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La imagen fue capturada Jesús Morales.

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Entre las aguas vivas y el carro de fuego: semblanza de Alfonso Martínez Rosales.

 Armando Hernández Soubervielle y Jaime Cuadriello

Hay innúmeros colegas que son excelentes profesionistas, pero no todos logramos ser personas y personalidades, únicas o irrepetibles, al mismo tiempo. Alfonso Martínez Rosales, quien murió en la madrugada de este martes 18 de abril de la Octava de Pascua, era precisamente de esa madera de la que ya no hay: una vocación antes que una profesión. Pertenecía a una generación que es difícil que se repita en esta era de inundación informática y de eficiencia académica, pero carente de juicio y tradición. Nació, vivió y murió en/para su tierra natal, la ciudad de San Luis Potosí, urbe minera, desértica, levítica y virreinal que conocía palmo a palmo, documento a documento, como pocos. Más aún, desde dos dimensiones que casi nadie recorre al alimón: la espiritualidad y la materialidad. Esto solo ocurrió debido a su sólida y profunda formación jurídica y religiosa, sendas credenciales que le permitían explorar los significados profundos de sus monumentos y personajes.

Pero el legado más trascedente del doctor Martínez Rosales está en su docencia de tantos años, lo mismo en el aula formal como en la tertulia informal, desde el claustro de El Colegio de México hasta el entrañable salón de lectura, repleto de libros antiguos, de la neoclásica Casa de la Acción Católica en la ciudad de San Luis Potosí. Lo mismo en los recorridos de historia viva por las calles y plazas de las ciudades mexicanas, donde sus favoritas eran, además de su querido San Luis, la de México, Puebla, Atlixco, Salvatierra, Querétaro, Lagos y San Miguel. Demostró que para ejercer el buen magisterio no es necesario pasar por la ventanilla de la escolaridad, solo por la antesala de la amistad. En esto Alfonso fue pródigo, desprendido, generoso y acertado, incluso radical. Por eso el tiempo muchas veces le dio la razón, sobre todo cuando con el ímpetu juvenil sus alumnos no entendíamos el sentido profético de muchos de sus juicios o apreciaciones a rajatabla. Dueño de una prosa correcta, estructurada y personalísima, gracias a su faceta de latinista, se sentía con absoluto derecho para enderezar nuestras deficiencias y señalar las de otros tantos colegas reconocidos, no con el afán de exhibirlos, sino para tomarlos como exempla virtutis.  Por esa pulcritud en la escritura y en sus capacidades como editor había otro tanto que aprenderle en el oficio: dirigió con esmero y entrega la revista Historia Mexicana por más de un lustro.

Dicen que nadie es profeta en su tierra y, en parte, la sentencia es cierta; sin embargo, Alfonso Martínez Rosales lo fue en ella y fuera de, en otras latitudes y con alcances internacionales. Ya desde su etapa como funcionario, al ser director fundador del Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí desde 1978, mostró, antes que otra cosa, que el conocimiento y la transmisión del mismo serían una vocación que honraría a lo largo de su vida. Su trabajo al frente del acervo resultó fundamental pues rescató del olvido y la destrucción los documentos que hoy lo convierten en uno de los repositorios más ricos del país. Entre cajas humedecidas y mohosas, Alfonso recogió los “papeles” –como afectuosamente les llamaba– que sirven al día de hoy, a las jovenes generaciones de investigadores.

Su aventura académica lo llevaría en 1975 a El Colegio de México para cursar un doctorado cuyo grado recibiría con lauros. En el seno de esta institución sus inquietudes hallaron eco y apoyo en otra figura de enorme reciedumbre vocacional: el doctor Elías Trabulse Atala. La excelencia de su tesis le permitió obtener una plaza de profesor investigador en dicha institución que, desde 1982 y hasta 1999, desempeñaría a cabalidad, formando investigadores y construyendo conocimiento. Esa etapa le permitió conocer muchos lugares dentro y fuera de México, siempre buscando vincular su tierra natal con un pasado virreinal común y, al hacerlo, dar cuenta de la vastedad de la monarquía hispánica desde lo regional. Sus obras serían visionarias en ese sentido y, hoy, su vigencia resulta innegable.

Su “Gran teatro de un pequeño mundo”, publicado en 1985, fue solo el preámbulo de una serie de trabajos que, de a poco, irían conformando las piezas del complejo rompecabezas del San Luis novohispano. Hoy, esa obra es una lectura fundamental para quienes pretendemos asomarnos al San Luis Potosí dieciochesco. Pero no sólo su obra sobre el carmelo potosino lo retratan como el gran historiador que fue; sus investigaciones abordaron un sinnúmero de temáticas que hoy son referencia y piedra de toque. La escritura amable y ligera de cada uno de sus trabajos  guarda claves que buscan despertar la curiosidad del lector y, al tiempo, abrir nuevas vetas y veneros discursivos.

Los últimos años de su vida, don Alfonso los pasó en su San Luis natal, alejado de reflectores y vanos pedestales; en la sala de consulta de la Biblioteca “Ricardo B. Anaya” de Acción Católica, bajo los ojos observantes del busto del padre Anaya a quien tanto admiró. Ahí  siguió compartiendo su conocimiento a todo aquel que, con genuino interés, se acercara a consultarlo. Desde el diletante enamorado del pasado, hasta el consagrado investigador, todos tuvieron cabida en la mesa del doctor Rosales, donde las viandas convidadas, en forma de libros, anécdotas y referencias iban aderezadas de un conocimiento profundo y preciso. Desde su querida España, pasando por los Estados Unidos y Sudamérica, muchos fueron los investigadores que se sentaron en las aulas de la Biblioteca donde don Alfonso, desde el año 2000, ofrecía sus servicios de consulta. Doctorados y maestrías se consolidaron al amparo de la guía que, en forma de franca y divertida tertulia, prodigaba, una tarde sí y otra tambien, en ese rincón poco conocido pero de gran fecundidad.

La prolijidad de su pluma no paró tampoco, de su época en la biblioteca se desprendieron obras de gran calado, como sus trabajos sobre la Catedral y San Sebastián, así como el opúsculo sobre la Compañía de Jesús, obra sintética que resume décadas de investigación y conocimiento. Tampoco cesó su afán de investigación, pues siguió trabajando en archivos parroquiales y en bibliotecas especializadas, recopilando información que algún día habría de tomar la forma de un libro, un artículo o una conferencia, o que simplemente, con ese espíritu generoso que lo revistió toda su vida, sería información útil para algún novel investigador que se acercara en búsqueda de orientación y ayuda. Destaca de ello la exahustiva revisión del periódico El Estandarte, del cual revisaría cada uno de sus ejemplares durante los últimos años. Hasta el último momento de su vida mantuvo ese espíritu que todos los investigadores poseemos al principio de nuestra carrera y que algunos perdemos en el camino: “no hay nada como el trabajo en archivo”, decía, y tal fue su ley de vida. Muchas obras y proyectos se quedaron en el tintero merced a su repentina partida, nos tocará tomar esa estafeta en la medida de lo posible.

No resultaba extraño encontrar en su aula de la Biblioteca “Ricardo B. Anaya”, a investigadores del Museo del Prado, del Museo del Condado de Los Ángeles, de universidades nacionales y del extranjero, del COLMEX, del COLMICH, del COLSAN, la UNAM, lo mismo que alumnos y becarios, cada tarde, durante los últimos 17 años, buscando la pista, la guía experta de quien conoce los acervos y los libros. Ahí radica la grandeza del último de los grandes historiadores de San Luis Potosí, pues, aun en la suerte de autoexilio en la que vivió sus últimos años y a pesar del olvido en el que egoístamente la propia academia lo dejó, su labor no paró nunca, sus frutos no dejaron de ser prolijos. Su fecundidad académica superó aun las pruebas más adversas. De todo esto y a pesar de ello, don Alfonso salió airoso hasta el último de sus días.

Pero al doctor Alfonso lo recordaremos, por sobre todas las cosas, por su excepcional capacidad para despertar vocaciones y mantener con todo su apoyo y asistencia a los jóvenes que se iniciaban en nuestro gremio. Una vocación de servicio que brindó no solo en el terreno académico sino en los accidentes morales y materiales a todo aquel que expresara necesidad. El ejemplo de su querido carmelo, en forma de las enseñanzas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, vivieron en él y fueron norma en su vida.

Teniendo por escenario el retablo de los arcángeles del fastuoso templo del Carmen de San Luis Potosí, el pasado diciembre dictó la que dijo sería su última conferencia. Así lo fue y con ello cerró un círculo el querido amigo, maestro y mentor. Alfonso pensó en voz alta muchas veces la escena de su muerte de manera pacífica, discreta y armoniosa: consiguió la muerte como una experiencia sacramental, tal como la deseaba, sin mayor pretensión o vana memoria. “Tradicional y fundamentalista”, como entre bromas se describía, fue su deseo descansar en la cripta de la Acción Católica, a la que aportó su sabiduría y cuidado durante los últimos años, y a la que generosamente se brindó desde temprana edad. Lo echaremos de menos sus amigos, pero lo mantendremos cerca con su ejemplo en el trabajo diario.

 *El Colegio de San Luis y del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM