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Recordar a Gerardo Cornejo. “La sierra y el viento”

Rosa María Burrola E.

Universidad de Sonora

 

Cuando Inés me invitó a participar en esta mesa redonda para que hablara sobre, y cito sus palabras: “esta obra emblemática de la literatura sonorense”, pensé que efectivamente se trataba de una obra representativa y que en un acto como el que ahora nos reúne resultaba casi una obligación reflexionar sobre las razones que pesan para considerar de esta manera a La sierra y el viento.

Esta tarea no fue para nada difícil ya que, por un lado, los lectores que me han antecedido y que han dejado constancia escrita de su juicio sobre la novela han allanado brillantemente el camino. Por otro lado, la riqueza de la novela, su facilidad para insertarse en uno de los más ricos afluentes de la literatura y los mecanismos de empatía que sabe establecer clara e intensamente con sus lectores, son todos aspectos que no dejan lugar a dudas sobre el lugar que La sierra y el viento conserva entre las obras que han contribuido a forjar una literatura con la que el noroeste no solamente ha enriquecido a las letras mexicanas, sino que ha atraído la atención y el reconocimiento  de investigadores y del público, más allá de las fronteras nacionales.

Ahora bien, me parece que esta representatividad de la novela se debe sobre todo a su carácter fundacional, un rasgo sobre el que ahora precisamente quisiera reflexionar con ustedes y sobre el que pretendo hacer recaer ese indiscutible carácter emblemático de la novela.

La sierra y el viento es fundacional en primer lugar respecto a la misma obra de Cornejo, así lo indica la fecha de publicación que la coloca como su obra inaugural. Aunque esta afirmación será cierta solo si no reconocemos el carácter autobiográfico que múltiplemente se ha señalado para la novela y si decidimos ignorar también la confesión de la voz narrativa que afirma haber perseguido y acorralado a sus condiscípulos para leerles los poemas con los que se le revela, a ese narrador adolescente, el temprano deslumbramiento que le provoca el encontrarse con la literatura y con ella descubrirse a sí mismo como escritor:

“Me pareció entonces haber penetrado en un templo: haber traspasado una cortina temporal que me separaba de lo que se movía afuera, en la cotidianidad de la vida. [...] Aquel maravillamiento imantó desde entonces mi atención hacia el mundo libresco [...] Fue por entonces que me nació el poema adolescente que recitaba impunemente por los pasillos de la prepa”. (1 66)

Un arrebato, permítanme detenerme un momento para compartir con ustedes una de los pasajes que más he disfrutado de la novela, muy parecido al que una pareja adolescente siente ante el apremio y la embriaguez de su primer amor:

“Desde entonces, nada tendría ningún interés en sus vidas si no era para buscarse uno al otro; nada tendría sentido si no era para perderse en el vértigo de miradas lánguidas y envolventes. Y les pareció que aquello no tenía precedentes, que no era posible que nadie en el pueblo hubiera nunca amado a nadie de esa manera. “En todo el mundo”, dijo ella, “no nomás en el pueblo”, y él estuvo de acuerdo”. (p-61)

Regresando al punto que nos ocupa, debo agregar que, además, en La sierra y el viento, me parece, sobre todo si pensamos en las entrañables descripciones de la sierra y en el nostálgico lamento del yo que se ve desgajado de la relación armónica con la naturaleza, está contenido ya el fino lirismo que posteriormente podremos atestiguar en los libros de poemas del autor. Aunque sé que todos o casi todos los presentes han leído la novela, me permito citar un pasaje, quizás no tanto para sostener mi afirmación sino como una excusa para que todos podamos volver a disfrutar la intensa emoción con la que el niño protagonista se despide de la sierra:

“Todos recorrimos con los ojos la cañada, las grandes pendientes del Chomonoqui, la eterna alfombra verde de encinares que se derramaba sobre las montañas que nos rodeaban. Desde ahí no se veían los terrenos de las minas, ni sus oscuras oquedades. Todo era original, todo naturaleza intacta. No la volveríamos a ver, aquélla era la confluencia de lo que moría y de lo que comenzaba. Aquel instante se me quedó intacto en la memoria”. (30)

De la misma manera, se despliega en la novela el impulso y los mecanismos discursivos que se aprecian en sus posteriores libros de viajes y que aquí constituyen la piedra angular gracias a la cual el relato se puede ir hilvanando en un recorrido temporal y espacial legible y disfrutable. El impulso del hombre por viajar se pierde en la oscuridad de los tiempos y para algunos expertos confluye con el imperativo de narrar. Viajar y narrar son dos paralelos casi perfectos pues el impulso de recorrer el mundo se enlaza frecuentemente con la necesidad de contar, aun desde la lejanía, lo que se va descubriendo y viviendo. Por esto, no es poco probable que el primer relato articulado por el hombre haya sido el de un viaje. Hablar entonces de este tema es instalarnos en la médula del acto de narrar, pues toda historia está vinculada a un viaje y todo viaje suscita una escritura. Los relatos de quienes se han visto impelidos a alejarse de la geografía conocida atraviesan los espacios y los tiempos para llegar a nosotros como uno de los intentos más sostenidos en la historia del hombre por explicar y ordenar el mundo. Esta es, pues, una de las ramas de la literatura que nutre y da forma a La Sierra y el viento.

Instalada  en esta  lógica, resulta imposible no mencionar en este recuento del diálogo que la novela establece con las formas literarias más nobles e insignes, el poderío narrativo que le presta la oralidad, el mito y la epicidad, formas que  despliega el autor también en cuentos y novelas posteriores.  La oralidad, el mito y la epicidad constituyen los géneros que han tutelado a los hombres desde las épocas más remotas; son por excelencia los signos a través de los que la humanidad se ha explicado, contado y convertido en relato su experiencia sensible en el mundo. No nos debe extrañar, entonces, que siendo estos elementos la materia prima con la que se teje la historia en la novela, los lectores nos sintamos subyugados por la magia ancestral con la que el narrador nos cuenta nuestra historia reciente. Por último, el que la novela tome la forma autobiográfica, es decir, el que se convoque la fuerza indudable que arrastra el uso de la primera persona en un personaje-narrador que se erige para decir yo, concita uno de los más poderosos mecanismos de empatía con el que está dotado el  lenguaje en general y el discurso artístico en particular para provocar así que nosotros, lectores de La Sierra y el viento nos sintamos aludidos e identificados con las vicisitudes del personaje-narrador.

En suma, lo que quiero comunicarles a ustedes es que La sierra y el viento conjuga las formas y los materiales literarios más nobles para contar un relato en el que podemos reconocer nuestra propia historia o la historia de nuestros padres y que, en la novela, están ya contenidos como una simiente muchos de los temas y de las formas con la que Gerardo irá desarrollando su obra posterior.

La sierra y el viento es emblemática también respecto a la historia de la literatura sonorense, pues tal como se afirma en la introducción a la obra reunida, a fines de los años setenta, se presentan en el panorama nacional un grupo de escritores que escribían y vivían en el norte de México, entre los cuales destaca Gerardo Cornejo. Es quizás en este momento cuando la literatura de esta región se proyecta con mayor nitidez y se funda una nueva forma de entender las letras que se escriben en las regiones del norte del país.

Otro aspecto del mismo tema que he venido desarrollando para ustedes, se revela cuando pensamos en la historia del padre y del hijo que se cuenta en la novela, y así se retoma entonces un relato que está en el origen de la cultura occidental y que nos ha sido contado innumerables veces y de innumerables formas. Se enraiza La sierra y el viento en las formas más profundas del inconsciente colectivo con el que nuestra cultura ha explicado su sentido y su origen. Es fundacional porque cuenta el éxodo y la búsqueda de una tierra prometida a través de la historia del padre y del hijo. Es una ficción  instaurada en  una genealogía masculina contada por un sujeto autobiográfico llamado a articular un nuevo ordenamiento socio-económico en una zona emergente en el panorama nacional.  De alguna forma, la novela, entonces, cuenta la historia de una disputa para ganar para el desierto no solamente un lugar en la historia moderna de México, sino también un lugar en la literatura nacional, y esta lucha se escenifica en la novela a través de la conquista y modernización de la tierra por el padre y de la letra escrita por el hijo. Toma la forma también de una crítica que se endereza sobre todo contra aquellas concepciones que, sostiene Leonel Carrillo en su tesis doctoral, presentan al desierto como barbarie, como vacío, y que sostienen los arquetipos del “norteño reacio a todas las formas de civilización”.

Es también emblemática porque nos cuenta la fundación de la región, su arribo a la modernidad a través de la conquista y explotación del desierto y gracias a la reforma agraria de los años treinta. Independientemente de la exactitud de los hechos narrados, de la elisión de los que pudieran resultar conflictivos y poner en peligro una conclusión venturosa en la novela del proceso de apropiación de la tierra y de aprendizaje del protagonista. Es una historia que la literatura hispanoamericana  ha contado muchas veces  de  distintas y esplendidas maneras sólo que aquí el sujeto ya instalado en la ciudad, pero todavía atravesado por la nostalgia de los tiempos de cuando vivía en comunión con la naturaleza, no lleva el sino de aquel individuo escindido e imposibilitado para su integración en la sociedad. La novela, pues, no tiene la finalidad de referir la imposibilidad de recuperar esa edad dorada, ni de contar el fracaso del proyecto modernizador, ni la de oponer a los múltiples cuentistas orales que nutren la novela al escritor escolarizado que la narra, sino por el contrario, la novela se puede entender como un intento por recuperar a través de la escritura y del recuerdo que ésta posibilita, el sentido de ese universo infantil, para de esta manera modular en el texto un conjunto heterogéneo de elementos que en la cultura nacional aparecen sin posibilidades de articulación, pero que en esta novela se conjugan para que el mundo rural no se imagine como un pasado cancelado sino como el origen y el sentido de un camino que lleva a la consecución de dos de las utopías más caras para la humanidad de todos los tiempos: la de la tierra y la de las letras.