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¿Qué nos está diciendo la violencia en las escuelas entre la niñez y la adolescencia?

Mariana Becerra Sánchez*

Quizá los terribles hechos ocurridos el 18 de enero de este año en una escuela en Nuevo León hayan suscitado análisis desde distintas perspectivas que traten de examinar cuáles pudieron haber sido las causas para que un estudiante atentara contra la vida de sus compañeros, la de su maestra y la suya.

Existen desde las explicaciones que lo atribuyen a enfermedades de tipo psicológico hasta las que lo analizan como parte de la descomposición social que está viviendo nuestro país. Lo cierto es que este hecho se veía en nuestro contexto como algo posible pero lejano. Eran eventos que sucedían en el país vecino del norte y en algunos otros de Europa, por lo que el suceso de Nuevo León dio una fuerte sacudida a las instancias gubernamentales de los tres niveles, a la academia y a la sociedad en general.

Esta sacudida deja ver que no se están llevando a cabo las estrategias adecuadas para tratar el problema en toda su complejidad. Lejos de ser un hecho aislado, es apenas la punta del iceberg, pues desgraciadamente existe el riesgo de repetirse. En buena parte de las escuelas se han presentado hechos que tienen que ver con actos de violencia entre la niñez y la adolescencia; algunos de ellos son casos llamados estrictamente de acoso escolar o bullying.

Las consecuencias del acoso escolar son variadas y van desde las lesiones físicas, pasando por el daño psicológico, hasta la muerte. Los agresores no están exentos de estas consecuencias, también hay que considerar a espectadores o alentadores, pues pueden convertirse en víctimas o incrementar su tolerancia para cualquier tipo de violencia.

En nuestro país, desde 2014, el gobierno reconoció la necesidad de atender este particular tipo de violencia con algunas acciones que debía realizar la Secretaría de Educación Pública (SEP); no obstante, hoy en día no hay resultados contundentes y algunos de ellos son criticables en razón de que no están atendiendo las causas de raíz, sino apenas algunos malestares. Ejemplo de ello es el programa “Mochila segura” que pretenden implementar en todo el país después de lo acontecido, a pesar de que se ha subrayado en numerosas ocasiones que tiene poca efectividad.

Quizá disminuya el número de estudiantes que ingresan a la escuela con algún tipo de arma o droga, pero ¿impedirá que las porten y hagan uso de ellas en otros contextos como la calle o sus casas? En este sentido, estarían disminuyendo algunas situaciones violentas en la escuela, entendida solamente como espacio físico, pero no se estaría reduciendo la violencia entre la niñez y adolescencia.

Adicionalmente, esta problemática no se limita al espacio físico de la escuela, sino que transciende a otros planos, donde no solamente existe poco control sino que sus alcances y consecuencias son exponenciales, me refiero al espacio virtual.

La investigación social en este espacio, se puede decir, es relativamente reciente, pero cada vez más se insiste en la necesidad de atender el fenómeno y cubrir este frente, pues el hecho de que la violencia no se exprese de manera física, no impide otras formas de agresión que pueden conducir a la muerte.

El estado de Sonora no es ajeno a esta problemática y ya han habido denuncias ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos por agresiones y discriminación en la escuela. Si tomamos en cuenta que existen municipios del estado donde hay niveles elevados de violencia interpersonal y de violencia delictiva, más un fácil acceso a las armas, estaríamos hablando de que existe un caldo de cultivo que propicia estos actos. Por ello, es indispensable aplicar acciones efectivas, pues como dicen, más vale prevenir que lamentar.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.