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La imagen fue capturada por Esther Padilla Calderón.

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La academia sonorense y las elecciones de 2018

Eduardo Calvario P.*

No es una novedad decir, estimados/as,  que vivimos tiempos cruciales y momentos decisivos para la historia próxima de nuestro país. Quizás ciudadanos/as comunes subsumidos/as en las necesidades y circunstancias inmediatas no tengan presente la idea de que en los próximos meses está en juego el futuro inmediato de México.

En la academia ha prevalecido la idea de la neutralidad respecto a la posición que se debe asumir frente a la competencia electoral. Sin lugar a duda ha sido muy sano guardar distancia frente a los juegos de poder en la lucha por los cargos públicos, en dicho sentido, enarbolar la bandera de la neutralidad valorativa ha rendido frutos en términos de garantizar la independencia y la autonomía del quehacer cotidiano tanto de la práctica docente como científica. No obstante, aplicar el criterio de la neutralidad valorativa en todas las situaciones que implica la relación del poder público y la respuesta a los problemas nacionales me parece un error histórico.

Me explico. Si partimos del hecho de que las comunidades académicas y científicas son un importante instrumento de crítica al poder público, las elecciones del próximo año, 2018, implica una lucha más allá de lo electoral; supone una disputa por las rutas por donde deberá continuar o no nuestro país, y en este caso me parece que específicamente la academia sonorense deberá sacudirse, de cara al 2018, la ilusión de la neutralidad valorativa ante los graves desafíos nacionales, regionales, y transfronterizos.

Los/as que abogan por una neutralidad valorativa ramplona suponen varias cosas. Uno, que el sistema político, y con ello el sistema electoral mexicano, tiene un poder “corrompedor”; dos, que la vida de los partidos políticos está regida por las peores prácticas humanas como la mentira, la traición, la conveniencia y egoísmo; tres, la academia es un campo virgen ausente de mezquindades propias de los vicios de la acción política formal; cuatro, que la función principal de los/as científicos/as sociales es el de proveer insumos al poder público para dar respuesta a los problemas sociales.

Creo que los cuatro supuestos son errados o cuando mucho cortos de mira. Especial mención merece el punto cuatro; ciertamente la investigación y las recomendaciones, y reflexiones, que se desprenden de dicha actividad deben convertirse en insumos para las políticas públicas, no obstante, la función primordial es también la de combatir en el terreno de las ideas y propuestas los modelos y sistemas de resolución pública de los problemas. En dicho sentido, estimados/as, las universidades y los centros de investigación deberían promover debates entre las diferentes propuestas y no solo la anquilosada pasarela que suelen dar los/as distintos/as candidatos por los foros académicos. Temas como la sustentabilidad –y la política energética-, el cambio climático, la transversalidad de la perspectiva de género, la interculturalidad y respeto a las minorías, etcétera, son solo algunos temas que muy a menudo no se ponen a discusión cuando se arman las propuestas de gobierno.

La comunidad académica-científica es en cierta medida reflejo de las dinámicas sociales y culturales imperantes. Una sociedad conservadora, timorata, poco comprometida con los temas públicos, desapasionada, indiferente y ausente de crítica, producirá en alguna medida grupos y dinámicas sociales que tendrá, con distinto matiz, estos rasgos. La academia sonorense y la inercia institucional de los centros académicos y de investigación  de la región, hemos reproducido ciertos posicionamientos tibios, reservados, cómodos, timoratos y con cierto tufo cómplice. Digo cómplice por omisión en el sentido de no ser factor que impulse el cambio que necesita el país ante las condiciones sociales, económicas y políticas imperantes.

El abanico que se muestra ante las próximas elecciones presidenciales es variopinto, las fuerzas políticas se aglutinan, las barreras ideológicas del siglo pasado se desmoronan, el orden geopolítico mundial se recompone, y la academia sonorense guarda prudente distancia ante la posibilidad de que la oposición, y lo que se ha llamado “la izquierda”, conquiste la presidencia. Son tiempos de definiciones, son tiempos de debates, son tiempos de actuar conforme la situación lo demande. La neutralidad valorativa de la academia tiene que dar paso a la crítica pública sin comprometer su independencia y libertad.

*Profesor-Investigador Especial Cátedras CONACYT en El Colegio de Sonora.

-Las opiniones vertidas en los artículos y colaboraciones publicadas en este boletín, son responsabilidad exclusiva de quienes las emiten y no necesariamente representan la postura de El Colegio de Sonora.