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Bienestar. Raciones del paraíso

Bienestar. Raciones del paraíso

Juan Enrique Ramos Salas

Ana Lucía Castro Luque*

Dice Enrique Ramos, en la página 70, que “Leer y platicarle a un amigo lo que has leído da mucho bienestar”. Esta noche me congratulo de decirle a un amigo que lo he leído y que me sentí muy alegre, consentida por la vida. De hecho, si lo pensamos, somos pocos los que podemos decirlo, puesto que son pocos los atrevidos que andan por ahí probando plasmar en un papel sus ideas y sus locuras. Me congratulo de haber tenido tiempo para acercarme a otros títulos del autor que ahora celebramos y eso, en su momento, significó bienestar.

Cuando me propuso que lo presentara, inevitablemente me pregunté ¿y yo, por qué? Para algo será. Sé que Enrique sabe que desde hace algún tiempo ando buscando y pensando en el estar bien, pero, a diferencia de él, no he dedicado tiempo a estudiarlo. Más adelante me referiré a este importante aporte de su parte. Por lo pronto, diré que me encantó tener la “obligación” de leer este entretenido, conmovedor y discutible texto. Sí, ya lo solté, tengo mis asegunes, como con casi todo lo que uno lee, pero en realidad me gustaría partir de las coincidencias; por ejemplo, podría decir que estoy de acuerdo con todas las formas de bienestar que el autor nos propone a lo largo de 137 páginas. Como él, he sido afortunada y también me encuentro muy bien al acampar, al ver las estrellas, cuando nado en el mar, al cocinar y saborear la comida, y si es con vino, mejor. Ni qué decir del animalero que tengo en casa y de las sesiones de yoga. Empecé por coincidir, pero conforme avancé en la lectura, me debatí ¿No será que hablamos del bienestar clasemediero, de gente estudiada, con la vida resuelta? Por ahora aquí dejo el cuestionamiento.

Me  gusta el tono del libro, como me gustó el Suiza en Sonora. En más de un sentido, lo sentí como una continuación, ya que desde su búsqueda por Yécora y su búsqueda por el corazón el autor envió señales de que iba en serio tras el bienestar y le agradezco que no lo quiera para sí solo. Lejos de eso, se toma el tiempo para exponer y exponerse a la crítica que sobre su estilo de vida podremos hacer.

Me siguen atrayendo sus juegos de palabras, de hecho me estoy acostumbrando. Me gustaron muchos fragmentos del libro, como aquel en el que dice “sigues y allí vas, dibujado a contraluz en el horizonte, deleitado de fulgor, tanta iridiscencia en las crestas quebradas de las olas”, o este otro que me inquieta: “solo la nada es perfecta, carente de todo, pues todo tiene sus limitaciones, defectos e inconveniencias. Cualquier lugar o persona. Ni modo” remata. Otro más en referencia a su afición por el esculpido de madera: “Entonces es que me maravillo de cómo en este incesante caminar, al igual que cualquier otra obra en ciernes, estoy yendo a dar con mi destino descriptor y tallador.” Citaré uno más que en realidad me deleitó: “Vivo al ritmo del gasto del arroyo en el invierno, que viene siendo más o menos el pulso terrestre, un cuarto de grado por minuto. Cada paso que doy lo percibo, consciente soy de cada pedazo que piso” y así se suceden los trozos literarios, pero mejor dejaré que ustedes los saboreen. Sin ser experta en la materia, todos ellos me hicieron pensar que, en cada libro, Enrique va regalándonos de forma más creativa sus recursos poéticos.

En ese ritmo andaba cuando con embargo, para decirlo con el estilo del propio Enrique, me pareció que el libro se desvanecía un tanto en la cotidianidad, en la del autor, corriendo el riesgo de perderse en un libro muy individual, y estoy segura de que, para algunos, hasta pequeñoburgués. En  este punto creo que nos queda a deber, porque tengo la certeza de que el autor puede y nos adeuda ya un libro más universal, más social podríamos decir. Me atrevo a decir que ha indagado más que cualquiera de nosotros sobre este tan polémico y actual tema: el bienestar de la humanidad. No tengo duda de que su nivel de conocimiento sobre el tema podría llevarlo y llevarnos aún más lejos en la reflexión en torno a cómo le haremos para alcanzar el bienestar social.

Las referencias a Bertrand Russell, Luigi Amara, los informes de la ONU, pero especialmente a Epicuro y sus tres tipos de placer, creí que nos conducirían por ese camino y no es que quiera un libro académico o un tratado teórico, por supuesto que no. Si algo tenemos claro es que no debemos perdernos en la teoría, el bienestar es urgente y debemos empezar a vivirlo. En realidad me refiero a que nos ayude a entender, a través de sus lecturas y su estilo tan  desenfadado, las ideas de esos otros que desde hace mucho tiempo y en muy distintos lugares han discutido la felicidad. Que nos ayude a preguntarnos sobre el cómo, como sociedad, podemos llegar al ansiado estatus o ¿acaso es un decisión individual? Permítanme decirles, tan sólo por polemizar, que yo entiendo que sí; que en buena medida, buscarse el bienestar es una decisión propia, pues más allá de contar con los recursos económicos, se necesita decisión, se necesita conocerse uno mismo y creo que el autor ya nos lleva ventaja.

Casi para terminar, quiero compartirles que la lectura me invitó a darle orden a una idea que me ha merodeado desde unos años, permítanme exponerla brevemente: según yo, el bienestar me llegó con la edad, con dinero para lo necesario y mucha espiritualidad; no tengo muy claro en qué forma y tiempo se sucedieron estos factores, pero desde entonces me he cuestionado ¿será así para todas las personas? De ser así ¿podremos hacer algo para que los jóvenes se sientan bien?  ¿Qué hacemos para que los pobres dejen de ser pobres y se sientan mejor? También me pregunto cómo le hacen los que no creen en nada ni en nadie para estar bien. Más allá, es posible pensar en si habrá algo que nos haga sentir bien a todos al margen de los factores anteriores.

En esto y muchas cosas más me puso a pensar Enrique, estoy segura de que al disfrutar de su lectura, ustedes terminarán por enumerar sus otras formas, sus propios tiempos y sus oportunidades para estar bien. También es posible que terminen por envidiarlo, difamarlo y hasta maldecirlo. De mi parte, sin mala leche, te agradezco mucho que lo hayas escrito, que muevas las neuronas, que dediques todo el tiempo que tú sí tienes para continuar la reflexión y compartirla con nosotros porque, digo, bien podrías haberte quedado con tu pinche bienestar a solas.

*Profesora-investigadora del Centro de Estudios e Salud y Sociedad.