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“Las mujeres con este padecimiento requerimos, entre otras cosas, información y explicaciones para comprenderlo y enfrentarlo”, Rodríguez Martínez

Presentación del libro Directo al Corazón: Mujeres y enfermedad coronaria, un estudio con perspectiva de género de la Dra. Lucero Aida Juárez Herrera y Cairo, El Colegio de Sonora.

Dra. Yuriria A. Rodríguez Martínez

Agradezco la invitación de la Dra. Lucero Aída Juárez Herrera y Cairo para presentar su libro: Directo al Corazón: Mujeres y enfermedad coronaria, un estudio con perspectiva de género, recién publicado por El Colegio de Sonora.

Igualmente agradezco a las autoridades de El Colegio de Sonora, en especial a su rectora, la Dra. Gabriela Grijalva Monteverde, así como a la colega Dra. Carmen Castro Vásquez, que tan amablemente nos reciben en esta honorable institución a la que felicito por los 36 años de trabajo académico, docente e investigativo que tanto ha aportado a Sonora y a nuestro país.

Quiero comenzar por decir que el libro que presentamos es una joya. Como la pintura de su portada, su contenido nos envuelve en una lectura motivante y cuestionadora del estatus quo de la ciencia médica y la atención a la enfermedad coronaria en las mujeres. Me voy a permitir leer lo siguiente:

Con base en los estudios feministas, la perspectiva de género busca atender a la cuestión epistemológica sobre quién puede ser sujeto de conocimiento. La crítica feminista cuestionó a las ciencias sociales, y ahora, como está plasmado en el libro, cuestiona a las ciencias de la salud y muestra cómo las mujeres y sus experiencias son sujetos de conocimiento. En este libro, Elsa, Lorena, Gloria, Irene, Emma, Minerva, Josefina, Patricia y Gabriela son mujeres con enfermedad coronaria y son sujetos de conocimiento y de derechos.

Para Sandra Harding, la investigación feminista conlleva algunas características distintivas fundamentales que podemos encontrar en el trabajo que se expone en este libro: la primera es que incluye nuevos recursos empíricos y teóricos a partir de considerar las experiencias de las mujeres.

La investigación de la Dra. Juárez plantea el cuestionamiento acerca de cómo la enfermedad coronaria en las mujeres ha sido poco estudiada. Aun cuando es un problema para ellas, y como sujetos de derecho a la salud, las mujeres con este padecimiento (y las demás que sin tenerlo podríamos llegar a padecerlo), requerimos, entre otras cosas, información y explicaciones para comprenderlo y enfrentarlo. De ahí la relevancia de mostrar las experiencias vividas de mujeres como Minerva, Josefina o Gabriela y comprenderla para poder identificar las problemáticas específicas que afectan nuestra salud derivadas de las desigualdades y la discriminación en razón de género.

Como señalaba Sandra Harding, las experiencias de las mujeres son “un identificador significativo de la ‘realidad’ contra la cual se deben contrastar las hipótesis”, los supuestos (Harding 1998, 21). La Dra. Juárez nos muestra en su texto que la hipótesis o el supuesto del discurso médico acerca de que la enfermedad coronaria sólo afecta a los hombres y sucede que es atendida exactamente igual en mujeres que en hombres son supuestos falsos.

Para Harding, la segunda característica es que la investigación feminista posibilita el planteamiento de nuevos propósitos para la ciencia social y ­agregamos ahora– para las ciencias de la salud, como sería el estar a favor de mejorar las condiciones de vida de las mujeres. Harding afirma que “en los mejores estudios feministas, los propósitos de la investigación y del análisis son inseparables del orígen del problema de investigación” (1998, 24). En ese sentido, la investigación de Lucero Juárez ofrece explicaciones de los fenómenos sociales que atañen a las mujeres con enfermedad coronaria y que deben ser considerados en el planteamiento de acciones para su mejor atención. Incluso, en el caso de salud pública, para su prevención y promoción de la salud.

Para Sandra Harding la tercera característica de la investigación feminista es que formula un nuevo objeto de estudio al situar a la investigadora en el mismo plano crítico que el objeto explícito de estudio. Es decir que la clase, la raza, la cultura, las presuposiciones en torno al género, las creencias y los comportamientos de la investigadora deben colocarse dentro del marco de la pintura que ella (o él) desea pintar.  Significa, más bien, explicitar el género, la raza, la clase y los rasgos culturales del investigador y, si es posible, la manera como ella o él sospechan que todo esto haya influido en el proyecto de investigación.

Así, la investigadora o el investigador, en este caso Lucero Juárez, se nos presenta “no como la voz invisible y anónima de la autoridad, sino como la de un individuo real, histórico, con deseos e intereses particulares y específicos” (Harding 1998, 25); formada desde la historia, la economía y la experiencia familiar de mujeres trabajadoras, responsables y concientes de su papel, así como desde la ciencia médica y la mirada cuestionadora de las ciencias sociales. Esto contribuye a reconocer su propia subjetividad como parte del marco desde el cual construyó su objeto de estudio, entrevistó y analizó a las mujeres con enfermedad coronaria así como al personal de salud. ,

Ahora bien, el tema que aborda el libro es un pendiente muy importante en México. La investigación de enfermedad coronaria en mujeres es reciente y, con perspectiva de género, esta de la Dra. Lucero Juárez es la primera que identificamos en nuestro país.

La autora nos muestra cómo en el sistema de salud pública y sus programas, así como entre el personal médico de las unidades de salud, la enfermedad coronaria se identifica como masculina, lo cual ha sido problematizado desde la década de los noventas en diferentes ámbitos de América Latina y España, por ejemplo. Los estudios de género desde las ciencias de la salud, así como desde las ciencias sociales, han cuestionado y discutido tal identificación. Tenemos a Débora Tájer en Argentina y a Ma. Teresa Ruiz Cantero en España como ejemplos clave de esto. Por cierto, ambas escribieron el prólogo del libro que nos deleita y nos deja la absoluta necesidad de leerlo hasta terminarlo.

No es que no haya investigaciones sobre enfermedad coronaria en mujeres, sino que en su mayoría se han realizado desde la ciencia médica hegemónica; desde un corte biomédico-epidemiológico donde el análisis de género se queda, en el mejor de los casos, en un análisis de estadística descriptiva por sexo, sin ir más allá para cuestionar a qué se deben las diferencias estadísticas entre mujeres y hombres. Menos se cruza con otras variables para hacer preguntas sobre la relación de tal diferencia con la posición socioeconómica, cultural y política de las mujeres (o los hombres), que también determinan condiciones para percibir sus malestarles.

Con lo anterior, las mujeres podrían identificar que algo les está sucediendo, buscar atención médica, acceder a los servicios de salud, lograr un diagnóstico pronto y alcanzar una adherencia terapéutica en caso dado. Es decir, podrían contar con las condiciones de posibilidad para el cuidado de la salud. Como señala la autora de manera valiente y certera, “no encontró estudios sobre las condiciones socioculturales y de género en la enfermedad coronaria en las mujeres, a pesar de su relevancia epidemiológica, lo que podría considerarse un sesgo de género en la investigación nacional…” (p. 61).

La autora documenta claramente ese contexto investigativo, de poco más de 25 años, donde se han develado diferencias por sexo, aun cuando no se avanza en el análisis desde la perspectiva de género. Esto limita e incluso invisibiliza las dimensiones más profundas que permitirían comprender esas diferencias y las causas asociadas a las inequidades que subyacen a la demora de las mujeres para buscar y acceder a servicios de salud, como lo empezó a documentar Débora Tajer desde hace más de una década en Argentina. Me refiero a la falta de tiempo para aceptar que eso que perciben indica que “algo no está bien” (ese dolor, ese mareo, etcétera).

Como dice Irene, cuando Lucero le preguntó si estaba en riesgo de padecer del corazón:

Irene: ¡Sí, pero nunca lo tenía en mente! ¡Sí!… ¡Sí, por conocimiento médico! ¿No? Que podía estar en riesgo… ¡Sí! ¿Por qué? Porque yo me conocía de… estresada, mis actividades… ¡Me tomó por sorpresa! ¡Que me llega así, a la rayita! ¡Me cayó por sorpresa!

Falta de condiciones de posibilidad para reconocer que necesitan atención médica; la falta de tiempo y de dinero para trasladarse y acudir a una consulta médica en su servicio público de salud (menos para acudir a una consulta médica privada); falta de tiempo para hacer los ejercicios que les recomiendan; falta de tiempo y dinero también para buscar los vegetales y cualquier alimento para la dieta recomendada y poder elaborarla; falta de apoyos familiares para animarla y solidarizarse en la dieta y cuidados físicos como el ejercicio; falta de agencia y autonomía para el cuidado de sí, sin culpabilizarse por dejar de atender a los demás.

Recuerdo que en un estudio con grupos focales que realizamos en 2007 en Colima, con mujeres y hombres con diabetes, ellas respondían que les gustaría que sus hijos se solidarizaran con ellas en la dieta diaria, consumiéndola por igual, para que “no les diera diabetes”, para que no se enfermaran como ellas. En cambio, entre los hombres no se mencionó información alguna que refiriera a su preocupación por los otros (que no se enfermen igual que ellos). En vez de eso, para los hombres era importante que su familia se solidarizara en el consumo de su dieta con ellos, para que así lo ayudaran a cuidarse mejor. En una sociedad tan profundamente patriarcal y machista, la feminidad se construye fundamentalmente en torno al servicio del otro u otros, y esto es género, y también impacta en la salud de las mujeres.

Como expone Lucero Juárez, podemos decir que hay poca investigación sobre mujeres y enfermedad coronaria desde una perspectiva social y de género en América Latina y casi nula en México. De ahí que este libro que hoy presentamos adquiera una relevancia mayor, pues es robusto en su justificación y marco contextual, así como en su propuesta conceptual e interpretativa sobre esta problemática tan actual y tan presente en Sonora, en México (y en el mundo), sobre todo si consideramos que es la primer causa de muerte de mujeres en este estado y de hombres en nuestro país desde hace poco más de 8 años.

Aunado a lo anterior, inferimos que la falta de conocimiento en materia de la experiencia de las mujeres con enfermedad coronaria (u otras enfermedades crónicas no transmisibles) impacta en la falta de atención de  las políticas públicas y los programas dirigidos de manera específica hacia las mujeres y sus principales problemas. Ello deriva en mayores tasas de morbi-mortalidad, como las enfermedades cardiovasculares y otras; peor aún, hace invisibles las diferencias y desigualdades de género frente a quienes ostentan el saber médico hegemónico, quienes –desde una mirada biologicista, androcéntrica y curativa sobre estos padecimientos al interior de las instituciones del Sistema Nacional de Salud– en vez de contribuir a la igualdad y no discriminación –principios sustantivos para el desarrollo social y económico del país–, lo que producen y reproducen son esas desigualdades y discriminación, que en casos extremos llegan a situaciones de violencia institucional.

En México llevamos poco más de 16 años con una política pública en salud que busca poner al centro la desigualdad de género y trabajar para desarticularla, desconstruirla y eliminar las inequidades de género. Como parte del Sistema Nacional de Salud, nos tocó, hace algunos años, buscar, informar y documentar inequidades, y sensibilizar a las autoridades de salud pública a cargo de los diferentes programas de salud, entre ellos el de riesgo cardiovascular y todos los referentes a enfermedades crónicas no transmisibles. De lo que logramos, en poquitas líneas quedó plasmado algo sobre género en los programas de acción específicos de la actual administración federal para el sexenio 2012-2018. De ahí para acá, habrá que evaluar qué más se realizó y cómo se ha avanzado.

Aún queda mucho por hacer, aunque desde luego hace falta mayor investigación con perspectiva de género en salud pública y desde la mirada de las ciencias sociales para robustecer la información sobre el género como determinante social de la salud (como lo denominan en la OMS desde el año 2005). Hay que sustentar el avance de estrategias reales y llevar a cabo acciones efectivas para eliminar las inequidades de salud entre mujeres y hombres y añadir los otros ejes de desigualdad social como la etnia, la clase social, la edad, etcétera.

Otro aspecto interesantísimo del libro es el marco teórico, que propone articular de manera retadora, desde la sociología, la teoría feminista, la filosofía política y el marco de ciudadanía y derechos humanos.

Además de contextualizar de manera clara y puntual su investigación desde la epidemiología de la enfermedad coronaria en Sonora y en el país, la autora otorga una mirada sociológica, de género y de derechos humanos, con la que aborda la invisibilidad de las mujeres en cuanto al estudio y atención de la enfermedad coronaria. Esta es otra gran aportación de su investigación, que invita a la reflexión analítica y creativa para comprender los significados, los símbolos y las relaciones de poder que configuran las prácticas de las mujeres en relación con sus enfermedades y el cuidado o no, de sí mismas.

De manera específica, la teoría de las prácticas de Pierre Bourdieu, y sus conceptos de habitus, campo y capitales, son trabajados por Lucero Juárez para analizar la reproducción de las prácticas de subordinación de las mujeres hacia el discurso médico, así como las dificultades y complejidades que enfrentan en su ejercicio de apropiación y las condiciones de posibilidad con que podrían contar, en el ámbito del desempeño de su ciudadanía.

Es el habitus ese conjunto de “sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas y predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y de representaciones que pueden ser objetivamente adaptadas” (Bourdieu 2009, 81; en Juárez, 2017, 45).

Desde esa comprensión, la autora retoma el concepto de habitus de género, de Martha Lamas, y reelabora tales términos para proponer el de habitus paciente obediente para referirse a las categorías de percepción, apreciación y acción de las mujeres que tienen una enfermedad coronaria, quienes, dependiendo de los capitales que posean, se insertan en el microcosmos social, que es el campo médico: son sus condiciones de existencia en un campo que les es ajeno. Así también retoma el concepto de habitus médico profesional de autores como Viesca y Consejo (2005), o Castro (2014),[1] mostrando su cualidad autoritaria así como la manera en que las mujeres se posicionan en el hábitus paciente obediente con la carga individualizada de la responsabilidad y de la autoculpabilización de sí mismas por padecer la enfermedad coronaria.

Al leer el análisis de sus entrevistas y resultados, el libro nos deleita con sus apuestas a la comprensión con perspectiva de género de esos sistemas de significado que conforman prácticas, de tal manera que podemos identificar “cómo y por qué las diferencias en la enfermedad coronaria [de las mujeres] se convierten en desigualdades de género” (p. 55).

No puedo dejar de señalar la interesante apuesta de la autora al retomar a Mantecón (2010)[2] y mostrar desde la teoría de Foucault sobre el poder, que su ejercicio conlleva resistencia, adhesión, consenso y aceptación por parte del sujeto, además de la interiorización de la disciplina, y las expresiones de la consecuente autodisciplina como la autocensura y el autocotrol. Esto es, posicionar al sujeto en un modus activo y con ello recuperar la capacidad de las mujeres de alcanzar a movilizarse para buscar y/o lograr la atención requerida para atender su enfermedad o incluso, salvar su vida.

Como el caso de Patricia: “Estaba dormida y yo sentía que me dolía mucho, que esto se me hacía así [oprime su pecho con las manos]. Mire, yo empecé como a las doce… una de la noche, y así amanecí. Yo no podía decir ¡nada ni nada! Porque mi marido era muy… ¡Canijo! (85 años, infarto cardíaco).

Mostrar esa posibilidad de lo que yo llamaría la dinámica de movilidad subjetiva es identificar lo que Foucault nos destacaba sobre el sujeto y su resistencia al ejercicio del poder (en este caso, las mujeres ante el capital médico en sus discursos y mandatos), y la posibilidad del trabajo sobre sí, donde el proceso de sujeción varía de manera contingente y acorde a las condiciones, entre el sometimiento a la norma social con sentimiento de culpa y su consecuente conformación de una sujeto consonante, o bien, el desarrollo de una capacidad de autoconocimiento en tanto toma conciencia que de alguna manera rechaza y transgrede el conjunto de normas y códigos técnicos médicos que se le han impuesto socialmente, constituyéndose como un sujeto disonante. Sujeto consonante o disonante como señalaba Inés García Canal (1993).[3]

El enfoque de género al centro del analisis de sus datos, lleva a la Dra. Juárez a identificar que el contexto de violencia familiar también es una limitante para que algunas mujeres busquen atención y actúen en beneficio de sí. Además, la perspectiva de género devela elementos de la relación de desigualdad desde la cual las mujeres viven el proceso de diagnóstico, atención y tratamiento, así como sus opciones de resistencia, agencia y autogestión y ante el poder del capital y habitus médico autoritario, para la configuración de nuevos procesos de vida que les posibiliten ejercer sus derechos humanos como el derecho a la salud, a la igualdad, a la no discriminación, al consentimiento, a la información, a decidir sobre su propio cuerpo, entre otros.

Incluso, los resultados de su trabajo nos llevan a adelantar supuestos acerca de que el propio proceso de su trabajo de campo en las entrevistas con las mujeres, así como con el personal médico, devienen, de diferentes maneras, en oportunidades de, por lo menos, iniciar la reflexión sobre estos procesos, y la toma de conciencia para la búsqueda de su visibilidad institucional en su propia agencia y ejercicio de ciudadanía, y también por parte del personal médico entrevistado, aunque de este último me quedarían más dudas al respecto.

Pero la autora no se queda ahí; va un valiosísimo paso más allá, hacia la comprensión de estos procesos incorporándolos en el ejercicio de la “ciudadanía”. Este concepto sociohistórico, jurídico, aún en construcción en nuestros días, lo utiliza como concepto articulador retomando a Carmen Castro-Vásquez (2011),[4] quien desde 2007 hos ha regalado sus aportaciones sobre la ciudadanía en salud desde la investigación sociológica, indicando que la ciudadanía “regula vínculos e interdependencias de las personas e instituciones que forman parte de la red de interrelaciones en un medio social.

Lucero retoma a autores/as como John Rawls (1979), Armando Haro (2008), Carmen Castro-Vásquez,[5] para ir mostrando cómo la ciudadanía involucra estatus, pertenencia social, instituciones y prácticas, y a partir de eso articula la crítica feminista con el concepto moderno y liberal de ciudadanía para identificar la construcción de ciudadanía de las mujeres como algo mucho más reciente y en debate actual, particularmente en México, vinculado a los ámbitos institucionales incorporados al avance del derecho a la igualdad y a la no discriminación en el marco jurídico nacional.

Si en salud el derecho a la igualdad es condición necesaria pero no suficiente para lograr desarticular las inequidades de género, la autora muestra con su trabajo cómo la investigación sociológica que nos brinda da luz sobre la manera en que el campo médico reproduce la subordinación de las mujeres  y, por ende, las inequidades de género en éste ámbito de la vida social y de los derechos humanos.

No nos da tiempo aquí para contarles todo lo que aborda este libro, pero lo que estoy tratando de hacer es transmitirles un poquito de todo lo que me ha dejado una primera lectura. Desde la primera página hasta la última, créanme, estoy más que motivada a recomendarlo y releerlo para seguir desentrañando todos sus aportes. La Dra. Juárez retoma con mucha agudeza en su enfoque de género, aspectos como los significados del corazón asociado a las emociones (ejercicio difícil, si no es que imposible para muchos médicos y médicas generales o especialistas en cardiología). Nos muestra cómo la enfermedad coronaria puede conocerse desde la experiencia de las mujeres ante sus emociones, percepciones, sus vivencias. Esto contribuye a comprender cómo viven emocionalmente, qué significa la enfermedad desde su propia identidad, así como su posición socioeconómica y sus posibilidades de disonancia frente al modelo médico hegemónico y por qué no, su autogestión y ejercicio de ciudadanía.

De manera esclarecedora, la autora plantea la diferencia entre riesgo y vulnerabilidad reconociendo la existencia de abordajes disciplinarios y teóricos diferentes, pero asumiendo para su estudio que el riesgo es la interpetación de la información y de los conocimientos que sustentan la idea básica de que se puede sufrir un daño debido a un problema de salud. Además, relaciona el riesgo con los elementos socioculturales y económicos, así como científicos, lo que permite develar cómo el discurso médico acerca de la enfermedad coronaria se refiere en exclusiva a hombres, y tiene menor riesgo en las mujeres. Este discurso influye en la percepción de riesgo de las propias mujeres, en su capacidad de acción para buscar cambiar lo que se denomina “sus estilos de vida”, como lo recomienda la institución médica.  Más aún, influye totalmente en la atención que brinda el personal médico a las mujeres, tanto en el servicio de urgencias como en la hospitalización o en la consulta externa, donde cada vez se documentan más casos en que el personal de salud no las atiende como corresponde y desestima sus malestares y síntomas, asociándolos a problemas de estrés, nerviosismo o incluso lo que denominan “histeria” o “depresión”.

Y así, la autora concluye en su investigación que hay factores de género sociales y culturales que colocan a las mujeres en “vulnerabilidad coronaria” (76).

Finalmente quisiera agregar un par de comentarios más: el primero es que el recorrido metodológico de la Dra. Juárez ha sido impecable desde la posición emic [como la nombra Marvin Harris (50s)][6]  donde los datos conformados desde los conocimientos de las mujeres encuestadas, así como las experiencias de las entrevistadas y del personal médico entrevistado, fueron el detonador de la construcción de nuevas preguntas y elaboración de los conceptos como el habitus paciente obediente, entre otros. Por tanto, al leerlo se darán cuenta de la claridad metodológica con que la autora desarrolló su investigación.

Finalmente, si como afirma Judith Butler (2006), “somos vulnerables y después superamos esa vulnerabilidad a través de actos de resistencia”, resulta revelador el trabajo de Lucero Juárez en el libro en tanto que presenta las elecciones, identificaciones y posibles actos desde la percepción y experiencia de las mujeres en su propia voz, como actoras sociales de sus condiciones de vulnerabilidad en torno a la comprensión de su enfermedad coronaria y a todo lo que les ha implicado vivirla desde su propio derecho a la salud, aun cuando en muchas ocasiones no lo identifican como un ejercicio de derechos.

Teresita de Barbieri (2009), maestra de muchas de nosotras, nos dejó el reto de “pensar en colectivo, limar las asperezas, tratar de plantear nuestras demandas nuevamente” y creo que este libro contribuye a que sigamos haciéndolo en temas tan relevantes para la salud de las mujeres como la enfermedad coronaria desde la perspectiva de género.

Se los recomiendo totalmente. ¡Muchas gracias!

 

BIBLIOGRAFÍA

Butler, Judith, 2006. Vida precaria: el poder del duelo y la violencia 306 Buenos Aires, Paidós, 2006. 192 p.

García, M. I. 1993. “De la falta a la falla. Una historia de la culpa” en Revista Tramas, Subjetividad y Procesos Sociales, Instituciones Totales, número 5. Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, Departamento de Educación y Comunicación, Junio, pp. 141-156.

Gutiérrez, J. y J. M. Delgado, 1999. “Teoría de la observación” en Delgado, J. M. y J. Gutiérrez (editores) Métodos y técnicas cualitativas de investigación en ciencias sociales. Madrid, España, Síntesis, pp. 140-173.

Harding, S. 1998. “¿Existe un método feminista?” en Bartra, E. (comp.) Debates en torno a una metodología feminista. México, Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, pp. 9-34.

Palabra de mujer, 2009, Teresita de Barbieri: “pensar en colectivo, limar las asperezas, tratar de plantear nuestras demandas nuevamente”. CIMAC, 29 de septiembe de 2009. Disponible en https://palabrademujer.wordpress.com/2009/09/28/teresita-de-barbieri-%E2%80%9Cpensar-en-colectivo-limar-las-asperezas-tratar-de-plantear-nuestras-demandas-nuevamente%E2%80%9D/ [Visitado el 1 de febrero de 2018.]


[1] Citados por la autora.

[2] Citado por la autora.

[3] Profesora de la UAM-Xochimilco, alumna de Foucault

[4] Citada por la autora.

[5] Citados por la autora.

[6] Véase Gutiérrez y Delgado, 1999.