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Dos lecciones de Cárdenas

Emanuel Meraz Yepiz*

La historia es conocida. La noche del 18 de marzo de 1938 el presidente Lázaro Cárdenas decretó la nacionalización de los recursos petroleros del país. Además de los bonos de deuda y los malabares presupuestales, la cantidad requerida para la expropiación de las compañías que operaban en territorio mexicano se complementó, simbólicamente, con lo que el pueblo –representado en la imaginación popular como las señoras que entregaron sus gallinas o sus joyas, los niños que rompían sus alcancías, o las familias que no se acabalaron para cooperar con esta causa– puso de su bolsillo.

Sobre lo que siguió puede discutirse infinitamente. Es claro que la decisión de expropiar los yacimientos petroleros era congruente con el proyecto revolucionario, y que en los años siguientes pagó sus dividendos al permitir la inyección de recursos al gobierno, que permitieron subsidiar el crecimiento y la modernización del país durante las siguientes décadas. Esto no minimiza el hecho de que el petróleo en manos del gobierno terminó siendo un cuasi-desastre: los resultados derivados de la gestión estatal fueron subóptimos –por usar un eufemismo–, se exageró la petrolarización de las finanzas públicas y se manejaron terriblemente la relación con el sindicato petrolero y las implicaciones políticas de coaccionar la estabilidad económica de Pemex. Nombres y responsables, para lo bueno y lo malo, sobran.

Sin embargo, hay dos lecciones sobre las que podemos volver cuando se piensa en el aniversario de la expropiación petrolera. Una es su valor simbólico. Desde este punto de vista la decisión política de la administración cardenista fue acertada. Sin extendernos en las complejidades del contexto, en una sola jugada fue capaz de dejar en claro que los intereses del país serían respetados, que la legalidad se impondría sin miramientos ni temores, y que los mexicanos eran capaces de actuar al unísono en defensa de una causa común –lo cual no es poca cosa, considerando la relación de golpeteos y disidencias que caracterizan nuestra historia, o la situación todavía endeble del régimen posrevolucionario durante los últimos días del PNR y del maximato callista.

En lo subsecuente, el mito fundacional de la expropiación durante el cardenismo persistiría junto al de los Niños Héroes –así, con mayúsculas– como los paradigmas predilectos de la defensa de la soberanía nacional. Obviando la remisión que todo mito fundacional tiene en la imaginación colectiva, particularmente aquella que se vincula al patriotismo, “la expropiación” adquirió nuevas proporciones y permitió establecer las bases de la continuidad que todo programa político requiere para ponerse en marcha, para poder ser juzgado por-sus-resultados. Esto, sin duda, es mucho más de lo que podría decirse de las administraciones posteriores, incapaces o desinteresadas en crear nuevos mitos, y en cierta medida explica el callejón sin salida en el que se encuentra la política mexicana de la actualidad, copada de pactos de cúpula, pero falta de una piedra de toque sobre la cual establecer un curso de acción legítima.

La segunda lección es económica: el timing de la expropiación petrolera. En 1938 la extracción de petróleo era una actividad económica en ciernes, por lo que el costo y la tecnología requerida para aparejarse respecto de otros productores no eran tan elevados. Por supuesto, puede discutirse que las medidas que se tomaron resultaron erróneas, pero en el momento en que se tomó la decisión de nacionalizar los yacimientos había la posibilidad de elegir entre cursos de acción distintos, pero potencialmente igual o más exitosos. Hoy, por el contrario, la reforma energética promovida por la administración presidencial, incompleta como es en lo técnico y desabrida en lo político, está fuera de tiempo –unos 5-10 años a lo sumo–, y se implementa en un contexto financiero, tecnológico y de perspectivas de mercado donde las opciones de obtener dividendos en-beneficio-de-la-nación son mucho menores a las de verse afectado.

Las lecciones de Cárdenas son simples: tomar la mejor decisión posible para un proyecto político en el mejor momento posible –sin importar lo radical que pueda parecer– es asegurar las condiciones necesarias –materiales e ideológicas– para que éste pueda operar y ser juzgado como lo que se supone que es, un intento de ordenar la realidad en que vivimos, con toda la responsabilidad que eso conlleva.



* Asistente académico de la Coordinación de Posgrado. Correo: emanuelmeraz@gmail.com / Twitter: @emanuelmerazy