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Un 2018 de economía, política y cosas peores

Rosana Méndez Barrón*

 

Iniciamos ya un nuevo año: el 2018, año número 18 del tercer milenio y, además, año bisiesto. Pese al augurio de prosperidad que suele acompañar el inicio de un nuevo periodo, es innegable que éste no se observa exento de incertidumbre y de inestabilidad, en especial en lo que respecta a la economía y a la política del país.

Sobre la primera, es notorio en esta segunda semana el señalamiento en la prensa de los aumentos de precio, tanto de los energéticos (combustibles, gas y electricidad) como de los alimentos que conforman la canasta básica. Ambas circunstancias, resultado de un entorno externo adverso y de malas decisiones de política, aunque no son noticias nuevas, no dejan por ello de ser alarmantes. Para los energéticos remarco algunos datos recientes: el precio del gas LP aumentó 40 por ciento, las gasolinas y diésel 7 por ciento y la electricidad tendrá un ascenso escalonado durante los primeros tres meses del año. Por su parte, el costo de la canasta básica en 2017 fue de 95 pesos por persona, considerablemente mayor al salario mínimo que alcanzó apenas los 88 pesos, señalando un déficit de cerca de 10 pesos. Si a este desfase se añade el incremento reciente del precio de diez alimentos que conforman dicha canasta (huevo, frijol, pollo, azúcar, papa, jitomate, arroz, limón, cebolla y aguacate), y de algunos servicios como el transporte colectivo, aéreo o restaurantes, el panorama es realmente atemorizante para la economía familiar de los mexicanos. Cabe señalar que no hemos incluido aquí el efecto negativo que traerá a la economía nacional y al bolsillo de los mexicanos la renegociación del TLC o, peor aún, su cancelación. Ello se resolverá en los siguientes meses y desafortunadamente no hay buenas expectativas.

Desafortunadamente, el difícil escenario económico que atravesamos es resultado de un entorno global adverso, pero también de una política económica insuficiente, por no decir ineficiente. Estos indicadores son evidencia concreta de un gobierno distante, desinteresado e incluso deshonesto, cuyos representantes se afanan en ignorar los indicadores, evadir las críticas y buscar justificaciones absurdas. Hay mucha evidencia de errores, malos manejos, desvíos e incompetencias en gran parte de las áreas de la administración pública federal; no es tan diferente en el caso de las administraciones estatales, pues son bien conocidos algunos actos de corrupción en que han incurrido varios exgobernadores (tristemente, de Sonora entre ellos).

La desazón política actual contrasta notoriamente con el “ambiente festivo” en materia electoral. Estamos ya desde finales del año pasado bombardeados con “autoalabaciones”, “seudodestapes” y “arcaicos proselitismos”, donde los diferentes aspirantes de la contienda se desgarran las vestiduras por convencer a un electorado desanimado, inconforme y apesadumbrado por los embates económicos y sociales. Desafortunadamente las opciones confirmadas al momento son poco prometedoras: todas se derivan de la misma estructura política deficiente; son resultado de los mismos procesos, y la mayoría difícilmente puede “librarse” de malos momentos de su pasado. Con todo ello el proceso se llevará a cabo y ya comprobaremos el próximo verano si la maquinaria pública logra avasallar a las alternativas o si alguna de éstas logra “destapar” los errores y convencer a los votantes de voltear a su pista.

En fin, parecería que el 2018 será un año complicado para el mexicano promedio, la “clase media” como genéricamente nos catalogan. No hay muchas opciones, ya sea en lo económico o en lo político: malos salarios, pocas opciones laborales, escaso financiamiento, un entorno poco estimulante para las empresas y los emprendedores; desconfianza, persistencia de la estructura burocrática y corporativista, entre muchos otros.

Pese a la capacidad para “proyectar” malos desenlaces en el ámbito económico y la “continuidad del status quo” político, ambos podrían cambiar: quizá el Congreso estadounidense no apruebe la salida de ese país del TLC o surja de la nada un candidato independiente libre de ataduras políticas y malas referencias del pasado, sin dogmas tradicionales y con una propuesta libre y eficiente para encaminar al país finalmente a la “senda del desarrollo”. Aun si este deseo se cumpliera, no podríamos desaparecer a la población en pobreza –cerca de la mitad del país­, y el latente problema de la delincuencia que aqueja muchas zonas del país.

Con todo ello, sólo queda aferrarse al “ambiente renovado y entusiasta” que emerge cada inicio del año: siempre esperamos cumplir con todos aquéllos propósitos no cubiertos en el año previo ante un vasto horizonte donde las opciones y nuestras capacidades parecen multiplicarse. Quizá si todos lo hacemos de forma consciente, este anhelo pueda materializarse. 

*Economista y especialista en Ciencias Sociales, Asistente de investigación en CEGAP-COLSON.