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FOTO DE LA SEMANA: Playa

La imagen fue capturada por Iván Aarón Torres Chon.

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Lluvias benditas, lluvias malditas

 Álvaro Bracamonte Sierra.*

Las marchas del 12 de febrero no funcionaron. En el epicentro político del País apenas se movilizaron unos 20 mil capitalinos y aquí en Hermosillo alrededor de 50 personas; algo similar resultó en otras ciudades que se habían sumado a esta convocatoria auspiciada por reconocidos académicos, asociaciones civiles y líderes ciudadanos. Total, que la pretendida unidad nacional no se pudo conseguir. Celos, protagonismos desbordados y esencialmente dudas sobre quién resultaba beneficiado terminaron por arruinar las buenas intenciones de los convocantes.

La duda no eran algo trivial: pese a que la marcha pretendía ser muestra de resistencia contra Trump y sus polémicas políticas migratorias y comerciales, algunas voces ciudadanas no tuvieron empacho en plantear que el objetivo era manifestar la unidad en torno al presidente Peña Nieto. Fue justamente esa especie la que marchitó los resultados. Hubo quienes adelantaron que acudiría una muchedumbre similar a la del 2004 cuando participaron alrededor de medio millón de personas en protesta por la inseguridad que vivía el País y la Ciudad de México.

Sirva la confusión generada por la malograda movilización para entender, así sea forzadamente, la verdadera causa de los estragos que de seguro dejaron las lluvias del fin de semana en Hermosillo.

Estos temporales son verdaderas bendiciones para la entidad: permiten la recuperación del acuífero, reverdecen los polvosos y amarillentos camellones de los bulevares y, sobre todo, benefician a los agricultores de La Costa, especialmente a los garbanceros, pues muy probablemente se ahorran un riego, lo cual representa un ahorro sustancial en los costos de producción. Pero los bienes suelen venir acompañados de sus propios males. Las lluvias en Hermosillo son un depredador de la carpeta asfáltica. Las del fin de semana corroboraron que son un enemigo que da al traste con los esfuerzos de rehabilitación de las desvencijadas calles de la capital. Ya sabemos que estas exhiben desde tiempo atrás muchas patologías acumuladas: baches, hundimientos, cuarteaduras, desniveles, etcétera; no es un exceso decir que tal deterioro inhibe la competitividad urbana.

Habría que reconocer que las autoridades municipales han avanzado en la interminable tarea de reducir esa problemática. Como si fuera una tarea a cumplir, cada tres o cuatro meses anuncian millonarias inversiones en repavimentación y arreglo de baches; sin embargo, esas acciones parecen limitarse a las vías primarias, es decir, a rutas que concentran la mayor parte del aforo vehicular, pero se dejan semiabandonadas las calles de los barrios y colonias. La tormenta del fin de semana acentuó las averías y seguramente maltrató la cinta asfáltica recién tendida. Las autoridades deberán hacer un balance de esas abolladuras; mientras tanto vale la pena proponer que el problema no son las lluvias sino el procedimiento utilizado para rehabilitar, bachear o pavimentar los bulevares y avenidas hermosillenses.

A juzgar por lo que se observa a simple vista, las cuadrillas de trabajadores municipales o de empresas subcontratadas mantienen las mismas prácticas que ya han demostrado ser poco efectivas: limpian el área dañada, echan un poco de chapopote y luego agregan el asfalto.

En muchos casos el remedio aplicado resulta peor que el mismo bache. La calidad de los materiales utilizados es dudosa, ya que desaparecen a las primeras de cambio junto con el agua que corre por las calles. Es imperativo contar con drenaje pluvial, pues sin este el pavimento se deteriora prematuramente. Como afirman algunos, el problema nacional no es Trump sino los gobiernos que tenemos. En el caso de los baches sucede algo parecido: no es la lluvia el problema sino la carencia de un diseño integral en las actividades de rehabilitación de las calles y avenidas de la ciudad. Sobre esto hay que trabajar mucho en el futuro.

*Doctor en Economía. Profesor-investigador de El Colegio de Sonora.