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La imagen fue capturada por Tania Reyes Woodhouse.

 

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Tiempos-685

Los dueños del bulevar Hidalgo

Zulema Trejo Contreras*

En días pasados me tocó andar por la colonia Centenario. Lo que encontré en mis andanzas por ese sector de la ciudad me sorprendieron tanto positiva como negativamente. La impresión negativa, que probablemente tengamos todos los automovilistas que por una u otra razones tenemos que ir a algún lugar ubicado en esa parte de Hermosillo, es que no hay lugar para estacionarse; uno puede dar vueltas, vueltas y vueltas por veinte, treinta y hasta sesenta minutos sin encontrar un sitio para aparcar; esta situación se produce lo mismo a las siete de la mañana que de la tarde. Claro, hay estacionamiento reservado para quienes van a algún restaurante, a determinada oficina, pero esos espacios rara vez alcanzan los diez cajones y mucho menos los sobrepasan.

Esta falta de estacionamiento provoca un caos vial difícil de sortear, pues los carros se estacionan a ambos lados de la calle o, en el mejor de los casos, se estacionan en doble fila y el espacio restante es muy angosto. En el peor de los casos, se puede ver a un conductor tranquilamente sentado en su auto, tapando la salida de los carros estacionados, mientras espera que alguno salga para tomar su lugar. Aunado a lo anterior, y para riesgo de transeúntes a pie o en otros vehículos, está la disonante sinfonía de carros que intentan (y seguido logran) circular a toda velocidad haciendo sonar, impacientes, las bocinas de sus autos.

Paradójicamente, si uno se sume en sus propios pensamientos o sus propias prisas, la frenética y caótica actividad vial se silencia y entonces se puede apreciar lo que debió ser la colonia Centenario en una época ya lejana: un lugar en el que se respiraba tranquilidad. Los grandes árboles que hay en las banquetas, los jardines al frente de varias casas –cuya arquitectura no sabemos definir los neófitos, pero que transmite paz, lujo de antaño, calidez y espacio– invitan a pasear por enfrente de ellas imaginando historias tejiéndose tras sus puertas cerradas. Todo ello invita a la tranquilidad. En esa abstracción temporal que la mente es capaz de crear por momentos, de pronto irrumpen los vientos del futuro hechos presente, trayendo entre sus ráfagas a personas que caminan de prisa por las banquetas, mujeres con sus zapatos de tacón alto que evitan habilidosamente los pisos desnivelados, fracturados aquí y allá; hombres con sus maletines en una mano y el vaso de café en la otra.

Sin embargo, los dueños indiscutibles del bulevar Hidalgo son los cuidadores de carros. Ellos son los únicos con el poder para persuadir a los conductores de que sus vehículos necesitan lavarse aunque luzcan impecables; son los auto-proclamados veladores y guardias de seguridad de los autos estacionados en sus terrenos. Ellos son la única guía en el caótico tráfico del lugar y defienden su coto de poder, ganado por quién sabe cuáles mecanismos, con bandera de color indefinido al aire y cubeta en mano. ¡Qué nadie se atreva a decirles que no!, quien lo haga estará condenado a errar de una calle a otra buscando la tierra prometida que pudieron milagrosamente haber obtenido, si sus ojos hubiesen visto lo que ellos vieron: un carro sucio en peligro de robo.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.