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Leer a Hidalgo, tarea urgente

Leopoldo Santos Ramírez*

Hay dos reseñas del libro Hidalgo: maestro, cura e insurgente que revelan el grado de polémica y controversia que la vida del cura de Dolores suscita a más de 200 años de encabezar la lucha por la independencia. Una es la de Roberto Breña, publicada en la revista Nexos en abril de 2014, y otra la reseña de Pedro Salmerón aparecida el 20 de octubre de 2015 en el diario La Jornada. Los dos autores hacen un justo reconocimiento  del trabajo  de Carlos  Herrejón  al reconstruir  la biografía  del Padre  de  la Patria  y ambos  tocan  un  aspecto  neurálgico  que  ha  ocupado  la atención de varias generaciones estudiosas de la gesta de la Independencia. El asunto se refiere a si Hidalgo llamó a una rebelión exclusivamente contra los españoles peninsulares sin la separación de España ni del rey Fernando VII, o si el cura tenía el proyecto de una nueva nación. Ambos reseñadores, en cuanto a este tema, mantienen posturas diferentes.

Breña afirma que Hidalgo no quería la independencia absoluta de España, como sostiene Herrejón en su libro, y que por lo tanto no tenía un proyecto político para una nueva nación. Salmerón considera que las fuentes utilizadas por Herrera documentan la evolución del pensamiento político de Hidalgo, que va del autonomismo hacia la independencia absoluta, como lo manifiesta en los bandos y proclamas que el cura publica durante el trayecto de la revolución de independencia. Aunque los cuestionamientos de Breña estimulan la búsqueda de respuestas  más concretas,  resbala  cuando  cita parcialmente  la afirmación  del autor de que desde 1792 Hidalgo “ponderaba la independencia absoluta”, en el capítulo lV. Pero Herrejón agrega, “y desde entonces la juzgó conveniente, mas no pasaba de un desiderátum” (página 63).

Me   parece   que   la   discusión   en   este   punto   tendría   que   considerar circunstancias del contexto nacional e internacional que se vivía por entonces y que después de la independencia de Estados Unidos y la revolución francesa de 1789, empujaban  las  ideas  de  libertad  y  de  la  construcción  de  sistemas republicanos  y  sociedades  agrupadas  en  los  Estados­ nación.  En  el  caso  de Francia se trataba de una revolución burguesa que pudo hacerse del poder, no sin dificultades,  apoyada  por  la  clase  obrera.  En  los  hechos,  las  ideas independentistas circulaban en la Nueva España, como en los demás virreinatos de la corona española, desde la etapa de la Ilustración y de los enciclopedistas, inclusive antes de que los anglosajones se apropiaran del término América para identificarse a sí mismos y antes de que América Latina o Latinoamérica apareciera como concepto aglutinador de la semejanza y la diversidad de las regiones de esta  parte  del  hemisferio.  La  situación  de  opresión  de  indígenas,  criollos, mestizos y esclavos durante los 300 años de dominio español hace recurrentes las conspiraciones de esos tres sectores. Nada menos que en 1799, 11 años antes del levantamiento de Hidalgo, se dio en Guadalajara la Rebelión de los machetes, organizada por Pedro de la Portilla, conocida así popularmente porque los conspiradores descubiertos habían reunido 50 sables, dos pistolas y mil pesos de plata. Su objetivo era capturar a las autoridades peninsulares y declarar la independencia. El mismo Herrejón consigna el plan de Epigmenio González, conspirador de la ciudad de Querétaro, cercano a Allende y al cura Hidalgo, que proponía tomar prisioneros a los gachupines y realizar un reparto agrario entre indígenas y criollos, porque contemplaba la centralización de la propiedad de terrenos como una gran traba para el desarrollo de la Nueva España. Años antes, en 1803, Toussaint L’Ouverture, hijo de esclavos e inspirado en los enciclopedistas, declaró la independencia de Haití, que terminó expulsando a los franceses años después.

Lo que las sublevaciones en los dominios de la corona española nos dicen es que se trataba de una guerra anticolonialista a lo largo de todo el continente, con ritmos y énfasis desiguales y combinados. Desde el momento en que la conspiración de Querétaro es descubierta y que las masas de indios van sumándose a la rebelión, Hidalgo comprende que se trata de una guerra de descolonización, de la cual no pueden ser excluidos los indios y la canalla más miserable. Un siglo y medio después, el filósofo Jean Paul Sartre, en el prólogo a Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, pone en claro el significado profundo de la violencia descolonizadora a partir de la guerra de independencia de Argelia. “Porque en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo la planta de los pies. En ese instante, la Nación no se aleja de él: se encuentra dondequiera que él va, allí donde él está; nunca más lejos, se confunde con su libertad”.

El  gran  mérito  de  Herrejón  es  que,  como  nadie  antes,  reconstruye  los escenarios políticos y, en medio de ellos, la biografía del insurgente Hidalgo con la habilidad de un historiador preciso, sin concesiones. Es como un túnel del tiempo que nos permite entender a Hidalgo y el inicio de la Independencia desde el pasado y desde el presente. Como los de la Ilustración y los enciclopedistas, se trata de un texto inspirador. De allí la urgencia de sumergirse en su lectura. Sobre todo para los maestros de historia y para quienes se ven obligados a responder a la reforma “estructural” educativa. Encontrarán en la lectura elementos primordiales que los vinculan con las fuertes raíces de su pasado, aquellas a las que les está dado nutrir el futuro.

*Profesor-investigador en El Colegio de Sonora