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Notas para una edad oscura

Emanuel Meraz.*

 

La urbanista norteamericana Jane Jacobs fue una de las mentes más lúcidas del siglo pasado, atenta a los debates y realidades de su tiempo y su relación con las ciudades a las que dedicó sus reflexiones. En los años sesenta, cuando el fenómeno de los suburbios y los programas de expansión urbana amenazaban los vecindarios en Estados Unidos, escribió su clásico Muerte y vida de las grandes ciudades; en los setenta-ochenta, al tiempo que empresarios y políticos se enfocaban en la competitividad industrial y el crecimiento económico, destacó el rol social y cultural de las ciudades en la innovación y el desarrollo a través de La economía de las ciudades y Las ciudades y la riqueza de las naciones.

Jacobs también tenía bastante de clarividencia. Cuando al final del siglo 20 la mayoría de los analistas y politólogos conjeturaban en distintas variaciones el fin de la historia –la consolidación de la democracia como forma de gobierno, la expansión y virtudes de la globalización–, ella predijo, en Dark age ahead, una futura crisis de las ciudades y de la sociedad, una época de amnesia colectiva y de retorno al populismo. En nuestro contexto, en tiempos de agitaciones y crisis de las ciudades y los ideales que estas representan, en días de protestas y ascendencia de personajes como “ya-saben-quién”, su libro es un catálogo de muchos de nuestros males, pero también una guía de supervivencia.

La crisis que Jacobs perfilaba tiene entre sus síntomas algunos que nos serán familiares: una manifiesta desconfianza hacia los políticos, a la política como alternativa concreta para modelar la realidad social, una creciente crisis de urbanización en las ciudades, deterioro del medio ambiente, segregación –económica, pero también cultural– y, particularmente, una mayor desigualdad. A lo anterior se añade un consecuente cambio de mentalidad, un conservadurismo que hurga en los fundamentalismos como guía y visión del mundo. En términos históricos, una edad oscura llega de manera relativamente rápida, cuando sacudidas radicales colapsan las, alguna vez vitales, instituciones económicas, políticas y sociales que dan coherencia al entramado cultural. Jacobs apunta, por ejemplo, que las ciudades del Imperio Romano, previo a su eventual colapso, perdieron primero su carácter subsidiario, cercano a la población.

La urbanista identifica como una amnesia masiva la razón que lleva al abandono de una cultura que antes era capital y pujante. La noción de una pérdida de memoria extensiva a la totalidad de la sociedad, extraña y fuera de sitio, cuando se editó el libro de Jacobs en 2004, parece hacerse tangible en un mundo donde cada nuevo escándalo lleva a otro, donde los hechos no tienen o pierden sentido.

De acuerdo con Jacobs, nuestra edad oscura se ha conformado por la erosión de los cinco pilares de la sociedad: la familia/comunidad, la educación, el rol de la ciencia, los impuestos como mecanismo de desarrollo orgánico de la sociedad, y el sentido de honorabilidad de las profesiones. Nos enfocaremos, por motivos de espacio, en la educación y los impuestos.

Jacobs apunta que la educación ha sido reducida a un entrenamiento vocacional, tornándose en una inversión individualista –en vez de un bien público que genere ciudadanos en un sentido pleno–, donde el estatus de un empleo y las ganancias que éste produce se vuelven la única medida de progreso y justificación para las decisiones que cada individuo y sociedad toma. En países como México cabría introducir la aclaración de que el entrenamiento vocacional se ve condicionado por el mercado, o lo que es lo mismo, la educación forma maquiladores, de uniforme o de cuello blanco.

Otro pilar que también se ha erosionado es el rol del uso de los recursos públicos. En lugar de que estos se inviertan para modelar mejores sociedades, física e intangiblemente, su ejercicio se asocia con el desperdicio, resultando que el conjunto de los bienes públicos –la educación, infraestructura y los beneficios sociales que contribuyen al funcionamiento y cohesión de la sociedad– comienza a deteriorarse, lo que Jacobs identificó como una inminente nueva crisis urbana, sin viviendas asequibles y con una desigualdad atroz, así como un consecuente escalamiento de la expansión y congestión de las ciudades.

¿Cómo romper este ciclo? Jacobs dice que la vitalidad de una ciudad está en sus habitantes y en los vecindarios. Las ciudades son más que espacios “caminables” o de usos mixtos y mucho más que engranajes de innovación y crecimiento económico, son baluartes, la fuente del progreso social y la democracia misma.

Por otro lado, la urbanista nos exhorta a que hagamos lo que esté en nuestro poder para protegernos de las fuerzas de esta amnesia masiva, aquella que destruye las comunidades y los pilares que las sostienen. Si una edad oscura inicia con una sacudida radical, terminará con un bloqueo, con una marcha.

 

*Asistente académico de la Coordinación de Posgrado. Correo: emanuelmeraz@gmail.com / Twitter: @emanuelmerazy