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La imagen fue capturada por Jesús Morales.

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Programas detonadores

Alvaro Bracamonte Sierra. *

Las autoridades tienen tres o seis años para dejar huella de su paso al frente de la administración pública, periodo que puede resultar muy breve para cumplir con esa expectativa sobre todo cuando los recursos son escasos como sucede en la coyuntura actual. En algunos gobiernos esa tarea se facilita con la llegada de megainversiones decididas en el exterior. Fue el caso de Sonora durante el sexenio de Bours, quien se benefició del anuncio por parte de la Ford de que ampliaría sus instalaciones en Hermosillo a finales de 2003, justo cuando iniciaba su gestión. También al gobernador Félix Valdez le tocó verse favorecido por la carretera de Cuatro Carriles.

Para Padrés la obra emblemática sería el acueducto Independencia, aunque algunos podrán decir que su obra mayor es la corrupción. El paso de los años pondrá en su lugar la relevancia de esa inversión dado que todavía despierta pasiones incontrolables. En el Gobierno de Claudia Pavlovich el anuncio de obras emblemáticas se echa de menos. Es probable que por ganas no quede; sin embargo, la escasez de fuentes de financiamiento seguramente las está frenando, por lo menos en este año, a propósito de que la federación está en medio de un severo programa de austeridad. Sólo un ejemplo da cuenta de los recortes: los recursos del programa de estímulos a la innovación (PEI) que apoyan el escalamiento tecnológico de las empresas ha sufrido una severa disminución, lo que pone en entredicho el camino para que México pueda remontar el rezago que mantiene en esa materia respecto de muchas naciones del mundo desarrollado. Lo peor es que para el 2018 no se augura un panorama mejor. Al ser un año electoral, las acciones de Gobierno estarán reguladas por el Código Electoral, que inhibe la inversión durante el tiempo que duran las campañas. Además, si en la carrera presidencial se ve favorecido un político de un partido diferente al de la Gobernadora muy probablemente se acentuarán las dificultades para obtener ampliaciones presupuestales.

Por lo menos esto es lo que pasó en la gestión de Padrés: en la primera parte del sexenio, que coincidió con el segundo trienio de Calderón, Sonora obtuvo cuantiosos recursos federales. Desde luego estos se respaldaron con los ingresos extraordinarios que se conseguían vía la exportación de petróleo, de los cuales el peñismo sólo disfrutó el primer año, pues en los siguientes el derrumbe del mercado y la caída en la producción dieron al traste con esos fondos, que frecuentemente se utilizaban como válvula de escape financiero tanto por la tesorería federal como por las haciendas regionales y municipales. El panorama presupuestal no se vislumbra muy halagüeño a futuro. Con ese telón de fondo, a nivel local deberían articularse programas que no cuesten mucho y a cambio representen transformaciones sustantivas en el desarrollo social del estado. Se entiende que las autoridades están o deberían de estar en eso.

Valdría la pena pensar, por ejemplo, en acciones que ayuden a mitigar el problema de la obesidad que tanto afecta al país y a la entidad. Recientemente se publicó un texto que da cuenta de la magnitud del problema en México. En el prólogo, firmado por el doctor Narro Robles, actual secretario de Salud y ex rector de la UNAM, se señala que según los expertos el impacto económico que representa la obesidad rebasa los 40 mil millones de pesos en el año 2008 y se calculaba que esa cantidad se duplicaría en pocos años. La obesidad, como se sabe, detona enfermedades cardiovasculares, cerebrovasculares y la diabetes, que en particular es la causa de más de 80 mil defunciones anuales; no existe otra enfermedad que haya aumentado tanto en las últimas tres décadas. Un programa de prevención de la obesidad, en su sentido más integral y que redunde en buenos resultados podría ser la mejor obra emblemática de cualquier Gobierno estatal. Hay que pensar en ello, al menos.

*Doctor en Economía. Profesor-investigador de El Colegio de Sonora.