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La sierra y el viento; y libros póstumos

      Vicente Francisco Torres*

(UAM-A)

Hace cuatro décadas, en la Editorial Arte y Libros, apareció la primera edición de La sierra y el viento (1977), libro cuya vida ha estado llena de peripecias. A esa edición, que debemos a Alberto Dallal, siguieron otras publicadas en Sonora, tierra natal del autor. Con los años, este libro se convirtió en un clásico de la literatura del norte del México, que con las obras de Ignacio Solares, Joaquín Armando Chacón, Ricardo Elizondo, Jesús Gardea, Carlos Montemayor, Víctor Hugo Rascón Banda, Rosario San Miguel y otros autores más, constituyó una suerte de boom que precedió la horneada actual que tiene su corazón en el tema del narcotráfico. De hecho, la novela pionera del narcorrelato es, hasta donde sé, Contrabando (2008), de Víctor Hugo Rascón Banda, seguida muy de cerca por Juan Justino judicial (1996), del autor que hoy recordamos. La importancia local de La sierra y el viento creció cuando fue incluida, en 1999, en  la colección de Lecturas Mexicanas.

Este año de 2017 coincide el 40 aniversario de la novela con el cumpleaños número 35 del Colegio de Sonora (COLSON), que fundara Gerardo Cornejo. El COLSON siempre ha sido magnánimo con su fundador y, para celebrar ambos cumpleaños, entregó una hermosa edición de La sierra y el viento y dos libros póstumos: Ángel extraviado e Itinerarios errantes. Nostalgias de un italómano, todos impresos en 2016.

Esta novena edición de La sierra y el viento reproduce la de Lecturas Mexicanas, prologada por Carlos Montemayor, empastada en papel cultural de 90 gramos, color crema, con portadilla, capitulares y algunas ilustraciones en color sepia.

La sierra y el viento[2] es una epopeya que cuenta, en su primera mitad, el viaje que emprende una familia desde la sierra (que es un paraíso lleno de pinos y habitado por animales salvajes), hasta el páramo que recibiría el nombre de Cajeme.

Los personajes abandonan las fértiles montañas para embarcarse en una aventura incierta porque las minas se agotaron y, al parecer, la agricultura y la ganadería no fueron suficientes para arraigar a los viejos gambusinos en aquellas hermosas alturas.

La novela tiene la estructura que le da el viaje (cada capítulo habla de la estancia de los protagonistas en diferentes regiones como la sierra misma, el desierto, las rústicas aldeas, las incipientes ciudades o el mar) y se enriquece con múltiples diálogos y anécdotas que muy a menudo se convierten en cuentos independientes. Es la manera de contar que tiene un novelista educado en la tradición oral.

El punto de vista narrativo está dado por los ojos de un niño, quien observa emocionado cómo bajan de la sierra, se adentran en el desierto y, finalmente, descubre el trazo y los hacinamientos de Tónichi, con su incomprensible ajetreo y la ostentación del monstruoso ferrocarril.

En la segunda mitad de la novela se acaban la mesura y el lirismo  —que nos traen ecos de José María Arguedas, Demetrio Aguilera Malta, Ciro Alegría y de la mejor tradición de la novela social en la que se educó Gerardo — y se acelera la narración con el relato de los padecimientos de los migrantes que llegan a colonizar el desierto abrasador.

A lo largo de todo el libro encontramosla presencia avasalladora de los elementos de la naturaleza endos de susformas extremas: la serrana, que es edénica, consus ríos, arroyos, bosques y cañadas, y la desértica, que con sucalor atroz, sus alimañas y su vegetación inmisericorde,sabe devorar a loshombres. Esta novela  de Gerardo trajo al candelero el antiguo problema de la novela de la tierra, y no lo revive gratuitamente, sino que este autor quiere dejar constancia de las atmósferas donde ha vivido, en este “país demagias geográficas”, como él dijo.

En diciembre de 1983, Gerado Comejo dio a la estampa El solar de los silencios, un libro de cuentos en el que la sierra sonorense vuelve a surgir abrumadoramente, tal como sugiere Erly Danieri que aparece la naturaleza de nuestro continente: “El paisaje que se intenta colocar como trasfondo, irrumpe a primer plano; la tierra se convierte en personaje central, verdadero protagonista tiránico y dominante; y ya no es el hombre quien describe el paisaje; la tierra invade su vida y acuña su arte.”[3] En efecto, si en La sierra y el viento sólo habíamos observado cómo los viejos gambusinos abandonaban la sierra, por El solar de los silencios sabremos que fue la sequía inmisericorde —que alcanzaba un millón de kilómetros cuadrados— la que los obligó a emigrar, ya que  todavía no se iniciaban la construcción de presas ni la lucha contra el desierto. Estos primeros cuentos fueron ramas desgajadas  de la novela y constituyeron otro reconocimiento al ingenio y al valor de aquellos hombres y mujeres que tenían un amor desmedido por su tierra, tal como vemos en lo que Mario Vargas Llosa en un momento llamó novela salvaje.

La sierra y el viento, novela de tintes autobiográficos, basa buena parte de sus valores en la epicidad, en el canto a esos hombres que no se rindieron ante la geografía y tuvieron la osadía de plantar caseríos que serían ciudades. Fue la celebración de los hombres obstinados, la memoria de una hazaña en la que seres  pusilánimes habrían huido despavoridos. Desde este su primer libro, Cornejo apareció no como un dinamitero, no como un revolucionario que incendiaba formas y temas, sino como un discípulo  aventajado de lo que en su momento fue conocido como novela telúrica. Cornejo se atenía a técnicas tradicionales como la del viaje y la inserción de pequeñas anécdotas en el cuerpo novelesco y, por el estilo paisajístico, arrobado ante la majestuosidad de los escenarios, no dudaba en aparecer como un continuador de la más prestigiada tradición narrativa latinoamericana, la que forjaron Jorge Icaza y Ricardo Güiraldes, Rómulo Gallegos y José Eustasio Rivera,  Miguel Ángel Asturias y Alcides Arguedas.

El solar de los silencios, su primer libro de relatos, fue una celebración de lo que el enorme escritor cubano Onelio Jorge Cardoso había llamado un cuentero, es decir, aquel ser humilde que, como no tiene más bienes  derrochables que las palabras, el tiempo y el ingenio, se pone a hilvanar historias desmesuradas que ayer fecundaron la literatura con leyendas y crónicas y hoy cristalizan, en México, en las obras de autores tan diversos como Eraclio Zepeda o Herminio Martínez. Pastor de fieras (1999), su segundo volumen de relatos breves, rendirá homenaje nuevamente al contador oral y al conversador pero, aprovechando las lecciones de Rudyard Kipling y de Horacio Quiroga, constituye un volumen unitario que pasa a través de los ojos o la voz de un nativo de Tarachi para dar cuerpo a historias hiperbólicas que entregan la visión de la naturaleza que tenían los grupos autóctonos americanos antes de la llegada de los españoles, esa visión en la que el hombre era parte de la naturaleza y no su usufructuario. De este modo, Gerardo hizo un tácito reconocimiento al México profundo que Guillermo Bonfil Batalla ponderaba muy por encima del México transnacional y desarraigado. Si se mira desde otro ángulo, Pastor de fieras ofrece nueva unidad  porque todas las anécdotas parten de la zoología típica del norte.

Las obras de Gerardo Cornejo y Severino Salazar tienen en común  su interés por la geografía norteña; la amistad también los unió. Como sabemos, la primera novela de Severino se llamó Donde deben estar las catedrales (1984) libro intenso, hermoso y depurado. Su condición de novela breve la entregó en pura proteína, sin adiposidades lingüísticas. Pues bien, cuando Severino falleció, al releer su primera novela para hablar en un homenaje luctuoso, me fui de espaldas porque reencontré a un personaje que moría como murió Severino. Es decir, Severino describió su muerte pudibunda en un personaje de su primer libro. Pero no es la anécdota lo que quiero mencionar aquì, sino un hecho estrictamente literario. Cuando leí su novela póstuma,  Paisajes imposibles. La danza de los ciervos (2013), advertí que Severino  volvió, al final de sus días, a la novela concisa, sin las voluminosas dimensiones de otras de sus narraciones, bellas y admirables, pero que no tenían la limpidez de su opera prima.

Vuelvo ahora a Gerardo Cornejo.

Allá por el año 2009, cuando se preparaba la edición de su Obra reunida, Gerardo me dio una copia de Ángel extraviado, su novela todavía inédita, para que la leyera y diese una noticia completa sobre su trabajo literario. Nunca me imaginé que estaba leyendo su obra póstuma que cerraba su ciclo novelístico de una manera semejante a como sucedió con Severino Salazar. Gerardo volvió a la concisión de La sierra y el viento, muy alejada de otros libros voluminosos como Al norte del milenio. Pero lo más importante es que regresó al escenario de La sierra y el viento, a sus personajes entrañables y a la reivindicación de sus raíces indígenas que tanto lo enorgullecían. Sin saber que estaba escribiendo sobre un libro póstumo, le entregué a Gerardo un texto de donde extraigo lo que presento a continuación.[4]

Ángel extraviado es una  novela concebida como un homenaje a los ámbitos de la cultura tarahumara (rarámuri, en lengua autóctona) pero, sobre todo, a la idea que tienen de la naturaleza: los hombres son parte de ese mundo apenas salido de la creación, con acantilados, bosques, ríos profundos y serranías; detestan a los mestizos que depredan. Además, la concepción tarahumara de  la vida como un bien inagotable se opone a la idea mestiza de la existencia como un bien finito. Para mostrar ese mundo de arroyos, cuevas y pinares, Cornejo creó a Avelino, un gangoso, tartamudo y corcovado quien, predestinado por la etimología de su nombre, dio en buscar todo dato que hubiera sobre los ángeles. El cura don Sagrario, atendiendo a su pasión, le hizo una serie de apuntes que cayeron en manos de Ronasio, maestro rural y padrino de Avelino que, al enterarse de que el muchacho había asumido la locura de querer convertirse en ángel para paliar el sufrimiento que su aspecto le procuraba, emprendió la búsqueda de un acantilado tan alto que le permitiera saltar y le diese, también, el tiempo suficiente para que le salieran alas y no se estrellara en el fondo de las cañadas. Ronasio persigue a  Avelino por carreteras y caminos de herradura, de a pie y de a uña (son los que permanecen a la orilla de los precipicios) y, mientras realiza la pesquisa, va mostrando la ciclópea belleza de la geografía tarahumara. Las transmisiones de una estación de radio que cubre su viaje y la lectura en distintos caseríos de los apuntes del sacerdote le permiten al padrino compilar una historia de las versiones que de los ángeles han hecho las distintas religiones y obras tan prestigiadas como El paraíso perdido, de Milton.

La estación de radio juega un papel importante porque anticipa la llegada del profesor a los recovecos de la sierra y a los confines de los valles. En los mensajes radiofónicos, además, va la filosofía de la gente que habita la sierra tarahumara: “Porque resulta que el contento no es solamente la ausencia del dolor, sino el disfrute de la amistad de los hombres y de la belleza de la Gran Natura”[5].

Ronasio, alter ego de Gerardo Cornejo, es un tarahumara-chilango que posee el sentido indígena comunitario y el individualismo de los hombres de la ciudad. Como el autor, vuelve de las ciudades como profesor bilingüe, cargando las mismas nostalgias que Cornejo expresará en Balada de cuatro rumbos. Personajes como Encamación Wahuiráchi —una vendedora ambulante de sotol que enviuda cuando su marido muere en el fondo de un acantilado—, que también desparrama historias por la sierra y por eso le cambian el nombre de Encamación por Navegación, propician lo numinoso a punta de creencias, invenciones y lecturas que derraman en los mentideros de la sierra, en las minas abandonadas, en los pinares y en las cascadas. Y, finalmente, el prodigio se consuma como en un cuento fantástico, porque Avelino empieza a hacer milagros: sana a una moribunda con sólo ponerle la mano encima; libera a un lobo de la trampa con sólo mirarlo y, seráficamente, el animal intentará seguirlo. Además, Avelino se lanza hacia el buscado abismo y lo rescatan dos ángeles y Rosalinda (una mujer que murió al resbalar mientras miraba en éxtasis una cascada). Como su cuerpo nunca apareció, los tarahumaras la incorporaron a los seres angélicos que ambientan la novela.

Al final del libro, cuando el narcotráfico ha corrompido la vida edénica de las serranías, sabremos que Ronasio y Encarnación Wahuiráchi se refugian a terminar sus vidas en Cuatro Rumbos, el mismo sitio en donde Gerardo Cornejo escribió su libro de versos porque, después de tanto trajinar por el mundo, nuestro autor ya sabe que allí quiere que terminen sus pasos.

Ángel extraviado muestra que Gerardo Cornejo tuvo su casa y sus temas, que no anduvo por el mundo persiguiendo modas, sino que le urgía sacar lo que trajo guardado muchos años, mientras se acreditaba como mentor de las ciencias sociales.

En Balada de cuatro rumbos (2008), desde el epígrafe, que es un adagio de la Alta Edad Media, hubo una nueva apuesta por los escenarios rurales de su primera y entrañable novela, La sierra y el viento: “Dios hizo al campo, / y los hombres han hecho las ciudades”.[6]

Encontramos las fértiles alturas, con sus bosques dilatados y esmeraldinos, sus abismos y arroyos, y la extensa y candente plancha del desierto, en donde se edificaron ciudades como Hermosillo. Pero mientras en la novela el autor hablaba del abandono de la serranía para ir a establecerse, primero, en las casas plantadas en medio del páramo y, después, en las aglomeraciones de la capital del país, en los poemas el autor ya está de vuelta. Ha navegado todos los mares del mundo y ha pisado todos los continentes, fundó instituciones y ocupó altos cargos en organismos diversos. No más trabajos por razones alimentarias ni de reconocimiento profesional. Ahora tiene el refugio de su cabaña enclavada en medio de los bosques, con los ríos a sus pies y la compañía de los astros y los cantos del viento y de las aves. Las fragancias de resinas lo rodean y no tiene más objeto que la página en blanco para celebrar a la mujer amada, la llegada del día y de la noche, para plasmar sus memorias y para dar gracias por los bienes prodigados y por la oportunidad de tener un refugio que una y otra vez se menciona como algo semejante al paraíso: “Sé muy bien que estoy disfrutando de una cala / de lo que las religiones llaman paraíso. / Lo que no acierto a saber. (¡Ni falta me hace!) / es ¿qué cosa hice yo / por merecerlo? “[7]

Y desde aquí se va colando la idea del final, que se asume con serenidad, como resultado de los años vividos y de la experiencia dichosa: “Resulta que después de pasear mis huesos / por más de la mitad del ancho mundo, / sé por fin / dónde quiero dejarlos”. Y va de pilón un texto ingenioso y risueño: “Cuando presto atención al vuelo / de la multitud de aves que revolotean / libremente alrededor de mi cabaña / resulto ser el único enjaulado”.[8]

Gerardo, desde su infancia y por obra del destino, tuvo una relación muy cercana y determinante con Italia. Su amor por la literatura nació en la enseñanza primaria con Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis. Y aquì otra coincidencia turbadora: este mismo libro fue el que sembró el interés literario en el escritor Severino Salazar.

Pues bien, además de Ángel extraviado, Gerardo dejó un segundo libro que apareció póstumamente: Itinerarios errantes italianos. Nostalgias de un italòmano, mismo que me lleva a recordar que el viaje y los recuerdos siempre estuvieron en la construcción de sus obras: viaje hubo desde La sierra y el viento, mismo que fue una construcción memoriosa alimentada por la tenacidad paterna. Es su padre el modelo de los gambusinos que abandonaron las minas de la sierra y domaron al desierto para plantar en él las ciudades que hoy tienen bullicio de grandes capitales. Ni qué decir de libros Como temiendo al olvido u Oficio de alas, ambos escritos con los vapores del recuerdo.

La reciente lectura de Itinerarios errantes italianos me hizo reparar en que tuve el privilegio de escuchar de sus labios muchos recuerdos que he visto aparecer en sus libros. Estos itinerarios errantes italianos, que empiezan en las lecturas tempranas y en el descubrimiento de los viajes más baratos que Gerardo realizó —porque los hizo con un dedo sobre un mapa—, me hicieron pensar en un temprano viaje a Jicaltepec, cuando Gerardo tenía menos de 20 años de edad. Allí conoció una colonia italiana y a una abuela que le regaló las primeras clases de lengua italiana viva que tuvo. Y este fragmento de su último libro memorioso me recordó una tarde que hablábamos sobre las brujerías preparadas con bebedizos. Él me dijo que no sabía cómo operaban, pero de que existían, claro que existían, porque él los había visto en Jicaltepec. Y un último recuerdo. La noche que se presentó en el Instituto Italiano de Cultura, en Coyoacán, la traducción italiana de La sierra y el viento, una persona del público le pidió a Gerardo que contara algún recuerdo de sus estancias italianas. Y el escritor, que tan lleno estaba de anécdotas, e  italianas particularmente, respondió que en ese momento no estaba en posibilidad de poner algún recuerdo sobre la mesa. Y en ese preciso instante advertí que Gerardo se estaba yendo, porque no lo volví a ver sino hasta la tarde que lo despedimos en el cementerio.

Pero deseo volver al libro, que para eso vine desde tan lejos.

En Itinerarios errantes italianos advierto que Gerardo siempre viajó por Italia buscando una geografía hermana de la que recreó en La sierra y el viento y en Ángel extraviado. Además, siempre tuvo su mente abierta al milagro, siempre esperó momentos que, sabía, la vida le iba a regalar, como cuando hizo su primer viaje a Italia, sin recursos y, todavía, sin los idiomas que más tarde adquiriría. Y para abundar en este aspecto, recuerdo el viaje que hizo por caminos de terracería  y por laderas vecinas del abismo para llegar al Gran Sasso, a La Gran Piedra en un pequeñísimo Fiat que semejaba una cucarachita colgada de un acantilado. Sin él saberlo, una empleada joven que pretendía cuidarlo, iba tras él para ayudarlo en su subida al cielo. Nunca lo alcanzó pero ejerció una protección bienhechora que fue celebrada al regreso con abundante vino italiano.

Este libro tiene noticias de sus lecturas y de su educación cinematográfica; nos dice que Gerardo siempre viajó ligero, como quería Miguel Hernández; aventuró una ontología de los italianos y dio pinceladas ingeniosas  como la siguiente. En un sanitario encontró unas palabras que copió para traerlas a México, aunque no sé si lo hizo. Decía así

Trovare pulito

È un piacere

Laciare pulito

È un dovere

Que en buena lengua chichimeca significa:

Encontrar limpio

Es un placer

Dejar limpio

Es un deber.[9]

 

Itinerarios errantes italianos es un libro entrañable porque Gerardo siempre se relacionaba con los afectos; en todo apostaba con el corazón, hecho que explica la calidad y la cantidad de sus amistades.

 

FUENTES DE CONSULTA

CORNEJO, Gerardo,  La sierra y el viento , 9ª. ed. Hermosillo, El Colegio de

Sonora, 2016.

———-      Ángel extraviado,Hermosillo, El Colegio de Sonora, 2016.

———      Itinerarios errantes. Nostalgias de un italòmano, Hermosillo, El

Colegio de Sonora, 2016.

———-     Juan Justino judicial, Mèxico,  Editorial Selector, 2006.

———-     El solar de los silencios, Hermosillo, Publicaciones del Gobierno

del Estado de Sonora, 1983.

———-     Pastor de fieras, México, Issste Cultura, 2005.

———-     Balada de cuatro rumbos, Instituto Municipal de Cultura y Arte / Mora-Cantúa Editores, colección Andenes, Hermosillo, 2008.

DANIERI, Erly, Esta tierra de América. Siete ensayos americanos, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1943.

RASCÒN BANDA, Víctor Hugo, Contrabando, México, Editorial Planeta, 2008.

SALAZAR, Severino, Donde deben estar las catedrales, México, Editorial

Katún, 1984.

———-      Paisajes imposibles. La danza de los ciervos, México, INBA / Conaculta / Juan Pablos Editor, volumen seis  de sus Obras Reunidas, 2013.

TORRES, Vicente Francisco, Esta narrativa mexicana, 2ª. ed., México,

Editorial Leega / Universidad Autónoma Metropolitana,

Azcapotzalco, 2007.

———-    “Gerardo Cornejo de cuerpo entero”,  prólogo a Como temiendo al olvido. Obra reunida, dos vols., Hermosillo, Instituto Sonorense de Cultura / El Colegio de Sonora, 2009, pp. 7- 21.

 

 

 

 


[1] Este trabajo  fue leído para presentar la novena edición (conmemorativa) de La sierra y el viento y  dos libros póstumos de Gerardo Cornejo (1937 – 2014): Ángel extraviado e Itinerarios errantes. Nostalgias de un italòmano. Los tres volúmenes fueron editados en 2016 por El Colegio de Sonora. Dicha lectura tuvo lugar el siete de septiembre de 2017 en la Feria del libro de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

[2] Véase lo que escribí sobre los primeros libros de Gerardo Cornejo en mi libro Esta narrativa mexicana, 2ª. ed., México, Editorial Leega / Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 2007, pp. 113  – 121.

[3] Esta tierra de América.  Siete ensayos americanos, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. p. 41.

[4] Véase “Gerardo Cornejo de cuerpo entero”,  prólogo a Como temiendo al olvido. Obra reunida, dos vols., Hermosillo, Instituto Sonorense de Cultura / El Colegio de Sonora, 2009, pp. 7- 21.

[5] Gerardo Cornejo, Ángel extraviado, Hermosillo, El Colegio de Sonora, 2016, p.144.

[6] Balada de cuatro rumbos, Instituto Municipal de Cultura y Arte / Mora-Cantúa Editores, colección Andenes, Hermosillo, 2008, p. 7.

[7] Ibídem, p.46.

[8] Ibídem, p. 21.

[9] Gerardo Cornejo, Itinerarios errantes. Nostalgias de un italòmano, Hermosillo, El  Colegio de Sonora, 2016, p. 150.