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La imagen fue capturada por Jesús Morales.

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PLAZA HIDALGO TOTAL

Se dice fácil: 35 años de El Colegio de Sonora

María del Carmen Castro Vásquez.*

Mi historia en El Colegio de Sonora registra muchos eventos, buenas noticias, anécdotas inolvidables, amistades entrañables y, lo menos, alguna desazón o desencuentro. Pero de una cosa estoy segura: al final, el saldo es bueno. Hago esta nota sobre mi vida profesional de casi 25 años en El Colegio de Sonora, en los que he tenido diferentes estatus: desde 1994 se me brindó la oportunidad de trabajar como investigadora a jornada completa, pero desde el verano de 1983, casi para terminar mi licenciatura en sociología, hice mi servicio social. Así que este escrito me ha llevado más tiempo del que pensé, para reconstruir en mi memoria algunos datos, y me doy cuenta que en cada etapa tuve la fortuna de tener el apoyo de sus investigadoras/es, la mayoría de gran calidad humana, a quienes reconoceré y agradeceré su confianza.

En mi servicio social aprendí tanto que aún es parte de mi desempeño como investigadora; participé en la magna obra de la Historia General de Sonora revisando archivos hemerográficos de los periódicos El Pueblo y El Imparcial, así como expedientes en el Archivo General del Estado de Sonora, tarea por demás ardua, sistemática y apasionante que me permitió confirmar mi vocación. Desde esa experiencia aprendí lo que era trabajar en equipo y entendí que la investigación social debe ser rigurosa, seria, honesta, es decir, científica.

Arrancando 1985 me sumé a la planta como ayudante de investigación; pocos años después como estudiante de maestría y, afortunadamente, en 1994 pude reincorporarme como investigadora en la línea de salud. En paralelo fui haciendo familia propia y, por suerte, mis maestras también eran madres, sensibles a los altibajos de la maternidad, así que los días difíciles eran menos al contar con un buen margen de flexibilidad en las tareas. Este oficio se caracteriza por su doble filo, la creatividad no tiene horario fijo, pero sí mucha disciplina.

Soy privilegiada por ser parte de la historia del Colson, incluso un producto de su desarrollo y de sus esfuerzos. A la distancia recuerdo cómo aprendí a trabajar en computadoras, que estaban en un solo salón y no en cada cubículo como ahora. Ni qué decir de la diferencia en la tecnología de hace 30 años frente a la que ahora usamos.

Aunque El Colegio es ya una institución consolidada y cuenta con un prestigio fuera del estado y del país, el asombro de extraños es saber que somos un centro con 33 investigadores/as, que contamos con un posgrado de alta calidad y la mejor biblioteca de ciencias sociales del noroeste. Otro de sus mayores activos es la valía de su gente. Durante la última década tuve la oportunidad de asumir la responsabilidad como directiva por más de un lustro, lo que me permitió conocer a fondo su comunidad. Ninguna institución es abstracta, ni funciona sin la fuerza y sentido que se construye día a día por quien la habita y la construye, por eso me atrevo a afirmar que es una institución noble, porque el esfuerzo de todos y todas la ha hecho así, acorde al sello que su rector e investigadores/as fundadores le imprimieron.

Muchas veces escuché decir que El Colegio era una gran familia y así se sentía. Esto implica reconocer los altibajos, los dolores del crecimiento, y enfrentar coyunturas difíciles, a veces realmente duras, de las que hemos salido, a veces raspados, pero bien y para adelante. Esto sigue siendo posible por la calidad de su gente, ni duda cabe.

Reitero mi más sincera felicitación a nosotros, El Colegio de Sonora y su comunidad, que ha sabido ganarse el reconocimiento en el campo de la investigación social, aportando al desarrollo del estado a través del conocimiento y la formación de recursos de alto nivel; es una institución plena que, aunque sigue enfrentando dificultades, acorde al contexto (más externo que interno), no cejará en el esfuerzo de seguir el camino trazado hace ya 35 años.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.