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Antecedentes de la nueva Historia Política

Iván Aarón Torres Chon*

Un personaje es más que lo que se cuenta de sus hazañas, como “hombres de bronce” de las estatuas. Para hacerlo más sencillo, ninguna trayectoria es lanzar un “vine, vi, vencí” como el romano Julio César, frase que por sí sola denotaría su poder político y estrategia militar por obra de “sepa la bola”, como decían los revolucionarios mexicanos.

Hasta la década de 1970 los estudios históricos predominantes eran de características estructuralistas, enfocados a registrar “datos duros” (fechas, cifras, indicadores) de la sociedad, como fechas conmemorativas, censos, batallas, defunciones por epidemias, en fin, sólo cantidades y pocas actitudes. Así, hombres y mujeres también eran designados mediante variables cuantitativas para la jerarquización, la comparación y la construcción de temporalidades, así como aparecen en los almanaques y enciclopedias, por ejemplo, una guerra se describía respondiendo al ¿Quién fue, cuándo, dónde, cuántos?, dejando fuera motivos e intenciones, o sea, el ¿por qué lo quiso hacer cada cuál?

Insisto, pero, y si yo quiero saber más sobre quién era un desconocido que formó parte de la plebe, de la chusma, que se rebeló contra un imperio, un gobierno o un sector económico; cómo se gestó el movimiento, cual fue su estrategia, sus alcances. Saber, sobre todo, de la intervención de ese individuo o grupo, y a partir de allí proponer una tipología, caracterizarlo, dotar de significación los acontecimientos. ¿Cómo le hare?, ya no hay “Oráculo de Delfos”, la “bruja de Endor”ya se jubiló, si no comprendo el dato duro, ¿cómo lo haré con el lenguaje, las representaciones sociales, sus prácticas cotidianas?, ya “me cargó el payaso” en este asunto.

Antecedentes teóricos para responder a este tipo de dudas se localizan en la historiografía francesa de la década de 1960, cuando en la corriente de Annales se desarrolló el concepto de cultura política para ampliar el rango de análisis de la participación de las masas en la revolución. Autores como René Rémond y Sergei Berstein prestaron atención a los signos y símbolos que forman parte de la mediación entre los actores políticos, a través de su afiliación partidista, en su participación en los procesos electorales, así como en movimientos sociales como la guerra, la huelga, entre otros.

La historia cultural analizó el contexto particular de las comunidades a las que pertenecen, así como la posición de legitimidad de las demandas, los procedimientos para la solución de los conflictos entre los demandantes y la imposición de resoluciones. Sin embargo, Annales recibió críticas por aportar una visión limitada de la política y el poder, al concebirlos como una serie de eventos de corta duración cuya verdadera explicación estaría en los fenómenos económicos, demográficos, sociales y de mentalidades que se desarrollaban en la mediana y larga duración. Estos serían percibidos y analizados a partir de la construcción de series estadísticas de nacimientos, defunciones, archivos judiciales, testamentos, entre otros.

A partir de la década de 1980, la crítica se desarrolló principalmente desde la perspectiva historiográfica norteamericana e inglesa, autores como Víctor Turner, Mary Douglas y Clifford Geertz abordaron la significación simbólica de la cultura retomando conceptos de la antropología y la crítica literaria, aflorando la llamada historia cultural. Paulatinamente se desarrolló la denominada nueva historia política, que analiza el ejercicio del poder como una relación de pactos y negociaciones mediados por aspectos culturales que involucran a los de abajo. Esta visión permitió rebasar la concepción de lo político como sinónimo de sistema de gobierno, para considerarlo como el proceso donde convergen el discurso y la acción de hombres y mujeres para dotar de sentido y legitimidad a su comunidad. A modo simple, cuál era su concepción de la sociedad y cómo era su identidad.


*Candidato a Doctor por El Colegio de Sonora zhoncy@hotmail.com