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Acoso y piropos contra las mujeres, violencia naturalizada

María del Carmen Castro Vásquez*

¿Qué está pasando en nuestra sociedad que todos los días nos enteramos de escándalos de acoso y abuso sexual? ¿Qué sentimos al leer las notas o enterarnos que aquél famoso personaje, generalmente masculino, está acusado de conductas indebidas, de acoso o abuso sexual, generalmente contra mujeres? ¿Cómo se ha roto con el statu quo de la violencia históricamente naturalizada, asumida y permitida, ejercida contra las mujeres? El acoso y hostigamiento sexual son manifestaciones de la violencia de género que se ejerce en todos los espacios en una sociedad, sean públicos o privados; es un problema cultural de siglos. Los estudios científicos sobre estos problemas datan de varias décadas; se han documentado en infinidad de lugares del mundo y en multitud de situaciones. De allí mi pregunta sobre cómo se ha dado este fenómeno de una franca oleada de denuncias. Como socióloga e investigadora en el tema de salud de las mujeres, el problema de la violencia contra ellas lo fuimos documentando casi “sin querer”, pues no era el punto central de las investigaciones, sin embargo, “allí estaba”. Incluso en los servicios de salud. Conocer experiencias en primera voz y escuchar además que no se había denunciado en ningún lugar o con ninguna persona, nos parecía de lo más “normal”, socialmente hablando, y si la experiencia no había sido grave, hasta podíamos reírnos de la situación. Oír sin escuchar los piropos en la calle o saber de las prácticas de acoso en el trabajo, era prácticamente el día a día, a pesar de ser un atentado permanente a la dignidad como personas, y que había que vivir en silencio y resignación. En esos años, hace casi dos décadas, ya nos sumábamos en contra del común denominador de asumir que así eran las cosas y difícilmente podrían cambiar, es decir, la resistencia a naturalizar el estado de cosas, de la existencia cotidiana y cercana de la violencia en sus múltiples expresiones. Difícil sí, imposible no.

El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Las feministas y activistas por los derechos de las mujeres lo adoptaron desde 1981, en conmemoración por el asesinato de las dominicanas hermanas Mirabal. Las Naciones Unidas lo adoptaron desde 1999, impulsando cada año la difusión, la firma de convenios internacionales y campañas específicas contra este complejo y brutal fenómeno que atenta contra las mujeres. El combate a este fenómeno ha sido considerado explícitamente en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, fijados en el año 2000, que los 189 países miembros de las Naciones Unidas acordaron trabajar para avanzar para el año 2015, y a partir de este año, más de 150 jefes de Estado y de Gobierno se reunieron en la histórica Cumbre del Desarrollo Sostenible en la que aprobaron la Agenda 2030, que contiene 17 objetivos para orientar la política pública y esfuerzos de atención de estos problemas.

Así que aprovecho la fecha para sumarme y expresar, aunque con sentimientos encontrados, mi rotunda indignación, pero también la esperanza por los cambios culturales que parecieran expresarse en esta oleada de denuncias. Leer en los medios sobre hechos que fueron solapados, omitidos y francamente legitimados en su momento —aunque indignante la magnitud del problema—, seguir visibilizando el problema de la violencia en todas sus expresiones, ayuda. Desde la investigación y como ciudadana considero que no hay que cejar en el intento, hay que felicitar a las mujeres que se atreven a demandar, exigir a quien corresponda y apoyar esfuerzos, por más modestos que sean, pero de significados simbólicos, para dejar por escrito y de manera explícita lo aberrante de las prácticas de acoso, incluyendo los piropos en la calle, que no hacen más que acrecentar la inseguridad, los prejuicios y la dominación sobre las mujeres.


*Profesora-investigadora en el Centro de Estudios en Salud y Sociedad, El Colegio de Sonora: ccastro@colson.edu.mx