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FOTO DE LA SEMANA: “Aves”

La imagen fue tomada por Alejandro Navarro.

Los invitamos a publicar fotografías de su agrado para esta sección semanal. Enviar fotos al correo: asanchez@colson.edu.mx

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Caras vemos, escritos no sabemos

Zulema Trejo Contreras*

El ámbito donde nos desenvolvemos los historiadores rara vez produce acontecimientos que merezcan titulares en la prensa o sean motivo de comentarios en las redes sociales. Desafortunadamente cuando algo así sucede es porque murió algún historiador importante por sus aportes al conocimiento de nuestra disciplina, como sucedió con el fallecimiento del historiador Silvio Zavala, pionero en la investigación histórica mexicana.

La comunidad de historiadores, habitualmente estable, se sacudió fuerte e inesperadamente cuando un grupo de historiadores norteamericanos denunció que un libro escrito por ellos había sido plagiado por un investigador de la Universidad Michoacana San Nicolás de Hidalgo. Esta información, que circuló primeramente por correo electrónico y luego en las redes sociales, destapó una caja de Pandora de la cual siguen emergiendo, una tras otra, pruebas de que este investigador pasó su carrera dedicado no a la labor de historiar —como diría Luis González, otro de los grandes historiadores mexicanos ya fallecidos—­, sino, por el contrario, se abocó a desarrollar con exquisitez el arte del plagio. Plagiar y plagio son términos que pocas veces están presentes en nuestro vocabulario cotidiano, a menos que nuestro trabajo se realice en los ámbitos literarios o de investigación en los cuales un plagio no es sólo algo “malo”, sino que constituye una falta de ética, una deshonestidad. Aun cuando sea difícil de creer, el plagio se va convirtiendo en una tentación ante la que muchos sucumben antes que perder los estímulos económicos que otorgan instituciones laborales en particular, y el CONACyT en lo general, mediante el sistema nacional de investigadores, coloquialmente conocido por sus siglas como SNI.

A partir del escándalo suscitado por los plagios consecutivos que realizó el investigador de la universidad michoana, el sistema de evaluación por pares que se realiza en las instituciones de educación superior y en el mismo Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) se ha puesto en entredicho. Se cuestiona no solamente la capacidad de quienes realizan las evaluaciones con preguntas como: ¿es que acaso no son especialistas en el área que evalúan?, ¿cómo es posible que evalúen estos temas y desconozcan lo que al respecto se escribe en otros países? o ¿si lo conocen, aun así dan por buena una obra plagiada? En pocas palabras, puede decirse que la capacidad intelectual y la ética de las personas que forman estos comités evaluadores está siendo fuertemente cuestionada a nivel nacional, y aunque las instituciones involucradas han emitido escuetos comunicados donde se deslindan de lo hecho por Rodrigo Núñez –en estos momentos ya exprofesor de la Universidad Michoana–, no deja de ser extraño cómo en un mundo globalizado como el actual, donde basta teclear una frase en un buscador de internet para encontrar lo que se desee, nadie hasta ahora haya descubierto que este señor plagió libros y artículos de revistas de otros países. Independientemente del despido del cual ya fue objeto, de las demás sanciones que pueda recibir, así como del ostracismo al que se autocondenó, el mal ejemplo que dio esta persona también tiene su parte buena o, como suele decirse, que nos sirva de experiencia para no sucumbir a la tentación de apropiarnos del trabajo de otros. Sin embargo, también hay un refrán que dice: “nadie experimenta en cabeza ajena”. Ojalá que el escándalo desatado en torno a los plagios de Rodrigo Núñez no sólo haga rodar cabezas, como han dicho mucho, sino que también sirva para recordar que para llegar a los niveles superiores de evaluación se requiere un trabajo propio constante, honesto, ético.

*Profesora-investigadora en El Colegio de Sonora.