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Empresarios regionales

 

Alvaro Bracamonte Sierra.*

Explicaciones distintas acerca del origen del empresario local coinciden en señalar que fue cobijado por el poder político encarnado en los generales sonorenses victoriosos de la revolución mexicana. Muchos de ellos se beneficiaron de las cuantiosas inversiones en infraestructura hidroagrícola destinadas por la federación a la promoción del desarrollo rural. Fue mediante ese mecanismo que se detonó el crecimiento del agro en el Sur de Sonora y en otras regiones de la entidad.

La historiografía insinúa que los empresarios sonorenses fueron una especie de gigantes que convirtieron el desierto en un vergel. Es posible que así haya sido aunque debe decirse que lo hicieron al cobijo de los distintos niveles de Gobierno con quienes mantuvieron un estrecho vínculo. Estas relaciones permitieron el florecimiento de la economía agrícola misma que por muchos años fue la impulsó el crecimiento económico estatal.

En la actualidad los empresarios agrícolas siguen siendo parte medular de la vida económica de Sonora. Lo son debido a que el campo mantiene relevancia en la estructura productiva y porque, a querer o no, conservan una estrecha relación con las autoridades locales y federales. Y no es que esté mal; es parte consustancial del funcionamiento del sistema. Ocurre aquí y sucede también en Estados Unidos, en Europa y en cualquier parte del mundo: el desarrollo implica la convergencia de lo privado y lo público; los congrega un interés común: la prosperidad de la región, aunque algunos se vuelven más prósperos que otros pues es la naturaleza del modelo económico.

El problema, en el caso regional, es el poco recambio en el perfil de los empresarios que se asocian con las autoridades. Éstas cambian pero ellos no o no en el ritmo que cambian los tiempos. A simple vista puede observarse que son los mismos de hace 10, 20 o 50 años y no nos referimos a sus apellidos sino a los giros principales donde operan. Mayoritariamente se trata de empresarios dedicados al sector primario o centrados en alguna actividad funcional como el comercio y los servicios en general.

Esto no resultaría extraño de no ser porque ese conservadurismo no corresponde al hecho de que el agro ya no es el pilar de la economía. Es decir, llama la atención observar ese patrón pese a que el campo, aunque mantiene relevancia, no es ya el motor económico del estado sino la industria, particularmente en Hermosillo. Así lo indican los datos proporcionados por Inegi: Poco más del 40 por ciento del valor agregado municipal se produce en la industria, situación similar al ámbito estatal donde el PIB del sector secundario, correspondiente a las actividades industriales, explica casi el 50 por ciento del producto interno bruto de Sonora.

Viene a colación esta reflexión a propósito de la visita que una veintena de empresarios hermosillenses hicieran a la gobernadora hace un par de semanas. Se trata de inversionistas agrupados en la Asociación Civil Hermosillo Visión 2025. En la foto que circuló en los medios se pueden observar a dirigentes cuyo negocio central son los servicios, el comercio, el giro agropecuario e inclusive la presencia mayoritaria de dueños de firmas constructoras o de desarrollos inmobiliarios.

Es bueno que se reúnan los privados y el Gobierno, compartan planes de trabajo y convengan en la necesidad de hacer de la ciudad y el estado un lugar mejor para vivir y donde la calidad de vida de todos mejore. Pero no vimos, o por lo menos no ha circulado información al respecto, empresarios dedicados a los nichos más dinámicos centrados en la industria y menos la asistencia de dueños de compañías consideradas portadoras del escalamiento competitivo: las empresas de base tecnológica.

Esto sí es motivo de preocupación tomando en cuenta que tal ausencia revela o sugiere que algo no está bien en el tejido empresarial nativo.

*Doctor en Economía. Profesor-investigador en El Colegio de Sonora.