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Del turismo y el imaginario de lo mexicano en Álamos, Pueblo Mágico

12 de octubre 2017
Caro Alicia Palma Romero*

Sin duda alguna la ciudad de Álamos es un punto turístico importante en el estado de Sonora y así lo ha sido desde antes de su nombramiento como Pueblo Mágico de México en el año 2005. Desde mediados de los años cincuenta, el camino de la carretera internacional que viene desde la frontera con Nogales y conecta por Navojoa, hizo a éste un lugar de paso obligado. Esto, después de su descubrimiento por una ola de exploración migratoria, que después de pocos años se convertiría en turismo residencial de esa región. Ya para los años ochenta se contaba con una colonia de norteamericanos viviendo de tiempo completo en el pueblo de Álamos, que adquirieron residencias e hicieron adecuaciones y reconstrucciones a su gusto y criterio en los inmuebles ubicados principalmente en el centro histórico de la ciudad.

La labor del programa federal Pueblos Mágicos ha sido aprovechar esa cresta turística y contribuir en su impulso. La ciudad de Álamos no se considera parte del turismo tradicional. En la mayoría de los casos, el turismo en Sonora se enfoca a la actividad recreacional de tipo de mar y sol debido a sus cálidas y numerosas playas, pero en Álamos se da cuenta de un turismo de tipo residencial, que adquiere inmuebles en el lugar vacacional y que, incluso, encuentra una oportunidad empresarial en esos edificios al reconstituirlos como hoteles.

La mayoría de estos hoteles, propiedad de extranjeros norteamericanos, se encuentran en el área centro de la ciudad, también delimitada y declarada como Zona de Monumentos Históricos por el gobierno federal a partir del año 2000. Al no contar con playa cerca ni otro tipo de foco de atención del turismo convencional, el mayor atractivo es precisamente esa zona de monumentos: la vista y el ambiente de ciudad histórica que otorgan los edificios catalogados como patrimonio de la nación y que dotan al mismo tiempo a Álamos de características únicas en el estado. Sin embargo, uno se pregunta: ¿Qué es lo que hace que los norteamericanos recorran un viaje por tierra de más de 10 horas, para llegar, asentarse y montar un negocio de hotelería en una ciudad con menos de 30 mil habitantes?

Este tipo de turismo no tradicional, residenciado y enfocado al consumo de inmuebles históricos para su mercadeo, parece estar interesado en el bagaje cultural de la ciudad, su historia, sus leyendas y tradiciones, y busca, desde su propia colonia de turistas, formar parte de las mismas. El programa Pueblos Mágicos abona en la promoción de sus incorporados en la reconstrucción de la añoranza a través de infraestructura y mercadotecnia en los lugares que designa como parte importante de la historia mexicana. En este caso, las características de Álamos convierten al municipio en uno de los nichos del turismo residencial al norte del país.

Esta praxis hace a Álamos parte del llamado turismo patrimonio –con elementos de autenticidad emergente y escenificada–, y a su vez produce un imaginario social, al que le llamamos imaginario de lo mexicano. Se trata de un imaginario porque se da a conocer a través de prácticas socializadas por un grupo específico de personas, en este caso por la colonia de estos norteamericanos residentes de Álamos, en la compra de casas y su remodelación.

Este comportamiento ya está siendo objeto de estudio por parte de varios especialistas en los últimos años y es sujeto de investigación por esa casi homologación de lo que se reconoce como lo mexicano en estos hoteles, que también son edificios históricos; unos con más remodelaciones que otros, pero en su mayoría con los mismos elementos repetidos y que se incorporan, como parte de la infraestructura del Álamos de hoy, a partir de la incursión de norteamericanos como habitantes de la ciudad. Es en esas representaciones arquitectónicas donde se reconoce el imaginario social de lo mexicano. Es decir, como estos residentes proyectan el imaginario que les comunica, por las experiencias que han tenido con la mexicanidad, el cómo debe lucir el México histórico.

De parte de la Secretaría de Turismo y las autoridades del propio municipio, la ciudad de Álamos se conoce como de “estilo colonial en su arquitectura, [cuyos] edificios pertenecen a distintos periodos, desde el siglo XVIII hasta el XX”, por lo que su congruencia con el periodo de edificación, que en sí correspondería al virreinato en México, es un tema de debate. Asimismo, otros temas importantes a discusión acerca de los edificios de Álamos abarcan tanto la forma en el estilo como su originalidad de construcción. ¿Qué tanto pertenece al estilo colonial mexicano y en qué medida corresponde a un sentido de emulación, que evoca lo colonial como estilo, representado por el código norteamericano en México?

El imaginario de lo mexicano que reproducen los extranjeros en Álamos corresponde más a las imágenes difundidas de la ruralidad mexicana a través del cine en la época del porfiriato y a la fotografía revolucionaria y demás expresiones masivas posteriores inmediatas a estos periodos. Lo que hoy se configura en los elementos que reproducen ese imaginario se apega a los arquetipos y estereotipos de lo que se entiende por el México antiguo.

En los primeros análisis de tipología de las casas, el cronista de Álamos, Juan Carlos Holguín Balderrama, relata que ninguna de estas edificaciones contaba con ciertos elementos que hoy se encuentran en las propiedades pertenecientes a extranjeros, tales como albercas, chimeneas, fuentes, rejas en las ventanas, por mencionar algunos. Estos datos fueron corroborados por la sección de Monumentos Históricos del Centro INAH Sonora, instancia encargada de la revisión y catálogo de inmuebles de Álamos. Los especialistas afirmaron que gran parte de como lucen estas casas el día de hoy son reconstrucciones que se han hecho al gusto de los actuales propietarios y sin verificación de las autoridades competentes y, por lo tanto, sin cuidado alguno en la protección o preservación de la tipología original de las residencias alamenses.

En ese sentido, resulta importante destacar estos elementos que siguen repitiéndose en los edificios, que ahora operan como hoteles, junto con los ornamentos con que los revisten sus dueños, que es según lo que ellos consideran el estilo o tema mexicano: la decoración en gamas primarias y sus variaciones (azul, amarillo, rojo, blanco) como tonos predominantes; el uso recurrente de materiales como cantera, ladrillo y madera, identificados como parte de la imagen colonial, repetidos de manera tan insistente que llegan a confundirse. Patios, fuentes, chimeneas, figuras religiosas, algunos adornos con alusiones prehispánicas, los colores, todo esto de un hotel a otro. Aquí nos cuestionamos, ¿De dónde viene esa imagen, al parecer tan homogenizada por el extranjero, de nuestra mexicanidad?

La arquitectura de las ciudades y su formación urbana es un tema que se ha reflejado en la pantalla grande desde sus inicios. Aquí vemos cómo se ha trasladado de la pantalla a la ciudad, como reflejo y proyección de un imaginario, a través de las formas arquitectónicas. Éstas representan una imagen, transmitida por el cine, de lo que se considera auténtico o típico de algún lugar.

El cine en México inició a partir de 1896 con las visitas de Gabriel Veyre y Ferdinand Bon Bernand, ayudantes de los hermanos Lumière e invitados del entonces presidente Porfirio Díaz. La primer producción en el país fue un corto de ficción que trataba de un combate a duelo de pistola en el bosque de Chapultepec. Al momento de su transmisión, éste causó gran conmoción en la audiencia internacional, ya que en ese entonces no se distinguía entre el cine de ficción y el documental. Los espectadores realmente creyeron que estaban siendo testigos de lo que había sido un combate a mano armada. Estas imágenes retratadas por lentes extranjeras, fueron las que dieron pie al género mexicano en las películas: un México de charros, caballos y pistolas. Imágenes exaltadas en el imaginario internacional, de una época marcada por el gobierno de Díaz como la Belle époque.

Durante el periodo que se considera la época de oro del cine mexicano, entre mediados de los años treinta y finales de los cincuenta, en un esfuerzo por establecer la identidad mexicana, se difundían temas netamente folclóricos con tinte histórico, donde los escenarios rurales, en contraste con la ciudad, se convirtieron en personajes que acompañaban a los actores de esas películas. Lo anterior dibujaba lo que hoy serían los arquetipos de la mexicanidad de nuestros días, a decir del autor Carlos Martínez Assad. A principios de esa época dorada del cine es cuando se comienza a formar la representación del México antiguo en lo provinciano. Ejemplo de ello es el que ofrece Martínez Assad en su libro La ciudad de México que el cine nos dejó al referirse a la película La india bonita de 1938, donde se observa la identidad nacional, cuando aún no se ve la ciudad como parte de los valores mexicanos, los cuales sobreviven únicamente en el terreno rural.

Relacionando este análisis con el fenómeno observado en Álamos, se puede explicar que para el norteamericano urbano la urbe pequeña o pueblo mexicano se refiera a un lugar tranquilo, de valores tradicionales y con la expectativa de una vida mejor, alejada de la modernidad y el bullicio de las grandes ciudades. Es precisamente el tipo de imagen que el programa Pueblos Mágicos busca explotar: el México del pasado, el de las películas, donde la bondad inquebrantable se logra refugiar en el campesino honesto y trabajador, que tiende a regresar a su pueblo antes que dejarse arrastrar por los vicios de la ciudad, como relata la historia de la íconica película Del Rancho a la capital de 1940, del director Raúl de Anda –por citar otro ejemplo de Martínez Assad.

En Álamos, un hotel que refleja claramente lo que se expone en estas líneas es el Hotel Hacienda de los Santos. El Resort & Spa de tipo Boutique es uno de los inmuebles que cuenta con mayor número de alteraciones y reconstrucciones en todo su conjunto, desapareciendo casi por completo lo que fuera su estructura original. Todo esto con vistas a ampliar los espacios del complejo hotelero y brindar las comodidades y facilidades que un resort de lujo como éste promete y con la meta de complacer a la audiencia a la que se dirige en su oferta. En un un simple recorrido por el lugar se puede apreciar un despliegue desbordado de figuras esterotipadas de lo mexicano. Figuras de cantera con alusiones prehispánicas y coloniales en sus patios, jardines, fuentes, albercas, restaurantes, salón de proyecciones, spa y campo de mini golf. Toda una arquitectura construida sobre lo que fuera una casa y un molino de masa en el siglo XIX en Álamos. Sus promotores y dueños la describen como de estilo colonial. Al propio inmueble le atribuyen haber sido una hacienda perteneciente a un baron español que tenía minas en la región y datan su antigüedad como del siglo XVII, cuando apenas se registra la fundación del municipio.

La decoración y reconstrucción de las áreas del, sin duda, lujoso hotel corrió a cargo de una diseñadora que trajeron desde San Miguel Allende y del arquitecto Fernando Almada, radicado en Navojoa. Esto, bajo la dirección de planos y proyecciones de los espacios al gusto de los actuales propietarios, el inversionista James Hardinger Swickard y su esposa Nancy, ambos nativos del estado norteamericano de Illinois, con una visión completamente ajena a Sonora y a la historia de la región.

La casona que funciona como entrada principal del hotel, por la calle Molina, fue adquirida en el año de 1985 por el matrimonio de empresarios estadounidenses. De ahí se adquirieron otros tres inmuebles, aledaños al primero, para ampliar la oferta en construcción de restaurantes y un hotel conjunto más pequeño, la Posada Tacubaya, opción un poco más económica que el Hotel Hacienda de los Santos y que opera dentro del mismo. Los dueños manejan el tema de lo mexicano en todo su hotel; hay una amplia exhibición de artesanías y ornamentos con temas religiosos colocados entre los corredores y pasadizos, alrededor de los cuartos y en las distintas áreas, todo relacionado con el tema de lo colonial rural.

Así es como los Swickard describen su hotel como una hacienda mexicana o lo que para los norteamericanos pudiera entenderse como una hacienda: una casona en un terreno vasto, con áreas extensas para resguardo, acomodo, y ahora también para recreación de sus visitantes, con ornamentación temática a manera de reconocerla, como lo que de origen ya era, mexicana.

La figura arquitectónica de las haciendas en México dista bastante de lo descrito por los propietarios del hotel. En la época del virreinato se trataba de estancias agrícolas, con una estructura edificada en función de sus actividades, que después también fueron ganaderas, desde el tipo de actividad que cumplían hasta la distribución espacial y vastedad de territorio para cumplir con esas tareas.

Y así, sobre el año de construcción de los inmuebles que conforman el hotel Hacienda de los Santos, ninguno corresponde al siglo XVII ni hay registros de que hubera existido una hacienda por los alrededores, según los datos del catálogo y la información con la que cuenta el cronista de la ciudad. De lo que sí hay evidencias es de que el edificio principal sufrió un incendio en el año 1909 en el que se perdió casi la totalidad de la construcción. Gracias a su reconstrucción se tiene registro de que se trata de un inmueble del siglo XIX, cuando aún pertenecía a la familia Terminel de Álamos. Otro de los inmuebles del complejo hotelero es el que da nombre a la calle donde se ubica el HHS, debido a que en éste operaba un molino de masa a principios del siglo XIX. Sin embargo, poco rastro queda de esos eventos en la memoria de los habitantes locales, al haberse ocultado tras la arquitectura reciente y tras narraciones artificiosas de promoción.

En una entrevista, Marc Augé menciona: “ya no hay pasado, sino escenificación del pasado”. Los elementos de la representación arquitectónica que se observan son a su vez representación de un contexto específico de la imagen y el sentido que ésta les aporta. Juan Carlos Segura menciona que “No hay memoria sino conmemoración…”, refiriéndose a la escenificación de la cultura en la proyección hacia sí misma y hacia el otro cultural. Es decir, cómo esta imagen se convierte en memoria en la colectividad al tener un significado socializado, y cómo ese significado es precisamente lo que le da peso para interpretarse como un imaginario.

Si lo vemos desde la óptica de Gaston Bachelard, la imaginación es el ensueño de la materia, donde la imagen remite al origen en su relación con lo tangible, con la forma y la conservación de la identidad de la imagen originaria. Podemos hablar entonces de una necesidad por reproducir esa imagen de la mexicanidad de parte de los norteamericanos, tal como la ensueñan desde la pantalla del cine de la época porfiriana y consecuentes con sus experiencias primarias con México, evidente en los adornos y reconstrucciones que hacen en sus casas de Álamos.

Tratando de decodificar esa representación como parte del imaginario de lo mexicano en los elementos repetidos de los hoteles: imágenes de charros, ornamentos que sugieren aires precolombinos, figuras religiosas, materiales como la cantera, el ladrillo expuesto, sarapes, la hacienda, las fuentes, chimeneas, las albercas, entre otros, éstos se convierten ahora en los símbolos de sus majestuosas casonas. Estas imágenes pueden resultar incongruentes con el estilo tradicional del norte de México, tanto en el histórico, correspondiente al periodo virreinal –al que le dicen colonial–, como en la época actual del estado sonorense.

El diccionario de la Real Academia Española, define la nostalgia como la pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos, una tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

La nostalgia de los mexicanos y de los alamenses se reconstruye a través de objetos concretos –los elementos arquitectónicos mencionados– en esa sensación de pérdida y de recuperación. Junto con esa colonia de extranjeros, los nativos escenifican el pasado con esa idea sobre la imagen del México antiguo en el escenario turístico del imaginario de lo mexicano. Esto se evidencia en las reconstrucciones que prometen la restauración de los edificios, pero que atienden más a esa necesidad por una autenticidad escenificada y emergente, latente en el imaginario de sus propietarios y que se corresponde con el turismo patrimonio.

Dean Maccannell conceptualiza al “turista patrimonio” como aquel que busca la experiencia auténtica fuera de su lugar de origen, bajo la premisa de que todo pasado fue mejor, así como la vida fuera de su espacio, por lo que buscan experimentarla a manera de turistas. En lo referente a la autenticidad emergente, es precisamente en el proceso evolucionista, donde la autenticidad, como producto cultural, se vuelve negociable. Con el paso del tiempo ciertos rasgos considerados artificiales o ficticios llegan a reconocerse como auténticos, e incluso se puede hablar de tipos de autenticidad al referirse a la autenticidad escenificada, sin juzgarla de negativa o positiva, siempre y cuando conserve elementos del pasado, a decir de Eric Cohen. Así se podría entender el proceso de Álamos y lo que les remiten esas casas a sus dueños originarios y demás alamenses al ver estas propiedades escenificadas a través de la arquitectura montada por los actuales dueños.

De parte del turista residencial norteamericano no se puede hablar de este proceso, ya que no tiene elementos del pasado de Álamos. Los extranjeros no tienen nostalgia de algo ajeno, se trata de un valor fetiche para ellos, un interés por lo exótico o la reliquia, pero que no les significa ninguna estima histórica; es una apreciación agregada enfocada al consumo, que se ubica en el pasado, pero un pasado suyo, desde su experiencia de México y lo mexicano en el extranjero. Hacen su propia construcción y reconstrucción del pasado del México antiguo, lo toman prestado y lo escenifican en su representación arquitectónica; desde su imaginario, revisten con un atavío temático a su inmueble, de lo que es para ellos, como extranjeros, lo mexicano.

Ahora, ¿Qué tanto de esa imagen y representación es accidental o falseada de forma deliberada para asegurar al turista residente extranjero? Al contarse con datos y documentos de especialistas y las fuentes orales vivas del municipio, que contrastan y desmitifican las versiones que dan los extranjeros sobre sus hoteles y la historia de los mismos, bien se puede pensar que estamos hablando de un falseamiento no fortuito de lo mexicano. Se observa una práctica recurrente de los propios extranjeros, que bien pudiera entenderse como una socialización deliberada frente a otros turistas residenciales.

En el libro La filosofía de la percepción (Warnock 1974) se menciona que toda afirmación es una negación de otra percepción, es decir, en un ejemplo muy somero, si se afirma que un objeto es verde, se está negando que sea de algún otro color. Al trasladar este paradigma al tema que aquí nos compete, se presume que esa adulteración en la indumentaria expuesta de lo mexicano desde los extranjeros, se realiza deliberadamente para reconocimiento de otros extranjeros. De esta manera sabrán que se encuentran en lugares de propiedad de otros, como ellos, que conviven y reconfiguran el espacio de turismo para un consumo que figure seguridad de oferta, de un extranjero a otro extranjero, en territorio mexicano.

*Doctora en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora. Autora del libro: El imaginario de lo mexicano. El caso de Álamos, Sonora.