza que el niño es sujeto y no objeto de derecho; es decir, se insta a dejar la idea histórica de que la infancia deba ser tratada como objeto de control, protección, representación y atención especial por parte de los adultos, y promueve un planteamiento en donde la niñez es sujeto y los derechos no le son dados por los adultos, sino que son inherentes a todo ser humano, por lo que los adultos deben ayudar para garantizarlos. Bajo esta noción es que también se discuten las visiones adultocéntricas, donde se favorecen las relaciones de poder desigual de los adultos hacia los jóvenes y los niños, noción que ha favorecido, por ejemplo, el castigo físico como forma de disciplinamiento o el desestimar la participación y la voz de los niños y adolescentes de ambos sexos, ya que se piensa que están en una fase de transición e inmadurez.

Con la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, se empuja a los distintos niveles de gobierno a que se favorezcan estas nuevas formas de ver y tratar a la niñez; no obstante, en la práctica –además de otros factores de tipo económico y político– todavía se aprecian los modelos asistencialistas y adultrocéntricos que dificultan la correcta aplicación de esta ley. Incluso, en el plano interpersonal, como es la relación con las madres y los padres, con cuidadores y maestros, esta visión tampoco ha cambiado.

Finalmente, algunas ideas nos invitan a deconstruir la visión adultocéntrica y a reflexionar sobre la idea de que niños y adolescentes de ambos sexos son adultos chiquitos o inacabados, pues esto refuerza las relaciones de dependencia y subordinación de sus padres y otros adultos. Hay que pensar en ellos como sujetos de derechos que están en desarrollo efectivo y progresivo de su autonomía personal, social y jurídica. Para poder trabajar todo esto, debemos entender nuestro papel como adultos y nuestra relación con ellos como orientadores en su aprendizaje y en la práctica para que ejerzan sus derechos de manera libre e informada. Es por ello que debemos trabajar en distintos frentes como en las reglamentaciones, pero también desde nuestra forma de pensar y relacionarnos con la niñez y la adolescencia, además de observar cada día si en nuestro país la infancia realmente cuenta.

 

*Investigadora en El Colegio de Sonora