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Luces o trabajo: Participación ciudadana

Víctor S. Peña*

Hablando de participación ciudadana, va una anécdota:

Hace algunos años, por estas fechas, el alcalde de aquél municipio subió a su cuenta de twitter una pregunta, “¿Luces o trabajo?”. Aquello era, en parte, el seguimiento a una discusión que estaba en el ambiente: debía el municipio “invertir” en adornos navideños y el pago de la electricidad por mantener encendidas las luces por el periodo o, por el contrario, usar esa cantidad en un programa de trabajo temporal. ¿El resultado? La ciudad se vio “menos navideña” pero varias familias pudieron beneficiarse con el ingreso que significó tener trabajo a lo largo de un par de meses.

El asunto no es producto de la ficción. Sucedió. Es uno de los muchos ejemplos que, al mundo, ha dado Jun, una municipalidad ubicada al centro-norte de la provincia de Granada, allá en España.

Vayamos por pasos. La experiencia es engañosamente sencilla y frecuentemente se le reduce a “un alcalde con cuenta en twitter”. Cuidado con esto, pues el asunto es mucho más complejo… y significativo.

Está, claro, la presencia de una herramienta de las de última generación, el twitter. Y ya aquí, algunos podrán expresar su desconfianza: se trata de una red social donde personas, con posibilidades de Internet, se adhieren voluntariamente y “siguen” a quien quiere y para los fines que considere. Esa desconfianza lleva a una pregunta: ¿Habrá algo más elitista que una herramienta en internet, que exige cierta habilidad en las tecnologías de la información y que casi obliga al uso de teléfonos inteligentes?

La respuesta a esa pregunta depende del contexto. Para el caso particular, detrás de la decisión “luces o trabajo” ha habido un largo trabajo desde varios frentes: la municipalidad ha apoyado por años el uso y conocimiento de la herramienta y grupos ciudadanos (fondeados por diversas fuentes o de manera voluntaria) han aportado lo suyo. En ese contexto, la pregunta del alcalde no se lanzó al vacío sino a una muy bien tejida comunidad que se ha apropiado de twitter como uno de los mejores medios para comunicarse.

Pero el asunto no termina ahí, que ya por sí mismo significa bastante.

La adopción de la herramienta, el desarrollo de capacidades y la propagación de la tecnología es apenas una pieza. Al término del ejercicio nadie cuestionó la legitimidad de la decisión o la representatividad de quienes participaron en el sondeo. No hubo una sola voz que pusiera en duda la voluntad del alcalde o señalara la existencia de una agenda oculta. Detrás de todo ello está la palabra “confianza”.

La confianza no se compra, se construye. Y, ahora, cada vez menos se tiene “el beneficio de la duda”; por el contrario, debe partirse de números negativos y escalar con cada decisión.

La confianza no se establece por decreto ni puede obligarse por ley. Necesita de una actitud abierta de parte del líder político y de su equipo y del equipo de su equipo… de todos, porque más se tarda el líder en pronunciar un discurso que genere confianza que un ejecutor en darle al traste.

En tiempos en los que se habla de apertura gubernamental, no es raro que el énfasis se quiera dar en las aplicaciones tecnológicas. Es, hasta cierto punto, una manera rápida de “vender” la imagen de un gobierno interesado en la ciudadanía.

Hay, por ahí, muchos gobernantes con cuentas de twitter que van por el mundo como cuerpos sin alma. Hay, por ahí, muchas propuestas novedosas basadas en tecnologías que se consumen a sí mismas. Lo de menos es encontrar un nombre novedoso o ganarse un premio por el desarrollo de una app: el buen servicio no se programa en un escritorio.

Aprendamos del modesto ejemplo de Jun, en España. Detrás de cada aplicación tecnológica debe haber seres humanos con una nueva actitud. O el asunto no es más que simulación.

*Profesor investigador de El Colegio de Sonora y Doctor en Política Pública por el Tecnológico de Monterrey. Su twitter es @victorspena