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    Gerardo Cornejo Murrieta.  

FOTO DE LA SEMANA: Cactus

La imagen fue capturada por Iván Aarón Torres Chon.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

ROSINA CONDE

La sierra y el viento de Gerardo Cornejo

Rosina Conde

 

Como buen hijo de pioneros, Gerardo Cornejo (Tarachi, 1937) heredó de sus padres el gusto por dedicarse a la creación de proyectos fundacionales, prueba de ello son El Colegio de Sonora, la Asociación Mexicana de Población y la Sociedad de Escritores Sonorenses,[1] instituciones en las que se preocupó por promover la historia y cultura de su estado natal. De hecho, cuando yo lo conocí en los años ochenta, él y yo platicábamos sobre la importancia de hablar sobre nuestros temas regionales y de literaturizar el habla local, no tanto por diferenciarnos de los escritores del centro de la República, sino por crear vínculos con nuestros coterráneos por medio de una literatura que se identificara con nuestras tradiciones y vida cotidiana, nuestra geografía, naturaleza y entorno; de una literatura cercana y afín que nos permitiera seguir nuestros pasos para vernos reflejados en nuestros hábitos y costumbres.

En este tenor se encontraban, asimismo, escritores de su misma generación y de generaciones posteriores, como Abigael Bohórquez (Caborca, 1936), Jesús Gardea (Ciudad Juárez, 1939), Federico Campbell (Tijuana, 1941), Juan Manz (Ciudad Obregón, 1945) y José Vicente Anaya (Villa Coronado, 1947), tan solo por mencionar a algunos, quienes, además de escritores han sido, como Gerardo, invaluables promotores culturales, ya fundando instituciones, talleres, revistas y casas editoriales, ya promoviendo y recomendando a quienes vinimos a seguir sus pasos, ya organizando encuentros y festivales para impulsar a los escritores noveles. En efecto, es mucho lo que yo y mis coetáneos norteños les debemos a todos ellos, de quienes aprendimos a cultivar una escritura sin más aspiraciones que la de hacer literatura regional.

Además de conferencista, participante y expositor en seminarios, simposios y foros, no solo nacionales, sino mundiales, Gerardo escribió cuento, crónica, ensayo, novela y poesía. Entre sus libros se encuentran La sierra y el viento, Al norte del milenio, El solar de los silencios, Cuéntame uno, Las dualidades fecundas, Balada de cuatro rumbos, Un pedazo de sierra que camina  y Como temiendo al olvido.

La obra que hoy nos ocupa, La sierra y el viento, en su novena edición, es una muestra fehaciente de una literatura que imprimió la marca del norte de México, en este caso de Sonora, no solo al preocuparse por registrar la geografía y lenguaje del estado, sino su tradición en términos particulares. Por medio de un narrador testigo, La sierra y el viento nos cuenta la historia de un vaquero y su familia que se enfrentan a las inclemencias de la naturaleza para construir lo que inicialmente se llamó Colonia Irrigación y luego Villa Juárez, después de bajar de Tarachi, un poblado de la Sierra Madre sonorense.

Nuestro “silencioso espía”, como se autonombra el narrador, cuenta cómo a los siete años de edad empezó su recorrido por sierras y valles junto con sus padres y hermanos, en un recuento de los tiempos que se enfrentan como “cascada de remembranzas” (21) hasta los 17 años en que tiene que partir de su estado natal para trasladarse a estudiar a Ciudad de México. La novela se divide en tres partes: la primera, que abarca aproximadamente la mitad del texto, inicia con la toma de decisiones de los padres del narrador, quienes deciden emigrar de la sierra al cerrarse la mina para buscar un futuro mejor para sus hijos, y documenta el viaje hasta llegar a Cajeme, en el valle del Yaqui; la segunda parte, que comprende casi en su totalidad la otra mitad, tiene que ver con la toma de posesión del nuevo hogar de la familia, la domesticación del desierto y la construcción de la colonia Irrigación, y la tercera, de escasas nueve páginas, es una especie de epílogo en el que el narrador testigo toma conciencia de su vida al entrar en la adolescencia y luego decide seguir los pasos de su padre y tomar las riendas de su destino para irse a estudiar a la universidad.

 

Los personajes y su entorno

 

La primera parte de La sierra y el viento está poblada de narraciones hiperbólicas y maravillosas propias de la tradición oral. En el recorrido que va desde Tarachi hasta el valle del Yaqui, los padres les van contando a sus hijos anécdotas e historias de la región para entretenerlos, historias que surgen de las situaciones que se presentan a lo largo del camino, como la del mentiroso Toribio y el mitómano Maximino Salayandía, las cuales se han mantenido vivas entre los pobladores gracias al viento que, como todos sabemos, es el mejor conductor del sonido, en este caso, de la palabra viva: la palabra hablada.

De acuerdo con Walter Ong,[2] en su estudio sobre la tecnología del lenguaje, la palabra oral es movimiento, es acción, pero no solo eso, sino acción rítmica, y en la novela de Cornejo es evidente cómo la palabra es accionada conforme un ritmo que se va acoplando a los cambios del paisaje. Mientras que, en la sierra, las historias que recuerda el narrador tienen que ver con los mitos y leyendas, es decir, con el pasado y sus orígenes, al llegar al desierto se refieren al derrumbe de los mitos de la modernidad, como el tren, el automóvil, el tractor y la ciudad, para resaltar el trabajo arduo y constructivo del hombre en la fundación de las nuevas poblaciones que surgen con la promesa de la repartición de tierras.

La sierra, lugar de origen del narrador, aun cuando se presenta como un espacio que se niega a darle al ser humano más de lo que este le exige, se muestra como un espacio amable que le brinda lo necesario para su subsistencia: agua, vegetales y animales para su alimentación, madera para la construcción de su vivienda, clima fresco y agradable, etcétera, y le brinda, asimismo, historias que reaniman la memoria durante las noches de fogata. Al desprenderse de este entorno, de entrada, el narrador nos transmite su sentimiento de ruptura, así como de desolación y espera, al vislumbrar un futuro sin fronteras que le da una idea de desesperanza, precisamente porque no hay un punto de término. Cuando los padres toman la decisión de partir e inician los preparativos para el éxodo, nos dice el narrador:

 

Y la vida, desde ese momento, se convirtió en un estado de espera. Pero de una espera sin alegría, de una especie nueva de ansiedad, como si estuviésemos navegando en un río cuya corriente nos llevara forzosamente hacia el lejano ruido, ya perceptible, de su desembocadura, por la que tendríamos que pasar antes de internarnos en un mar remoto y sin fronteras. Se iba abriendo paso el futuro irrumpiendo, implacable, en nuestro presente, y eso nos causaba un sentimiento de ruptura: de fin y principio; de lucha entre dos tiempos. Aquel hermoso presente de niñez y montaña iba a perder la batalla y de él sólo sobreviviría el olvido.

Nuestras tiernas mentes entonadas al ritmo de lo natural, ahora tendrían que aceptar un vuelco definitivo. Nuestros ojos acostumbrados a reflejar siluetas de la sierra, serían ahora espejo de desconocidas lejanías (27).

 

Y aunque inmediatamente después comenta que el olvido sería posteriormente vencido “por una avalancha de recuerdos” (27), el narrador refrenda el desasosiego, principalmente de los adultos, cuyo arraigo era “más profundo”.

Si bien el narrador nos presenta al protagonista, en este caso el padre, como un ser integrado con la naturaleza, en el momento en que se siente expulsado por la sierra, se muestra en su plenitud para manifestarse como un hombre arrojado, con visión providencial y fortaleza espiritual que todo lo puede, un protagonista protector que toma en las manos su destino y, por lo tanto, es capaz de conseguir lo que se propone a costa de trabajo y esfuerzo, sin importar el costo: “Y ahí adelante, con su decisión hecha y su voluntad de piedra, iba mi padre, callado, abriéndose paso por entre la vida. Por eso me parecía un dios mirando de frente al mundo, y es que era un hombre tomando posesión de su destino” (31). En consecuencia, el padre, no solo es el encargado de proteger a la familia y animales que dependen de él, sino de domeñar a la naturaleza y transformarla, de someterla a su arbitrio para hacer de ella un espacio tranquilo y apacible, sereno, amigable y amable con el ser humano, labor de todo constructor de nuevas sociedades.

En contraste con la sierra, la mirada del niño nos presenta el desierto como un espacio hostil, agresivo y violento que actúa defendiéndose conforme el hombre avanza, y lo hostiga con su calor, sus espinas y animales ponzoñosos, y para domeñar tal monstruosidad, nos presenta al padre, de tan solo 28 años de edad, con esposa y seis hijos, como un luchador innato, de corazón valeroso que no se arredra ante los avatares de la naturaleza: no le importa que los cactos le lancen sus espinas cuando los arranca de la tierra, o que el sol calcine la arena y lo ataque con mordeduras de cascabel, o que los vientos de junio lo agredan con sus implacables tolvaneras; lo único que le importa es tener un pedazo de tierra y asegurarle a su familia un futuro próspero y feliz, a costa de lo que fuera.

Y lo que siguió fue un enfrentamiento mortal. Aquello no era sino un páramo desértico salpicado de chaparral espinoso que consumía hombres y bestias de carga sin piedad. Cada hectárea exigía tres meses de trabajo empecinado porque había que arrancar los mezquites desde la raíz y tumbar las pitahayas echándose a correr después de cada hachazo para no ser alcanzados por las espinas que saltaban como avispas al impacto. La intrincada maraña de cactos de todas las especies imaginables se prendía en sus ropas rasgadas para hundirse en sus carnes escasas. ¡Cuántas veces nuestras azoradas infancias presenciaron aquellas estampidas de apuro para auxiliar a quien había sido mordido por una cascabel! Parecía que todos los reptiles de veneno habían elegido el valle para reproducirse y no hubo alimaña ponzoñosa que no quisiera competir con las demás en su guerra defensiva contra el hombre (96).

 

Sin embargo, a fuerza de tesón, solidaridad y constancia, a la vuelta de los años, vemos cómo la naturaleza es domesticada y cómo crecen los arrozales y los cultivos de trigo y algodón; cómo se siembran los primeros árboles y plantas de ornato; se construye la primera escuela; pero, también, cómo llegan por sorpresa las lluvias torrenciales que todo lo arrasan, inundando calles y desmoronando las casas de adobe.

Pero si bien el desierto es implacable, el hombre es otro de los enemigos a vencer en esta lucha por la vida, y nuestro protagonista tiene que enfrentarse, además, a la burocracia y las redes de corrupción para poder conseguir un pedazo de tierra, por lo que el viaje no termina ahí, sino que tiene que continuar hasta la capital de la República. Aquí se reafirma el concepto de la falta de fronteras manifestado por el narrador desde el principio de la novela, ya que todas las decisiones se toman en el centro de la República, a miles de kilómetros de distancia, en medio de cuadros de poder que tienen intereses más inmediatos que el desierto. A pesar de todo, nuestro protagonista consigue su objetivo y regresa triunfante con las escrituras de su nueva propiedad.

Hacia el final de la segunda parte de la novela, el narrador habla de una tercera migración que baja de la sierra, que traía consigo “una generación de primos desconocidos y tíos legendarios”, que cargaban otro “bagaje de remembranzas” (135), y el círculo se cierra al retomar las historias de la sierra.

 

El lenguaje

 

Como en toda novela de testimonio y tradición oral, lo cual se constata por las continuas pláticas nocturnas alrededor de la fogata, salta a la vista el lenguaje poético de las historias que se entretejen con los recuerdos del narrador. Retomando a Walter Ong, vemos que el lenguaje en este tipo de textos, además de situacional y rítmico es sumamente acumulativo, hiperbólico y antitético, por lo que es común en la novela el manejo de tropos o figuras poéticas, como metáforas, hipálages y oxímoros. Por ejemplo, en una ocasión, para dar a entender que el destino está lejísimos, nos dice que está a “cientos de kilómetros más allá de la chingada” (24); y cuando el minero consideraba que las chispas de oro que había sacado de la mina ameritaban un viaje a la ciudad, el narrador nos dice que “ya pesaban un viaje” (24); también se refiere a los ojos como “espejos de desconocidas lejanías” (27); a la fogata como “calor artificial” (29); al venado como “ligereza astada” (43); a lo agreste de la naturaleza por donde tienen que cruzar como “hostilidad hecha camino” (37); los arroyos son “hilos de agua” (73); el río, “camino líquido” y “arteria hinchada por la que bajaba la vida desde la cordillera” (73); el mar, “inmensidad azul sin límites, una infinita llanura líquida que se movía” (122); el sacerdote, “un difusor del miedo” (121). Son menos comunes las hipálages y los oxímoros, pero no por ello ausentes, como el “disparo sordo” (40) que se escucha cuando a un guardia se le dispara accidentalmente su pistola y lo hiere en la pierna, y más adelante se escucha un “disparo sofocado y tardío” (41) para indicar que, a la distancia, mataron a su caballo despeñado.

Son comunes, asimismo, las antítesis, como cuando habla de la “confluencia de lo que moría y de lo que comenzaba” (30); las prosopopeyas, como cuando las plantas se defienden al ser arrancadas y lanzan sus espinas (95-96) o las alimañas atacan en su “guerra defensiva contra el hombre” (96). Las hipérboles en su forma más simple también se hallan presentes, como cuando dice “aquel vaquero amable que más parecía una porción de paisaje” (36) o “el llano estaba todo bañado de horizonte” (107) o cuando se refiere al indio Vidal como “un trozo de sierra hecha persona” (136); pero el tratamiento hiperbólico es más común a lo largo de las historias encadenadas, principalmente en las de Toribio (43-46) y Maximino Salayandía (47-50), que son un tributo a la imaginación y la mitomanía. Pero ¿qué tradición puede crear un pueblo sin los mentirosos y los mitómanos?

Toribio, “arriero de lobos, cazador de leones montaraces, escalador de cascadas, había hecho de la mentira un arte”, y tenía la particularidad de crear una serie de imágenes fantásticas por medio de sus construcciones lingüísticas, lo que le daba cierta reputación entre los pobladores de la comunidad, quienes se sentaban en completa seriedad a escuchar sus relatos. Estos, junto con los de Maximino, ya se repetían de generación en generación, y empezaban a fundirse con la leyenda.

A lo largo de la novela, encontramos otras anécdotas encadenadas con la historia de nuestros protagonistas, que hacen que el texto cobre conciencia de la riqueza de sus valores éticos, como cuando se cuenta la historia del guardia despeñado y se exalta el valor del individuo por encima del valor del oro. “Fue en los tiempos en que valía más la vida de un hombre” (39), comenta el padre del narrador; o la historia de los colonos que viajan a Ciudad de México a solicitar que se les considere en el reparto tierras, quienes parten “cargando la mirada de ansiedad de todos sobre sus espaldas” (100), en la que se condena la burocracia y la corrupción; o la del indio Vidal, quien se suicida por no verse humillado frente a una jovencita que lo desprecia en amores.

 

A manera de conclusión

 

Como hemos visto a lo largo de esta exposición, La sierra y el viento es una novela con grandes valores literarios que no ha perdido vigencia. Además de entablar un diálogo directo entre dos geografías opuestas de Sonora, como son la sierra y el desierto, proporciona fuentes orales que hablan de la riqueza cultural del estado, por medio de un lenguaje plagado de giros lingüísticos sonorenses. La novela es rica en tropos e imágenes; tiene un abanico muy abierto de personajes que contrastan entre sí; dosifica muy bien las partes duras de la vida con los remansos de paz, y todo lo cuenta a través de una mente inocente incapaz de tomar partido y prejuiciarnos como lectores.

No sé si este libro forme parte de las lecturas de los estudiantes de secundaria; pero, si no es así, yo recomendaría que, para empezar, se incluyera en el catálogo de lecturas del plan de estudios local, lo que haría muy feliz a Cornejo en su tumba, ya que él siempre habló del sentido de pertenencia y su gran amor por Sonora.

 

Muchas gracias


[1] Josué Barrera, Casa del Tiempo, núm. 10: 45-46.

[2] Walter Ong, en Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, trad. Angélica Scherp, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 40.