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FOTO DE LA SEMANA: “El Colson en Aguascalientes”

La imagen fue capturada por Inés Martínez de Castro.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Septiembre 19

 

Alvaro Bracamonte Sierra*

Difícil sustraerse al dolor que sufren muchos mexicanos en el sur del país. Varios fenómenos naturales golpearon sin piedad esa región: primero fue el terremoto del 7 de septiembre; casi al mismo tiempo llegó el huracán Katia que dejó miles de damnificados en Veracruz, Tamaulipas, Puebla, Oaxaca, y aguaceros torrenciales en el altiplano. Las autoridades aún se hallaban en el recuento de los daños, cuando el terrible sismo del 19 de septiembre hizo acto de presencia. La devastación que acompaña al brutal temblor ha puesto en evidencia las mejores virtudes de los mexicanos. Las escenas de solidaridad se repiten y adquieren una infinidad de formas. El afán por apoyar ha conseguido el reconocimiento del extranjero; por doquier expresan estar conmovidos ante la gallardía mostrada en estas horas aciagas.

Las virtudes no vinieron solas; también se escriben páginas indignas como la consumada por las televisoras que de la nada convirtieron a Frida Sofía, la niña que nunca existió, en un fenómeno mediático. Más desatinos de este tipo no demorarán mucho en hacerse evidentes y también habremos de enterarnos de nuevos oportunismos políticos como los escenificados por la mayoría de los partidos que, ante la presión ciudadana, han aceptado, mascullando, que un porcentaje de sus prerrogativas se apliquen en la ayuda a los damnificados.

No vale la pena detenerse en los hechos reprobables. En esta delicada coyuntura lo mejor es aferrarse a los actos y momentos positivos que permiten dimensionar el barro del que está hecho el mexicano. Hay y habrá, al respecto, historias memorables. Están las de los heroicos topos, las de los perros rastreadores, están los miles de voluntarios que día y noche ofrecen sus brazos para escombrar el cascajo que atrapa y sepulta a decenas de seres humanos. Son los protagonistas de estas hazañas los que quedarán en la memoria de estos fatídicos días.

La reseña de las proezas realizadas se concentra en las zonas destruidas de la Ciudad de México, pero no hay que olvidar que en otras, sobre todo en el sur del país, requieren más ayuda y no les llega. Ahí está la región del Istmo en Oaxaca, especialmente Juchitán, que prácticamente fue borrada del mapa; aquí hombres y mujeres duermen a la intemperie, temerosos de que un nuevo terremoto acabe con más vidas y con lo poco que les queda. Estos mexicanos han sido invisiblizados por la atracción mediática que representan los derrumbes registrados en la capital.

Pero volvamos a los episodios que nos hacen sentirnos orgullosos. La solidaridad ha sido inmediata y espontánea; destaca la frenética actividad de los jóvenes que aparentemente de la nada se organizaron para ayudar a quienes necesitan auxilio y consuelo.

Justamente esa misma solidaridad fue lo que facilitó superar la emergencia desencadenada por los terremotos de septiembre de 1985. Me tocó vivir esos interminables minutos el 19 de septiembre de aquel año. Estudiaba el posgrado en la UNAM. Ese día, como era la rutina, me preparaba para acudir a clases cuando de repente el suelo y las estructuras de la casona donde vivía empezaron a crujir. Las alertas de los vecinos nos hicieron salir a todos de las habitaciones y apurarnos para resguardarnos lejos de las paredes del viejo edificio. Pero la peor sensación ocurriría al día siguiente: aún con la impresión y el pesar a cuestas, atrapados en una estación del metro, vino la réplica que alcanzó siete puntos, suficientes para colapsar los edificios que aguantaron la primera sacudida, la del 19.

A partir de entonces la solidaridad, el apoyo incondicional de propios y extraños, la organización espontánea de universitarios, profesionistas de todo tipo, de ciudadanos y, en general, de toda la población, logró lo que a primera vista parecía imposible: la certeza de que en medio del caos y la angustia saldríamos de la desgracia más fuertes y convencidos de que México es más grande que sus problemas.

Las repercusiones de una ciudadanía organizada terminaron por transformar radicalmente la política nacional. Con ese telón de fondo vale preguntarse si pasará algo similar con la irrupción de los millennials a la vida pública de México. Está por verse.

*Doctor en Economía. Profesor-investigador en El Colegio de Sonora.