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La imagen fue capturada por Iván Aarón Torres Chon.

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Sonora no es Tamaulipas: la violencia criminal

Antonio de Jesús Barragán Bórquez.*

 

Una vez, en una sola noche mataron a sesenta halcones que andaban en los taxis, eran de los Z, rentaban los taxis para hacer la vigilancia, y en una sola noche los mataron […] Hace como tres años, cuando pasabas por el servicio médico forense, por las alcantarillas salía el olor a sangre, a muerte, de lo fuerte que estaba todo”. Me contaba un taxista de algún sitio de Tampico, Tamaulipas, cuando visité esas tierras en meses recientes.

Personalmente, resulta estremecedora la normalización de la violencia extrema que se dejaba entrever en cada conversación que mantuve cotidianamente con los vecinos de aquel estado norteño durante mi estancia. También resulta particularmente curiosa la forma en que se percibe una sensación de que “casi todos tienen cuentos de horror para compartir” y no sopesan hablar sobre ello, según fuera la experiencia vivida en carne propia. Se puede decir que, en términos de victimización, la ciudadanía Tamaulipeca ha sido trastocada por la violencia criminal organizada ya sea de manera directa o indirecta. Así pues, la víctima de los secuestros exprés, de extorsiones, levantones, cobro de cuotas y demás bagaje criminal, es el ciudadano común, o las víctimas se encuentran en su círculo social primario. Al respecto, la siguiente narración:

“Mi hijo vive en otro lugar porque me lo secuestraron hace como dos años. Fue tremendo todo eso, yo me quería morir porque no sabíamos qué hacer, de dónde íbamos a conseguir el dinero. Yo entiendo que a la gente que tiene, pues la secuestren, pero a los que no tenemos… Gracias a dios que lo rescataron, y mejor se fue, se tuvo que ir porque no podía dormir, le daba miedo todo, o sea, te dejan con un trauma”. Me comparte su experiencia personal una señora que atendía una panadería cercana al hotel donde me instalé. Y así surgían historias similares a la anterior, donde la víctima había sido algún primo, sobrino, amigo, vecino o conocido cercano.

Sonora no es Tamaulipas. Las características que han adquirido las formas en que se expresa la violencia del crimen organizado son distintas. En Sonora, no se ha desquebrajado o dañado tan severamente el llamado “tejido social”. Dicho deterioro de la vida social por lo regular se alimenta de las deficiencias que tiene el Estado para atender integralmente la problemática de la criminalidad organizada y el narcotráfico, así como por el modo de operar adoptado por los grupos criminales.

Ejemplo de lo anterior me comparte otro taxista de Tamaulipas: “A todos los que tienen un negocio aquí, les cobran piso. A la dueña del sitio [de taxis] le cobran semanalmente, y yo supongo que nos lo descuenta de lo que le pagamos a ella. El número que ves aquí [señala un número estampado en el vidrio del taxi] significa que le estamos pagando piso a la maña, y al que no tiene  ese número y lo llegan a ver los mañosos, lo levantan y le dan una ‘madrina’ para que pague cuota”.

Sonora y Tamaulipas comparten muchos elementos en cuanto al crimen organizado, pero también poseen muchas y notables diferencias. Como lo señala el periodista y escritor Diego Osorno: “Si Ciudad Juárez es el epicentro de nuestro dolor, como decía Javier Sicilia, Tamaulipas es entonces el epicentro de nuestro horror”, en referencia a los rompimientos de los paradigmas del ejercicio de la violencia que ha protagonizado dicha región.

“Esto no estaba así hace seis años, antes la noche parecía de día, había mucho movimiento, mucha gente en las calles, muchos carros, los negocios abiertos, los antros, todo, ahora no”.Platica un taxista de Altamira, Tamaulipas.

Como en Tamaulipas, la realidad de muchas entidades de la república mexicana ha venido cambiando por la violencia, y Sonora no es ajeno a ello. En nuestro estado fronterizo con Arizona, Estados Unidos, a mediados del 2010 se presentó un evento sin precedente hasta la fecha. Dos grupos del crimen organizado que operaban en Sonora protagonizaron, en un tramo de la carretera que conduce a Tubutama, Sonora, cerca de la frontera con Estados Unidos, el enfrentamiento armado más grande que se haya dado entre dos organizaciones criminales. Este duró más de cuatro horas. Las cifras oficiales hablan de 21 muertos.

De igual forma, el fenómeno de los desplazamientos de familias y comunidades enteras en la zona serrana debe considerarse un tema delicado y entenderse, a su vez, como una consecuencia de la “guerra del narco”. Así como lo que está sucediendo en Cajeme, Guaymas o zonas de la frontera. Son temas emergentes de la violencia.

Cuando Emilio Durkheim, uno de los principales pensadores de la sociología clásica, empleaba el concepto de anomia, lo hacía para referirse a la carencia o debilitamiento de las reglas y normas sociales, lo que viene a representar un verdadero obstáculo para la integración social adecuada tanto de grupos sociales como de individuos. Es precisamente este estado de anomia lo que se puede observar en Tamaulipas y en algunas regiones de Sonora, en especial la zona de la sierra donde son los grupos criminales organizados los que imponen y regulan la vida social de las comunidades imposibilitando su desarrollo normal y “adecuado”.

Este mismo autor, desde hace más de un siglo, señalaba que la criminalidad es un fenómeno normal en cualquier sociedad, ya que no hay sociedad conocida sin algún nivel de criminalidad; sin embargo, hoy podemos apreciar niveles nunca antes visto en nuestro país y región, no solo en términos numéricos, sino también en las formas que adquiere la misma práctica de la violencia criminal.

Solo en el 2016, en México fueron ejecutadas más de 11,000 personas, lo que representa un incremento de casi 50 por ciento en comparación con el 2015, según informes de la organización civil Semáforo Delictivo. De enero a noviembre, en Sonora fueron ejecutadas 355 personas y 488 en Tamaulipas. En ese mismo tiempo se cometieron 135 secuestros en el estado del Golfo de México y únicamente 6 en Sonora. De igual forma, las denuncias por extorsiones en Tamaulipas fueron 96, mientras que en Sonora dicha cifra se elevó a 128.

Las sociedades afectadas por la violencia se encuentran desamparadas y sumidas en un proceso de degradación y continua aceptación de su situación. Como me comparte un chofer de sitio de Tamaulipas: “Últimamente se ha calmado todo, pero se calma y la gente vuelve a agarrar confianza y vuelven las balaceras, y la gente deja de salir a la calle, y luego se vuelve a calmar y así […] nos acostumbramos a todo esto, no nos queda de otra, tenemos que trabajar”.

Si bien Tamaulipas no es lo que era hace tres años en cuanto a la violencia descriptiva y gráfica que solía reproducirse allí, cuando sus tierras fungían como escenarios para las grabaciones de los videos snuff más brutales que han recorrido el internet, aún así no puede aseverarse que actualmente esa entidad se encuentra en plena tranquilidad. Las características que adquirió la violencia en Tamaulipas llegaron a su cúspide hace tiempo. En ese mismo sentido, lo que se puede observar en esta entidad es la fragmentación de las organizaciones que allí operan, pugnas internas entre los diferentes grupos, que acarrean gran inestabilidad a su estructura criminal y, por consecuencia, el mantenimiento e incremento de la violencia.

Ante tan grave y profunda crisis de la vida social y el descrédito de los organismos del Estado, las personas comunes que han padecido y que han sido expuestas a estos modos de violencia comienzan a buscar su seguridad espiritual. El tema de Dios fue una constante en el discurso de las personas con quienes platiqué en Tamaulipas, y es que en tal escenario resulta bastante coherente y razonable la búsqueda del refugio espiritual.

Para el extranjero corriente Dios también forma parte de las encomiendas comunes echadas al vuelo para emprender el viaje por aquellos territorios. Ante la advertencia “cuidado con los taxis”, uno debe de ser precavido en su andar. “Nosotros somos el sitio de taxis de lo más seguro, porque en otros sí ha pasado que asaltan o secuestran […] me ha tocado pasar por donde se han dado balaceras un minuto antes y ver cuerpos de gente allí tirados, de mucha gente”. Expresa el mismo taxista. Cabe resaltar que la cantidad de taxis por la ciudad suele ser enorme.

Por otra parte, parece ser que los grupos del crimen organizado que operan en aquella esquina de la república mexicana han roto violentamente el lazo que les unía con el resto del grupo social al que pertenecían. Esto ha venido a desequilibrar el conjunto de elementos que permitían mantener una relativa paz en el binomio criminalidad organizada-sociedad.

A pesar de la actual disputa por los diversos territorios, rutas y plazas que lleva a cabo tanto en Tamaulipas como en Sonora, la forma en que las organizaciones entienden su despliegue bélico parece ser diferente. Pensar en la violencia que se vive en Tamaulipas es irse al extremo. En aquel territorio el crimen organizado ha emprendido la tarea de extender sus actividades a determinados rubros desde hace algunos años, de modo que la población general de los lugares donde establecen sus bastiones de operaciones se ve afectada. Hipotéticamente, ahí los delitos como el cobro de cuotas, extorsiones y secuestros exprés parecen tener efectos sociales diferentes que aquellos relacionados con el narcotráfico.

En cuanto a niveles de violencia criminal, Sonora no es Tamaulipas, porque la sociedad sonorense no ha sido afectada de un modo tan severo como lo está siendo la tamaulipeca. En Sonora, el tejido social todavía no huele a podrido. Y partiendo del hecho de que los fenómenos sociales como el narcotráfico y crimen organizado tienden a cambiar con rapidez, lo que preocupa es aproximar una posible respuesta a: ¿Sonora podría llegar a ser Tamaulipas? o ¿Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Veracruz?

*Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora. E-mail: xntonio@hotmail.es